08/03/2026
En la Nota Cultural
CÁMARAS, LUCES Y COMUNIDAD EN EL MUSEO NACIONAL DE COLOMBIA: RETROSPECTIVA DEL CINE COMUNITARIO
La noche del 5 de marzo de 2026 llegamos al Museo Nacional de Colombia con esa mezcla de emoción, memoria y presentimiento que aparece cuando uno sabe —sin necesidad de que nadie lo anuncie— que algo importante está ocurriendo. Parecido a cuando llegamos por primera vez a Bogotá con El Vuelo de El Mochuelo, desde los Montes de María. Esta vez tampoco era una inauguración cualquiera.
Al cruzar el umbral del museo —nuestra casa grande de la memoria colombiana en sus 200 años— sentíamos que entrábamos también a un tiempo más largo, a una película sin fin que comenzó a rodarse hace más de tres décadas: en parques de pueblos, barrios y comunas, veredas, escuelas rurales, patios de casas o plazas vacías durante noches de terror y violencia. En los años 2000 colgábamos una sábana blanca para proyectar cine bajo las estrellas. Lo hacíamos para recuperar el espacio público, nuestras noches, permitir la movilización social, decirles a los violentos que íbamos a seguir proyectando luz y formar públicos donde el cine hablara, contara, riera y pensara con nosotros y nosotras. Hoy seguimos proyectando, caminando el territorio con el cine a la escuela, el Cine Monte Adentro y los festivales audiovisuales de los Montes de María, en juntanza con narradores y narradoras de la memoria, con mujeres y jóvenes que pisan la tierra y la transforman con sus relatos y Memorias del Corazón.
El 5 de marzo de 2026 quedó marcado en el corazón: esa noche se abrió la exposición “LUCES, CÁMARA Y COMUNIDAD. UNA RETROSPECTIVA DEL CINE COMUNITARIO COLOMBIANO”, y con ella se abría una puerta simbólica y real: por primera vez, el cine nacido en los territorios ocupaba un lugar visible en la casa grande de la memoria nacional. Es el reconocimiento del Estado colombiano, encarnado en la Dirección de Audiovisuales, Cine y Medios Interactivos (DACMI) del Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes, con el apoyo de otras instancias como la ART, la Cinemateca de Bogotá y el Museo Nacional.
Nos encontramos allí con muchas de las personas que han caminado este proceso durante años: realizadores y realizadoras, maestras de escuelas audiovisuales, funcionarios cómplices de caminos, jóvenes que aprendieron a sostener una cámara en talleres comunitarios, gestores culturales, líderes de festivales y cineclubistas que mantuvieron encendida la pantalla en lugares donde nunca hubo salas de cine. Llegamos desde distintos rincones del país —Putumayo, Meta, Montes de María (Bolívar-Sucre), Comuna 13 de Medellín (Antioquia), Guaviare, Belén de los Andaquíes (Caquetá), Soacha (Cundinamarca), Ciudad Bolívar (Bogotá), Santander, Bojayá (Chocó), Distrito de Aguas Blancas (Cali), San Basilio de Palenque— territorios que rara vez se encuentran juntos en una misma escena cultural. Cada quien traía fragmentos de una historia colectiva tejida entre muchos y muchas durante más de treinta años de trabajo ininterrumpido.
La inauguración contó con la presencia de la ministra de las Culturas, las Artes y los Saberes, Yannai Kadamani Fonrodona; de la directora de DACMI, Diana Díaz Soto; y de la directora del Museo Nacional, Katya González. Su participación fue muy valiosa, y lo que también nos llenó de alegría y dio sentido a la noche fue ver cómo, junto a ellas, nos reunimos tantas experiencias que durante décadas hemos sostenido el Cine Comunitario en común-unidad en Colombia. La presentación estuvo a cargo de Daniel Bejarano, gestor cultural y fundador de Ojo al Sancocho. La programación académica, la curaduría del equipo de DACMI y del Museo Nacional, y Juliana Nieto, de la Unidad de Cine Comunitario, coordinaron y presentaron el programa, permitiendo que fluyera con amor y fuerza creativa la curaduría, el círculo de la palabra y este reconocimiento compartido del Ministerio de las Culturas al Cine Comunitario y a quienes lo hacemos posible desde y con los territorios.
