01/04/2026
¡INNIMAGINABLES BODAS DE PLATA!
Por: JAIME MAURICIO GAITÁN GÓMEZ
¡Son tantos los pensamientos que hoy pasan por mi mente, que no sé cómo manifestarlos!
Marthica y yo decidimos hace veinticinco años, unir nuestras vidas para encontrar en el otro, lo que parecía que jamás íbamos a tener.
Nuestros padres y familiares, a pesar del inmenso amor con el que nos cuidaron desde que nacimos y haberse dado cuenta que, por esas cosas azarosas del destino, no contábamos con la plenitud de nuestras capacidades sensoriales con las que la generalidad de personas cuentan, se vieron enfrentados inesperadamente a lidiar con sus temores, inseguridades e incertidumbres, sin saber que nosotros mismos, experimentábamos nuestros propios calvarios, pero añadiéndoles que además, vivíamos en medio de la ignorancia de lo que nos estaba aconteciendo.
Marthica desarrolló una infame hidrocefalia que, según lo que les comentaron a sus padres los galenos que la atendieron, se presentaría en cualquier momento de su vida; ese nefasto mal, se le desarrolló luego de un golpe que recibió en su cráneo siendo tan solo una pequeña niña de seis años, y habiendo sido sometida a innumerables cirugías a lo largo de su vida, esa implacable enfermedad, tan solo pudo “reclamar” su visión, cirugías que le “arrebataron” a la hidrocefalia, el prácticamente seguro fin… ¡la propia vida de Marthica!
Es esa la razón por la que ella, tan solo puede percibir luz por el ojo izquierdo, siendo las imágenes difusas, los colores muchas veces irreconocibles, la imposibilidad de leer y la estrechez de su campo visual periférico, la muy deteriorada forma como ella ve solo por ese ojo, pues por el derecho, por el que no percibe luz alguna, ambas realidades derivadas de la atrofia del nervio óptico que le ocasionó la hidrocefalia, adjudicándole estas características de baja visión que la hace parte de la población con discapacidad visual colombiana.
En mi caso, mi visión me fue arrebatada por el silencioso y traicionero glaucoma, que, sin descanso, se empeñó en acabar con la escasa visión que me acompañó hasta mi adultez, dándome por cuotas, la ceguera absoluta, no sin antes advertirme de su inefable objetivo de cobrar ese “propósito” de manera lenta y cruel, pues como jugando con mi ilusión, me “permitió” g***r de una muy deficiente capacidad visual tan solo por mi ojo izquierdo, pues desde que nací, me dejó en claro, que a la postre, ese globo ocular, sufriría el mismo final que el derecho, o sea, que no tendría la capacidad de percibir imagen alguna.
El globo ocular derecho, me fue extraído en noviembre de mil novecientos setenta y seis, y como parte de ese juego perverso de ese tumor verde, como también es conocido el glaucoma, que, en mi caso, fue congénito, el izquierdo, precisamente en octubre de dos mil seis, treinta años después, estando ya casado con Marthica, me fue también extraído, reiterándome con despiadada severidad, que ya no tenía retorno y que mi sitio como parte de la población con discapacidad estaba asegurado, y, esa realidad ¡no tenía reversa!
Tanto Marthica como yo, acompañados de nuestros desesperanzados padres quienes tuvieron que sufrir a cuenta gotas nuestras realidades, y sin poder creer que nuestras vidas profesionales y afectivas, tenían alguna esperanza, fuimos creciendo, con el obvio pensamiento que no íbamos a alcanzar las metas que cualquier persona, se proponen… ni nuestros padres ni nosotros mismos, creíamos que alcanzaríamos la capacidad de gestionar nuestra autonomía económica, ni que fuéramos capaces de encontrar alguna persona que nos acompañara para formar nuestras propias familias, siendo esto último, probablemente, un permanente temor para ellos quienes, seguramente pensaban que luego de ellos dejarnos solos por sus inevitables muertes, quedaríamos sin protección alguna.
