22/09/2026
DON JULIO VICTORIA CIFUENTES: CUANDO EL CERRITO CABÍA EN UNA MIRADA.
Por: Alfonso L. Cifuentes Arango
Hay pueblos que se llevan en los pies.
Otros, en el corazón.
Y hay hombres que llevan un pueblo entero dentro de la memoria.
Don Julio Victoria Cifuentes es uno de ellos.
Cuando Don Julio habla de El Cerrito, no parece estar contando una historia.
Parece abrir una ventana.
Y por esa ventana aparecen las calles de otros tiempos, el parque, los buses detenidos frente al ayuntamiento, las uvas de Santa Elena, los bizcochuelos hechos en las casas y aquellos viejos vehículos modelo 40 y 50 esperando una carrera hacia los corregimientos Santa Elena, San Fernando, El Placer.
¡Ese era su El Cerrito!
Un municipio tranquilo, bonito, de gente buena, rodeado de cultivos de caña y productos de pan coger.
Un pueblo donde el estadio se llenaba cuando había fútbol y donde la vida tenía otro ritmo.
Don Julio nació aquí, el 21 de enero de 1928. Hijo de Ricardo Cifuentes Riomaña y Herminda Victoria Zamora.
Y con el paso de los años terminaría convirtiéndose en protagonista de varios capítulos de la historia local.
En 1966 llegó a la Alcaldía.
Fue nombrado el 20 de septiembre por el gobernador del Valle, Rodrigo Lloreda Caicedo, y tomó posesión el primero de octubre.
Pero antes de sentarse en el despacho municipal había construido una trayectoria de trabajo en el Ingenio Providencia, donde comenzó como despachador y fue ascendiendo hasta ocupar diferentes cargos.
Y aquí viene algo que retrata al hombre.
Antes de asumir como alcalde, llamó a su esposa, a sus hijos y a su madre. Pero también buscó a su padre.
¿Para qué?
Para pedirle consejo.
Porque su padre también había sido alcalde de El Cerrito.
Así se transmitían entonces algunas responsabilidades: de padre a hijo, de experiencia a experiencia, de palabra a palabra.
Pero Don Julio no fue solamente alcalde.
Fue futbolista, árbitro, dirigente deportivo, concejal, presidente del Concejo, Asambleísta del Valle y protagonista de una larga historia deportiva que lo llevó incluso a Ibagué, donde participó en los Juegos Atléticos Nacionales, fue cofundador y jugador del Deportes Tolima y recibió el reconocimiento como mejor deportista del departamento.
Y después regresó al Valle.
También dirigió desde la organización deportiva: Liga de Fútbol del Valle, natación, béisbol, atletismo y delegaciones a Juegos Nacionales.
En los Juegos Departamentales del Valle, de Buenaventura, recuerda una pequeña delegación de El Cerrito que consiguió nueve medallas de oro, además de preseas de plata y bronce.
Todo, dice, por amor al municipio.
Y entonces aparece una reflexión que trasciende el fútbol.
Don Julio recuerda que antes podían convivir en una misma casa hinchas de diferentes equipos sin convertir una camiseta en motivo de guerra. Su mensaje es sencillo: el fútbol apasiona, pero no puede convertirse en odio.
Hay que respetar al otro.
Qué paradoja tan hermosa.
Un hombre que vivió la política, el deporte, las rivalidades y los cambios de Colombia termina hablando de algo elemental: respeto.
Hoy Don Julio vive en Cali.
La distancia le dificulta regresar con frecuencia a su tierra natal.
Pero El Cerrito sigue apareciendo en su conversación como aparecen esas fotografías antiguas que uno guarda en un cajón: un poco amarillas, sí, pero jamás olvidadas.
Y quizás allí está el verdadero secreto de esta historia.
Porque los años pueden cambiar las calles.
Pueden desaparecer los carros antiguos.
Pueden cambiar los negocios, las costumbres y hasta la manera de vivir.
Pero hay algo que no cambia:
la memoria de quien amó profundamente su tierra.
Don Julio Victoria Cifuentes no solamente recuerda al viejo El Cerrito.
Don Julio es parte de ese viejo El Cerrito que todavía vive en la memoria de quienes lo conocieron.
Y mientras existan hombres capaces de contar esas historias, mientras alguien recuerde aquellas uvas de Santa Elena, aquellos bizcochuelos, aquel parque y aquel estadio lleno...
El Cerrito seguirá teniendo memoria.
Porque un pueblo no desaparece cuando cambia.
Desaparece cuando deja de recordar quién fue.
Aquí les dejo mis memorias y mi corazón.
A su entera disposición, siempre. ¡Que viva El Cerrito, caramba!