La exposición comenzó con un homenaje póstumo a la memoria de la maestra Astrid Liliana Angulo, quien fungía como directora del Museo Nacional al momento de su fallecimiento, seguido de proyecciones de cortos como Unión Cuity, Cultura Ancestral (Bojayá, Chocó) y Heliconias (Mesetas, Meta). Más tarde, participamos en un ritual del círculo moderado por Angie Lorena Santiago Jaimes, donde Soraya Bayuelo, Jorgelito Cabrera, Ángel Ríos, Marsella Grisales, Yaneth Gallego, Luz Marina Ramírez y Camila Cano compartieron con nosotros y nosotras la experiencia de sostener cine en sus comunidades y territorios. Mientras recorríamos la exposición, en la fachada del museo se desplegó un mapping con imágenes de la maestra Liliana Angulo, acompañado por la música del grupo Rizoma Sur, generando un encuentro donde arte, memoria y comunidad se entrelazaron y nos recordaron el valor de narrar desde y con los territorios.
Durante el recorrido, nos detuvimos frente a imágenes profundamente familiares, muchas de ellas nunca antes exhibidas en un museo, porque nacieron en lugares donde el Cine Comunitario rara vez aparece en los mapas culturales del país: ríos, montañas, barrios, caminos, oficios, vivencias, violencias, cotidianidades, resistencias, donde la cámara se convirtió en herramienta para contarnos desde adentro. Lo que hemos hecho es cine colombiano: cine nacido de las comunidades, con ética, responsabilidad, estética, dignidad y una profunda vocación pública. La cámara nace en la comunidad; la aprendemos entre todos y todas, investigamos juntos, filmamos en colectivo, y luego regresamos con esas historias al lugar donde surgieron, para compartirlas con quienes las hicieron posibles y mantener viva la memoria que nos une.
Así han surgido también festivales comunitarios y muestras que se han convertido en nuestras pantallas de circulación, espacios donde nuestras producciones dialogan con el cine colombiano independiente, de autor y latinoamericano. En muchos territorios donde no existen salas de cine, estos festivales han sido la única posibilidad de encuentro con el audiovisual. Por eso insistimos: esta dinámica territorial debe seguir reconociéndose y fortalecerse mediante una política pública integral que contemple formación, dotación, infraestructura cultural, cinematecas locales y regionales como espacios de exhibición, y que fortalezca las escuelas de producción audiovisual sin paredes, propias de los territorios. Lo hemos planteado en cartas abiertas, derechos de petición, foros, círculos de la palabra y encuentros nacionales, y hoy la exposición es un paso simbólico, pero también una llamada a continuar construyendo estas políticas desde el Estado que somos todos, reconociendo además las diferencias de los sectores más allá de la industria formal y la necesidad de superar incentivos insuficientes, compleja tramitología administrativa y competencias que limitan el desarrollo del Cine Comunitario y de las experiencias culturales comunitarias.
No es una petición improvisada. Lo hemos dicho por años, en distintos espacios del sector: enviamos una carta abierta a la ministra de Cultura desde el II Festival Historias en Kilómetro, en Cereté (Córdoba), y durante el Primer Encuentro Nacional de Cine Comunitario, en Cali, en agosto de 2025, apoyado por DACMI, donde más de cuarenta experiencias de distintas regiones nos reunimos durante varios días para mirarnos, escucharnos y pensar juntos el futuro del movimiento.
Porque nuestras películas no son solamente cintas. Son memoria viva. Son pedagogía. Son conversación colectiva. Son una forma de mirarnos de otra manera como país.
La exposición reúne más de treinta años de historia, ochenta producciones audiovisuales y cerca de noventa experiencias comunitarias de distintas regiones de Colombia. Pero detrás de esas cifras hay algo todavía más importante: generaciones de jóvenes que encontraron en el audiovisual una forma de narrar su territorio, defender su cultura e imaginar futuros posibles.
Sabemos que este reconocimiento tiene un valor profundo. Durante mucho tiempo, las comunidades mantuvimos encendidas las cámaras sin esperar necesariamente que el país mirara hacia nosotros. Lo hicimos porque era necesario contarnos, porque era urgente recuperar la palabra y la imagen en lugares donde muchas veces solo habían quedado el silencio, el miedo o el abandono estatal. Por eso, ver hoy estas imágenes en el Museo Nacional significa que algo se está moviendo: que la memoria audiovisual de los territorios empieza a ser reconocida como parte del patrimonio cultural del país.
Al mismo tiempo, entre quienes estábamos allí circulaba una reflexión compartida: celebramos este momento, sí. Pero sabemos que el camino no termina aquí. En los últimos años hemos abierto espacios de diálogo con el Estado desde el movimiento nacional de Cine Comunitario. Espacios para escucharnos, para construir confianza, para volver a creer que es posible hacerlo juntos. Reconocemos el trabajo del Ministerio de las Culturas para escuchar al sector, especialmente a través de la línea de Cine Comunitario dentro de la Dirección de Audiovisuales, acompañada por redes y experiencias del país.
