05/02/2026
Históricamente, la masonería ha sido una de las instituciones más desprestigiadas y distorsionadas del mundo moderno. No por su funcionamiento real, sino porque encarna una tradición de libre pensamiento, formación ética y transmisión simbólica que ha resultado incómoda para regímenes autoritarios, dogmáticos y proyectos políticos excluyentes.
Buena parte de ese desprestigio se construyó mediante propaganda antisemita y conspirativa surgida en Europa a fines del siglo XIX. Textos como Los Protocolos de los Sabios de Sion —un panfleto falsificado con fines políticos— no solo buscaron demonizar a sectores del pueblo judío, sino también arrastrar a la masonería al mismo relato, colocándola artificialmente del lado de un supuesto poder oculto global.
Aquí es fundamental distinguir planos que deliberadamente se confunden. El sionismo es un movimiento político moderno, nacido en Europa, históricamente impulsado por élites ashkenazíes, y no representa ni agota la diversidad del judaísmo. Los judíos mizrajíes —de origen semita oriental, provenientes de Medio Oriente, el norte de África y Asia— poseen trayectorias históricas, culturales y espirituales propias, muy distintas del judaísmo europeo. Reducir el judaísmo a una corriente política específica es una simplificación interesada.
La masonería no es una élite ni una organización cerrada. Históricamente ha sido una institución iniciática abierta, a la que cualquier persona libre y de buenas costumbres puede postular para formarse. Sus miembros no constituyen una casta de poder: mayoritariamente son personas comunes, de clase media, que participan por convicción ética y búsqueda de conocimiento, no por beneficios materiales ni influencia política.
Otro punto sistemáticamente tergiversado es el uso de la Cábala, del simbolismo del Templo de Salomón y de lenguajes heredados del mundo antiguo. Estos elementos son parte de la base del pensamiento occidental, presentes en la filosofía, la arquitectura, la ética y la simbólica desde mucho antes del surgimiento del sionismo. Su presencia en la masonería no implica adhesión política alguna, sino continuidad cultural e intelectual.
Además, la moral masónica antigua es históricamente resistente a la autodefensa pública. La institución no responde con propaganda ni polémica, porque su ética privilegia el trabajo silencioso, la coherencia individual y la formación interna. Esa reserva —que fue virtud en otros tiempos— ha permitido que terceros construyan relatos falsos sin contrapeso.
En Chile, la historia es documentable: Salvador Allende Gossens y Pedro Aguirre Cerda fueron presidentes masones. Figuras centrales de la cultura como Lucila Godoy Alcayaga, María Luisa Bombal y Vicente Huidobro estuvieron vinculadas al pensamiento masónico o a sus valores. Mucho antes, los procesos independentistas latinoamericanos se gestaron en espacios ilustrados y logias de libre pensamiento.
También es necesario aclarar falsedades persistentes: Sebastián Piñera nunca fue masón. Augusto Pinochet tampoco lo fue; fue irradiado de la institución y jamás recibió reconocimiento alguno.
Históricamente, la masonería ha sido un espacio de formación y libertad intelectual. No una conspiración. No una élite. No un brazo político de ningún proyecto moderno.
Tal vez la verdad no sea la que se repite, sino la que se investiga.
No me crean. Estudien. Verifiquen.