Sin embargo, como padres que, así fuera tan solo por los sentimientos paternos y de protección inherentes a sus roles de paternidad y maternidad, nos apoyaron en nuestros deseos de aprender alguna profesión, incluso, en contra de lo que supongo, para ellos era una utopía.
Marthica estudió en la Universidad Nacional Trabajo Social, y yo, en una institución universitaria que no alcanzaba niveles de excelencia académico en Caracas, estudié Publicidad.
El tiempo pasaba, y nuestras vidas, parecían darles la razón a esas precarias expectativas.
En mi desesperación, siendo un joven de veintinueve años, habiendo tenido escasas experiencias profesionales en una pequeña agencia de publicidad en la capital venezolana y habiéndoseme dado la oportunidad de dictar una cátedra en la misma institución que me otorgó el diploma de Técnico Superior Universitario en Publicidad, exiguas experiencias que se esfumaron sin que se volvieran a presentar otras oportunidades en esos campos productivos en virtud del persistente deterioro de mi capacidad visual, y habiéndome sentido permanentemente rechazado por las pocas jóvenes mujeres con quienes había tenido alguna cercanía, contraje matrimonio con la madre de José Luis, mi brillante y destacado hijo mayor, dedicado pedagogo, siendo ella una mujer diez años menor que yo, experiencia que pareció, que los temores e inseguridades previas, no eran falsas, porque a los escasos dos años de matrimonio, ella lo dio por terminado.
Por supuesto, el fracaso de ese primer matrimonio, no se lo puedo adjudicar a alguna razón en particular, pues en todo caso, la terminación de una relación, cualquiera que ella sea, es el resultado de múltiples situaciones, pero estoy convencido que, mi condición de persona con discapacidad visual, estuvo presente como una de las motivaciones soterradas de esa separación.
Por su parte, Marthica intentaba encontrar un espacio como profesional, objetivo que parecía esquivo, llevándola a buscar una mejor cualificación académica para que con ello, ser tenida en cuenta profesionalmente, llevando a cabo una especialización en Trabajo Social Laboral en la prestigiosa Universidad Externado de Colombia gracias a un convenio entre esa institución y el Instituto Nacional para Ciegos, INCI, entidad a la que ella asistía buscando la orientación especializada que el Estado ofrece a la población a la que pertenecemos.
Martica, ocupando su tiempo en buscar alternativas inciertas, y yo, padeciendo el implacable rigor del duelo relacionado con el divorcio que me pidió mi joven esposa, habiendo yo también empezado a beneficiarme de los servicios del INCI, nuestras vidas se cruzaron cuando asistíamos a un curso sobre el manejo de computadores con las incipientes herramientas que estaban empezando a ser desarrolladas con el propósito de permitirnos a quienes padecemos de limitaciones visuales, acceder al uso de estos aparatos, los que son imprescindibles hoy por hoy, para llevar a cabo cualquier actividad académica, profesional o de esparcimiento.
Gracias a mi escasa capacidad visual, la que solo me permitía ver imágenes borrosas a través de mi ojo izquierdo, pues el derecho me había sido enucleado a mis quince años, pude disfrutar visualmente de la encantadora trigueñita con quien desde enero de mil novecientos noventa y cinco, nos encontrábamos en las instalaciones del SENA de la calle sesenta y cinco, en Chapinero, empezando así, esta relación que llegó a treinta y un años, veinticinco de ellos, unidos en un hermoso matrimonio.
Danielito, es el más importante fruto de esta hermosa unión; me refiero a nuestro joven hijo de veintitrés años, quien probablemente, contra todo presagio, hemos criado, incluso, estando él próximo a culminar sus estudios de Ingeniería de Sistemas en la Universidad Distrital Francisco José de Caldas, universidad a la que accedió sin tropiezos gracias a haber sido el estudiante en obtener el mejor resultado de la prueba ICFES de su colegio de la promoción dos mil, en plena pandemia, resultado con el que obtuvo el beneficio de una de las becas otorgadas por el Estado por hacer parte del privilegiado grupo de mejores resultados de esta prueba estatal, y haber ocupado un puesto entre el diez por ciento de los mejores estudiantes a nivel nacional.