Ese diálogo ha comenzado a dar frutos y lo valoramos. Pero el desafío ahora es avanzar hacia algo más estructural: una política pública que reconozca plenamente el Cine Comunitario —que también es Cine Colombiano— dentro del ecosistema audiovisual de nuestro país, en consonancia con la Ley 814 de 2003, que fomenta la producción, distribución y exhibición de cine nacional a través de incentivos fiscales y del Fondo para el Desarrollo Cinematográfico (FDC). En conjunto con la DACMI, desde 2024 hemos trabajado para pasar de la atención y el reconocimiento a la acción real, siguiendo lo establecido en la reciente Ley 2531 de 2025, que refuerza estas peticiones y prioriza el Cine Comunitario mediante la descentralización y la formación en los territorios para la transformación social y cultural.
Durante la inauguración, tanto la ministra de las Culturas, las Artes y los Saberes, como la directora de DACMI, Diana Díaz Soto, destacaron que se han venido fortaleciendo más de 30 colectivos comunitarios en zonas alejadas de los grandes centros urbanos. Sin embargo, desde el sector seguimos insistiendo en que los incentivos y los rubros destinados específicamente al Cine Comunitario deben consolidarse con recursos que fortalezcan el desarrollo local y regional.
Pedimos que el país entienda que existen otras formas de hacer cine, otras economías culturales, otras maneras de narrarnos y contar juntas, y otras pedagogías audiovisuales que llevan décadas transformando territorios. Porque el Cine Comunitario no es solamente una práctica artística: es también una acción cultural que fortalece la memoria, el tejido social, la participación de las comunidades en la vida cultural del país y contribuye de manera activa a la construcción de la paz.
Al día siguiente, 6 de marzo, la programación académica continuó con el conversatorio “MUJERES QUE LIDERAN Y FILMAN COMUNIDAD”, donde participaron destacadas realizadoras y gestoras culturales como Soraya Bayuelo Castellar, Luz Marina Ramírez, María Camila Cano, Karoll Rodríguez, Paola Guarnizo y Lizbeth Marsella Grisales Rivas. Compartimos aprendizajes, desafíos y estrategias para fortalecer la narrativa comunitaria desde una perspectiva de género. Este encuentro coincidió con la víspera del Día Internacional de la Mujer, recordándonos que muchas de nuestras escuelas, festivales y procesos culturales han sido sostenidas durante años por mujeres que encontraron en el cine y en el audiovisual una voz pública para contar sus historias y las de otras personas.
Al salir del Museo, la sensación era clara: algo importante se ha movido. Durante décadas sostuvimos este cine desde los territorios y desde la Colombia que no siempre se ve, pero que existe. Lo hemos producido muchas veces con pocos recursos y en contextos adversos, pero con convicción, constancia y coraje. Hoy, ese cine entra al Museo Nacional, recordándonos que las historias de Colombia no solo se cuentan desde los centros de poder, sino desde los territorios, desde la común-unidad de quienes decidimos tomar la cámara para narrar no solo nuestra propia vida, sino también la de otros y otras, que con su ejemplo permiten la acción transformadora a través de las imágenes en movimiento.
Hoy aplaudimos de pie que la conversación franca y la escucha mutua entre la institución y las comunidades organizadas del sector del Cine Comunitario y de los Medios Ciudadanos y Comunitarios nos permita seguir tejiendo caminos para fortalecer políticas públicas integrales del sector, y continuar imaginando estrategias que construyan una cultura de paz y una gran Red de Comunicación para la Vida en Colombia y América Latina.
En los Montes de María, el Cine Comunitario nació como estrategia de movilización social, de recuperación del espacio público y de volver a encender luces en medio de la oscuridad. El cine es sanador, pasión y acción. El cine reúne. El cine devuelve la palabra y la confianza. Y así seguimos, produciendo en común-unidad historias que la gente quiere contar, con los pies en la tierra y la mirada puesta en el presente y en el futuro.
Que sigan las:
Luces.
Cámara.
Comunidad.
Visiten la exposición en el Museo Nacional hasta el 25 de mayo de 2026.
Y desde ya nos preparamos rumbo al FAMMA 2026, donde las voces de los territorios volverán a iluminar nuestras pantallas. Invitamos a todos y todas a acercarse, siguiendo el llamado en esta décima de la maestra Beatriz Eugenia Ochoa Romero:
Hay un rollo audiovisual
En los Montes de María
Pa’ el Caribe es de valía
Y pa’ todo el mundo es ideal.
El proceso no es usual,
Lo realizan campesinos
Que narran con muy buen tino
Su dolor y sus vivencias
De conflicto y resistencia
En documentales genuinos.
Por: Soraya Bayuelo Castellar
Comunicadora Social – Periodista y Gestora Cultural
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