25/10/2025
Bajo el sol brillante de la mañana, ella camina despacio pero firme, con una sombrilla morada que resplandece como una flor en medio del asfalto. Su bastón marca el ritmo, un compás sereno de fe y constancia. En el brazo lleva una silla plástica roja —su compañera inseparable—, porque sabe que la oración también se hace con paciencia y cuerpo descansado.
Tiene más de 80 años, pero la distancia no la detiene: recorre cada día dos kilómetros por la misma vía, rumbo al punto de oración de Cuarenta Días por la Vida en Aguazul, donde eleva su voz por el fin del ab**to. No importa el calor ni el cansancio; su paso es un testimonio vivo de esperanza.
Quienes la ven pasar se quedan en silencio unos segundos. Algunos sonríen, otros bajan la mirada, conmovidos por su fe sin adornos, su amor sencillo. Ella no busca aplausos ni atención, solo cumplir con su propósito: orar por la vida.
Y tú que la ves, ¿qué te detiene? Si ella, con sus años y su fuerza limitada, puede caminar cada día movida por el amor, ¿cómo no vamos a hacerlo nosotros? Su ejemplo nos invita a levantarnos, a unirnos en oración, a ocupar ese punto en la calle donde la fe se hace acción.
Acércate, no importa tu edad ni tu condición: cada oración cuenta, cada presencia suma, cada corazón encendido puede salvar una vida. Que su constancia sea el llamado que despierte en nosotros la misma valentía de defender lo más sagrado: el don de la vida.