07/02/2026
El comunismo no funcionó. Tampoco la teoría de Marx y Engels logró sostener, en la práctica, la promesa de un mundo más justo. Cuba, que pudo haber sido un paraíso, se ha transformado en una pesadilla prolongada, de esas que no despiertan con el amanecer. Una isla que nació llena de música, de inteligencia y de dignidad, hoy se consume lentamente, como si alguien hubiera decidido apagarla sin hacer ruido.
Lo más triste no es solo la escasez, ni el miedo, ni el silencio impuesto. Lo más doloroso es ver a jóvenes levantar armas para defender lo indefendible, obligados a sostener un relato que ya no respira verdad. Se les ha pedido que protejan un sistema que no los protege, que luchen por una idea que les robó el futuro antes de haberlo vivido.
Están matando una isla poco a poco. No con bombas visibles, sino con hambre, con exilio, con cansancio, con la normalización de lo insoportable. Y lo peor de todo es que ya se le esfuma el oxígeno. Falta aire para soñar, para disentir, para quedarse. Falta aire para vivir sin miedo.
Cuando un país expulsa a sus hijos o los convierte en guardianes de su propia ruina, algo esencial se ha quebrado. No es solo un fracaso político o económico; es un fracaso moral. Y aun así, Cuba sigue ahí, resistiendo en su gente, en su memoria, en los que se fueron y en los que aún esperan. Porque las islas, aunque parezcan ahogarse, guardan una fuerza antigua: la de recordar lo que fueron y lo que todavía podrían ser.
Melba Mercedes AG
Azucala Latingviking