Contra todo pronóstico, incluso, del nuestro propio, ahora gozamos de la familia que construimos con amor… aprendimos que el amor, no se trata tan solo de sentimientos pasionales, o de atracciones meramente físicas, sino que se trata de un permanente proceso cotidiano de apoyo, de encontrar objetivos comunes, de entender al otro, de un compromiso que se asume sin egoísmos… paradójicamente, aquellas situaciones que originaban los temores de nuestros padres, e incluso, los nuestros, han sido la base de esta relación, la que está fortalecida, siendo muestra de ello, estar cumpliendo hoy treinta y uno de marzo de dos mil veintiséis, nuestras bodas de plata.
Fuimos invitados por un matrimonio de personas con discapacidad visual emprendedoras que, con su empresa, había suscrito un contrato con el entonces Seguro Social, siendo nuestras funciones, dar charlas a empresas sobre salud visual preventiva; con ellos, también dirigimos charlas en colegios públicos y otras instituciones con el mismo tema, dándonos cuenta que, además de los sentimientos que nos unían, estábamos sincronizados para trabajar en equipo.
Precisamente, advirtiendo esta capacidad que encontramos en el otro, nos aventuramos a crear una entidad sin ánimo de lucro con la que pretendíamos construir espacios de inclusión para población con discapacidad visual en espacios públicos como centros comerciales, edificios de entidades gubernamentales, fundaciones, etc., desarrollando entre otras cosas, un directorio escrito en Braille de locales en uno de los centros comerciales más prestigiosos del norte de Bogotá; dictamos charlas a funcionarios de esos establecimientos, del Museo Nacional, de ministerios y otros lugares en los que era necesario implementar no solo infraestructura de información incluyente, sino que quienes atendieran en esos sitios, supieran cómo atender a personas ciegas o con baja visión que los visitara.
Así fue como pudimos suscribir con “Red Punto Visión”, la entidad que constituimos, un importante contrato con la Alcaldía Local de Usaquén, por medio del que desarrollamos un proyecto que incluía la implementación de señalización para personas con discapacidad visual en el espacio público, y, charlas en las entidades y sitios de interés en esa localidad del norte de la capital colombiana.
Pero como suele suceder con asuntos del Estado, no hubo alguna entidad o institución que supervisara y otorgara los respectivos permisos para la instalación de la señalización, pudiendo tan solo llevar a cabo el componente de las charlas.
En medio de estas actividades, logramos llamar la atención de importantes medios de comunicación que divulgaron lo que estábamos haciendo, siendo precisamente éste, el puente que me permitió ser conocido por ASHOKA, una organización internacional con sede en Arlington, Estado de Virginia en los Estados Unidos, la que ha sido pionera en el apoyo de personas dedicadas a ofrecer soluciones innovadoras que mejoren la calidad de vida de poblaciones vulnerables alrededor del mundo, recibiendo de ella, un estipendio durante tres años, y además, dándome el privilegio de pertenecer por siempre a ese exclusivo fellowship mundial.
Esta coincidente y afortunada seguidilla de acontecimientos, nos llenaron de esperanza… viendo que ellas, nos estaban permitiendo generar ingresos propios, actividades que adicionalmente, nos permitía proponer acciones por medio de las que estábamos generando procesos de inclusión para personas que compartían nuestra condición de discapacidad; tomamos la decisión de que el treinta y uno de marzo de dos mil uno, contraeríamos el matrimonio del que habíamos hablado, pero del que no creíamos con certeza, que se materializaría.
Nos sentimos plenamente satisfechos por no tener que depender de nuestras familias para hacernos cargo de los gastos implícitos en la organización de la ceremonia ni de la compra de pasajes y hospedaje en San Andrés, isla que escogimos para nuestra luna de miel… ¡todo parecía resuelto!
