19/08/2026
*El arte de ser mamá*
Me han preguntado en algunas ocasiones: ¿Cómo has hecho para que tus hijos continúen creyendo en Dios, amando a Dios y apoyándonos en la obra de nuestra iglesia?
Una de mis respuestas ha sido muy sencilla: he sido mamá.
Mamá que acompaña.
Mamá que escucha.
Mamá que sabe cuándo callar, cuándo corregir y, en todo momento, cuándo instruir.
Mamá que ora y confiesa la Palabra sobre sus hijos.
Una mamá que, en medio del dolor, se levanta con las pocas fuerzas que pueda tener. Una mamá que no juzga, sino que trata de entender y mostrar los errores con amor. Una mamá que abraza y dice con seguridad: “De esta vamos a salir.”
Una mamá que construyó un lugar de oración y adoración, para que en los momentos más duros pudiera presentar a sus hijos delante de Dios, como aquella mujer sunamita que, ante la dificultad, supo a quién acudir.
Una mamá que aprendió a creer en el poder de la Palabra y que, con ella, cubre a sus hijos cada día. Una mamá que no se rinde, aunque el cansancio la absorba.
Aprendí a jugar con ellos cuando eran niños, a escucharlos y a interesarme por sus gustos durante la adolescencia, pero, sobre todo, aprendí que siempre debía estar dispuesta a escucharlos.
Una mamá que dijo “no” a muchas cosas con tal de no dejarlos solos cuando no tenía quién los cuidara, especialmente durante esas edades tan importantes. Tal vez muchas veces nadie vio esos “no”, esos sacrificios, esas renuncias y esas lágrimas, pero Dios sí las vio.
Hoy sé que no perdí mi tiempo.
Hoy, en ellos, veo mi recompensa.
Hoy sé que valió la pena ser madre.
Hoy sé que aprendí a ganar más de lo que pensé que estaba perdiendo.
Porque mientras ellos crecían, yo también crecía.
Viví con ellos sus errores, sus caídas y sus frustraciones. Cuando tuve que ser bastón, lo fui; y si tuve que ser silla de ruedas, también lo fui. ¿Sabes por qué?
Porque yo sabía en quién estaba puesta mi confianza.
Desde antes de que nacieran, Dios puso una palabra en mi corazón:
«“Y todos tus hijos serán enseñados por Jehová; y se multiplicará la paz de tus hijos.”
Isaías 54:13, RVR1960»
Y me aferré a esa promesa.
También aprendí a vivir Proverbios 22:6: “Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él.”
No significa que mis hijos no cometerían errores. Significa que sembraría en ellos una verdad que, aun en medio de sus procesos, permanecería en sus corazones.
Sé que cometí muchos errores con mis hijos y seguramente seguiré cometiéndolos, porque no he sido una mamá perfecta. Pero hay algo que sí sé: no me rendiré con ellos.
Porque sé quién es mi ayuda y sé quién es su Padre.
El Dios que me los dio es el mismo Dios que los cuida, los instruye, los convence de todo aquello que sea necesario, los dirige y los bendice.
La verdad es que sin Dios no lo hubiera logrado. Entendí que separada de Él nada puedo hacer.
Por eso, cuando miro hacia atrás, no veo solamente los años que pasaron; veo una historia de la fidelidad de Dios.
Hoy ellos hablan de mí aun sin necesidad de nombrarme, porque algo de lo que sembré quedó en sus vidas.
Hoy puedo soltarlos un poco más, no porque ya no los necesite ni porque haya terminado mi tarea de mamá, sino porque sé en quién he confiado y sé que Dios seguirá haciendo en ellos lo que yo ya no puedo hacer.
Una mamá nunca deja de ser mamá.
Aún me espera más camino con ellos. Estén cerca o estén lejos, mi amor y mi oración los acompañarán mientras tenga aliento.
Seguiré orando.
Seguiré creyendo.
Seguiré declarando la Palabra.
Seguiré estando cuando me necesiten.
Porque descubrí que el verdadero arte de ser mamá no está en hacerlo todo perfecto, sino en aprender a depender de Aquel que sí es perfecto.
Y cuando mis fuerzas se terminan, recuerdo las palabras de Jesús:
«“Separados de mí nada podéis hacer.”
Juan 15:5, RVR1960»
Por eso hoy puedo decir:
No fui una mamá perfecta, pero tuve un Dios perfecto.
No siempre tuve las fuerzas, pero tuve de dónde sacarlas.
No siempre supe qué hacer, pero aprendí a orar.
Y cuando no pude sostenerlos con mis manos, los sostuve con mis rodillas.
Ese ha sido, para mí, el verdadero arte de ser mamá: amar, permanecer, instruir, orar y confiar en Dios.
Porque una madre puede sembrar con lágrimas, pero cuando pone su confianza en Dios, puede descansar sabiendo que Él hará crecer la semilla.