29/11/2025
Hoy, 29 DE NOVIEMBRE, DÍA INTERNACIONAL DE LAS DEFENSORAS DE DERECHOS HUMANOS, honramos la vida, la fuerza y la memoria de todas las mujeres que han entregado su existencia a defender los derechos humanos, los derechos de la naturaleza, los derechos económicos, sociales, culturales y digitales; el derecho a vivir con dignidad.
En medio del conflicto armado, la violencia sociopolítica y las violencias machistas y patriarcales, las mujeres han puesto el cuerpo y el alma para proteger la vida, la tierra y los territorios; para acompañar a la mujer agredida, a la comunidad despojada, a la mujer violada o desaparecida. Siempre en primera línea, asumiendo la amenaza, la estigmatización, el silenciamiento y la violencia sexual, solo por ser mujeres y ejercer liderazgo social y político.
En el país de las mariposas amarillas, de las Úrsulas y las mujeres de memoria larga, en las veredas, en los ríos, alrededor de una olla comunitaria o de una huerta; en una marcha, en un paro, en un plantón, siempre están ahí: acompañando, denunciando, resistiendo al poder policial, institucional, patriarcal y agresor. A pesar de los riesgos, insisten en construir un país más justo, más libre y más digno.
Sin embargo, la violencia continúa. En los últimos tres años y medio, 71 mujeres lideresas y defensoras de derechos humanos y ambientales han sido asesinadas en Colombia. Solo en el primer semestre de 2025, el Programa Somos Defensores registró 78 asesinatos de personas defensoras, de las cuales 10 eran mujeres. La Defensoría del Pueblo reportó 69 asesinatos entre enero y abril del mismo año. Detrás de estas cifras hay cuerpos-territorios, historias y luchas que asumieron la tarea más peligrosa en un país donde defender la vida sigue costando la vida.
Las mujeres lideresas sociales, campesinas, negras, indígenas y las mujeres diversas —lesbianas, transgénero, transexuales— enfrentan riesgos ampliados. Su activismo por la justicia social y la defensa del territorio las convierte en objetivos de actores armados, mientras que sus identidades de género y orientaciones sexuales las exponen a violencias sexistas y castigos patriarcales que profundizan su vulnerabilidad.
Viven una doble guerra: la del conflicto y la del machismo.
Otro desafío profundo es el escaso reconocimiento institucional. Aunque su labor es esencial para la paz y la defensa de derechos, la imposibilidad de certificar o validar su liderazgo y el desconocimiento social de su rol generan un doble filo: la visibilidad puede proteger, pero también puede matar si no existen garantías reales de seguridad.
Por eso resulta crucial que políticas como el Programa Integral de Garantías y el Plan de Acción 2024–2028 —logros del movimiento de mujeres y feminista— no solo reconozcan su labor, sino que incorporen mecanismos de visibilidad segura, protocolos de protección diferenciada y medidas reales de prevención.
Sin protección efectiva, sin recursos suficientes, sin instituciones sensibles y responsables, su vida seguirá en riesgo y la impunidad seguirá siendo la norma.
Hoy, a las que ya no están y a las que siguen de pie, les decimos: gracias por sostener la vida, gracias por abrir camino, gracias por enseñarnos que la dignidad no se negocia.
¡¡¡Que defender derechos no nos cueste la vida!!
¡¡¡Que vivir sea el derecho más protegido!!