28/12/2025
Era 24 de diciembre, ya había caído la noche, algunas madres vendedoras ambulantes recogían sus enseres, cansadas después de una larga jornada. Fue entonces cuando nos acercamos y les preguntamos si podíamos orar por ellas. Con una sonrisa tímida, llamaron a sus hijos para que también recibieran oración.
Ellas no se congregan, pero cada sábado envían a sus niños, quienes llegan alegres a disfrutar de su tiempo con Jesús. Esa noche, sin saberlo, Dios ya había preparado una sorpresa para ellas.
Los regalos comenzaron a llegar, las meriendas iban y venían, y los niños recibían con emoción sus detalles y sus estrenos, como es tradición en nuestro país. Pero mientras ellos celebraban, las madres observaban en silencio, felices de ver a sus hijos sonreír. Como muchas madres, ellas se habían olvidado de sí mismas; lo importante era que sus hijos tuvieran lo necesario.
Lo que no sabían era que su sacrificio no había pasado desapercibido. Dios también las había visto. Y así, además de la alegría reflejada en los rostros de sus hijos, ellas recibieron una prenda, un regalo sencillo pero lleno de significado, que les recordaría que Cristo las ama y que Él sigue a la puerta, llamando a sus corazones.
Esa noche entendimos que cuando una madre da todo por sus hijos, Dios se encarga de sorprenderla.
Gracias a todos los que extendieron su mano para bendecir, no solo a los más pequeños, sino también a quienes llevan sobre sus hombros el hermoso deber de cuidar y amar. 💕❤️