31/12/2025
Estamos llegando a fin de año y, sinceramente, no quisiéramos cerrar este 2025 cargados de molestias, desgastes emocionales o confrontaciones innecesarias. Sin embargo, hay situaciones que no pueden ni deben normalizarse, especialmente cuando están en juego la seguridad de las personas, la coordinación territorial y la capacidad de respuesta ante emergencias.
Resulta profundamente lamentable constatar que, sin existir siquiera un requerimiento formal, se haya perdido la oportunidad de realizar un trabajo serio, preventivo y responsable en materia de telecomunicaciones de emergencia. Este tipo de acciones no solo marcan la diferencia en momentos críticos, sino que reflejan el compromiso real de las instituciones con los territorios que dicen proteger y asistir.
Más grave aún es que, frente a intentos de contacto, ni siquiera las llamadas telefónicas fueran atendidas por quienes tienen la responsabilidad de coordinar y responder. Esta ausencia de respuesta no es un detalle menor: evidencia una falencia estructural en los protocolos básicos de comunicación y deja en evidencia una preocupante desconexión entre la planificación institucional y la realidad que viven las comunidades.
Según lo señalado por el comandante de CONAF, el territorio comprendido entre Melipilla y San Pedro representa un desafío permanente y de alta complejidad. Justamente por ello, resulta aún más incomprensible la falta de presencia efectiva, de coordinación anticipada y de voluntad para fortalecer las capacidades locales antes de que las emergencias ocurran.
Frente a este escenario, surge una pregunta que no busca confrontar, sino exigir claridad y responsabilidad:
¿Habrá presencia real y apoyo oportuno en el territorio cuando sea necesario, o nuevamente serán las comunidades, los vecinos y los equipos locales quienes deban organizarse y actuar por su cuenta, supliendo carencias que no les corresponden?
Esta reflexión no nace desde la crítica por la crítica misma, sino desde la convicción de que la prevención, la comunicación y la presencia efectiva no son favores, sino deberes fundamentales. Ignorarlos no solo debilita la confianza, sino que expone innecesariamente a personas, recursos y territorios que ya enfrentan suficientes desafíos.