ASHOKA me invitó al Perú como parte de la inducción para pertenecer al fellowhsip en marzo de dos mil uno; años después, me invitó a Argentina para asistir a la convención latinoamericana de emprendedores sociales que esta organización apoyaba, viaje motivado por la celebración de los veinte años de presencia de ASHOKA en la región; de esta convención, se produjo la invitación que me hizo la oficina de ASHOKA en el Brasil, para ser parte del comité organizador del primer seminario latinoamericano de inclusión que se llevó a cabo en Sao Pablo, ciudad a la que viajé en dos ocasiones en el año dos mil siete; igualmente, ASHOKA me invitó a la convención mundial de emprendedores sociales apoyados por ella, certamen que se llevó a cabo en París en junio de dos mil once; también, por pertenecer a este felowship, pude acceder a convocatorias de importantes premios internacionales relacionados con proyectos de innovación social, habiendo obtenido dos reconocimientos que me llevaron en dos mil once invitado a Chile, en donde obtuve el KiscStar Latinoamerican Innovation Award, lo que me dio derecho de ser invitado por la Glasgow Caledonian University en dos mil doce, para estar dos semanas en Escocia y presentar en distintos ámbitos académicos y empresariales en Glasgow y Edimburgo, el proyecto FULLNET con el que obtuve dichos reconocimientos; de igual manera, obtuve el premio Stephan Schmidheiny Innovación para la Sostenibilidad en la categoría de innovación social, lo que me dio derecho de ser invitado por la INCAE BUSSINES SCHOOL en Alajuela, Costa Rica en noviembre de dos mil trece y en noviembre de dos mil catorce, y a la Ciudad de Panamá en marzo de dos mil catorce para presentar el proyecto.
Estos logros, me habían dado la justificada ilusión de haber encontrado el camino definitivo para materializar mi esquiva seguridad económica en compañía de Marthica, llegando a creer que mis esfuerzos, no eran en vano, lo que me llenaba de tranquilidad y, por supuesto, creyendo que, con ella, también estaba proporcionándole similar tranquilidad a las familias, y adicionalmente, alejándome de esa permanente sensación de inutilidad de la que me había convencido que no podría separarme.
Ninguna de esas iniciativas prosperó, porque debido a sus naturalezas, sería el Estado, el lógico socio… pero yo no soy político ni allegado a uno, y por supuesto, esos proyectos no pudieron ser materializados, embargándome de frustración, la que debí compartir tanto con Marthica como con la abogada barranquillera con discapacidad visual, Lorena Andraus, quienes me acompañaron en estas quijotescas iniciativas.
Además de esa frustración, habiendo sido esos intentos que en el momento, fueron esperanzadores, de manera simultánea, Marthica sufrió la última gran crisis relacionada con la hidrocefalia… en octubre de dos mil catorce, luego de varias semanas expuesta al gran estrés que le ocasionaba tener que lidiar con sus intolerantes compañeras de trabajo en el servicio de atención a la población con discapacidad en la localidad de San Cristóbal, servicio ofrecido en las instalaciones de la Secretaría Distrital de Integración Social en esa localidad del sur oriente capitalino, tuvimos que llevarla de urgencia a la Clínica Colombia, en donde fue sometida a la última cirugía que le han hecho, para poderle ser drenado el líquido cefálico tras permanecer cerca de una semana inconsciente.
Después de esa dolorosa crisis, en la que me tocó acompañarla, y que fue realmente impactante para nosotros, logramos estabilizarnos, no sin antes pasar por la dificultad derivada de la desafortunada decisión que tomó en dos mil dieciséis el alcalde Peñalosa y que nos llevó a no contar con ingresos durante cerca de un año, pero que sin embargo, nos permitió presentar las tutelas por medio de las que ahora gozamos de contar con los contratos por prestación de servicios de Marthica, y además, de las pensiones a las que accedimos gracias a las políticas que desde mil novecientos noventa y cuatro, tenemos las personas con discapacidad, quienes gracias a otros gobiernos con perfiles progresistas, nos reconocieron, al permitirnos cotizar en Colpensiones de manera subsidiada, los aportes durante veinte años, siendo Marthica y yo, parte de los beneficiarios, lo que, por fin, nos garantiza que podremos cumplir con nuestras necesidades hasta el fin de nuestras vidas.
Otra de esas inesperadas paradojas, fue la que gracias a la pandemia derivada del COVID 19, experimentamos a favor de este sólido matrimonio entre dos personas por quienes ni nuestras familias ni la sociedad, daban un peso… luego de sufrir la inexplicable discriminación laboral que sufrió Marthica en la entidad distrital a la que ella presta sus servicios profesionales en calidad de contratista por prestación de servicios, discriminación que dio como resultado que en el año dos mil dieciséis, no le permitieran suscribir un nuevo contrato, pues tras la decisión del alcalde que recién empezaba a ejercer, las personas con discapacidad a quienes el anterior burgomaestre les había dado esa gran oportunidad laboral, decidió que tenían que ser separadas de sus cargos, lo que tenía que ser sustentado por los funcionarios que supervisaban a esos contratistas con discapacidad, situación que puso al desnudo el injustificado rechazo del que sufrimos las personas con discapacidad, pues quienes nos rodean, por sus prejuicios, ignorancia y arrogancia, no admiten que quienes ellos consideran “inferiores”, puedan ocupar espacios al lado de ellos.
¡Todo se dio…!
Tuvimos que presentar una tutela que, a la postre, en segunda instancia, nos favoreció cuando la Corte Constitucional, se pronunció en favor de la defensa del derecho de las personas con discapacidad a la “estabilidad laboral reforzada”, lo que obligó a la entidad distrital a la que aún Marthica sigue prestando sus servicios, vincularla nuevamente, a través de los permanentes contratos por prestación de servicios que le han presentado para suscribir desde agosto de dos mil diecisiete, el mismo año en el que falleció mi padre, coincidiendo con uno de los más inciertos periodos que hemos tenido que experimentar en estos veinticinco años de matrimonio, pues debido a la decisión tomada por la administración distrital de ese momento, y la resultante vacancia de Marthica, y mi desempleo derivado de yo no ser contratado por empresa alguna porque quienes vivimos con una condición de discapacidad, somos considerados “incapaces” de desempeñarnos laboralmente, no recibimos ingreso alguno, llevándonos a incumplir con compromisos como el oportuno pago de las cuotas de administración en el conjunto residencial en el que está el apartamento que, gracias a mis padres, es en el que residimos, o, las mensualidades del colegio en el que estudiaba Danielito, o, tener para comprar los alimentos diarios… ¡no sucumbimos por el apoyo incondicional que recibimos de algunos miembros de nuestras familias!; incluso, en medio de nuestra desesperación, hicimos lo que muchas personas sin oportunidades, hacen… en varias ocasiones, fuimos a Transmilenio a vender dulces, para con ello, obtener al menos, ¡lo de los almuerzos!, recordando el tiempo que anteriormente, cuando dejé de recibir el estipendio de ASHOKA en dos mil cuatro, habíamos vivido, crisis en la que incluso, nos atrevimos a comunicarnos con un programa de televisión presentado por J. MARIO VALENCIA, gracias al cual, un solidario colombiano residente en Chicago, nos envió una ayuda económica con la que pudimos adquirir por unos días, la leche formulada que teníamos que darle a Danielito por ser alérgico a la lactosa.
Pero todo lo que se hace, o, se deja de hacer, con el tiempo, da frutos.
Gracias al título profesional de Trabajo Social que obtuvo Marthica en mil novecientos noventa y tres, al curso que recibimos en el SENA durante el cual nos conocimos, y por haber yo