06/04/2026
El autismo debes integrarlo en la comunidad es difícil pero debemos avanzar como sociedad
LA 1NF4NC14 DEL AUTISMO
Por ahí leía que, a los veintes, la 1nfanc1a ha sido la mayor parte de la vida de una persona. Y pensé en cómo es un niño, un niño como tal. Los niños ven el presente como su único referente de tiempo. Lo símbolos son su transcurrir. Empiezan a descifrar el mundo en sus propios términos. Literalmente se lo comen. Tocan, observan cualquier pequeña cosa, descubren el viento, descubren el fuego, descubren la noche, el día y la lluvia.
Toman entre sus manos lo que alcanzan a capturar de un puñado: el alimento, un objeto brillante que tiene sonido, el cabello de su madre, sus piececitos, lo invisible. Y apenas se ponen de pie… persiguen ese mundo, corren tan rápido como creen saber hacerlo, desafían la frontera calculada desde su cuna y, olvidando a quién los rodee, salen a buscar lo que no han podido alcanzar pero que saben que los espera: el sol, la nube, el horizonte, el infinito. Ser niño es buscar el mundo.
Para un niño autista no es tan diferente. El mismo instinto habita en ellos. Exploran, toman, atrapan, llevan a su boca, recorren, buscan, sienten. Lo que cualquier otro niño descubre, un niño autista lo descubre innumerables veces. La lluvia, por ejemplo, no es la lluvia y ya, son muchas diferentes lluvias: es la lluvia que tiene sol en sus gotas o la lluvia que se ve desde detrás de la ventana, es la lluvia que se desliza y moja su pelo, es la lluvia que se escucha y no se ve, es la lluvia que cayó mientras dormía. Cada suceso es algo único y en eso ocupa su infancia.
Pero nosotros, los normales, ajenos a esa visión del mundo tan hermosa y a la vez amenazante, una vez se llega al diagnóstico, intenta unificarse. Siguiendo con el ejemplo de la lluvia: les decimos que la lluvia es agua que cae de una nube. Deletreamos la palabra L L U V I A, le mostramos una imagen de una nube de la que caen cuatro gotas. Reducimos su descubrimiento a un concepto. Y así con todo, sobre todo con las emociones. Empezamos por las básicas: alegre, triste, enojado, asustado.
De nuevo el deletreo, por si tiene que leerlo más que intuirlo o sentirlo o verlo reflejado en las personas afuera. Una cara sonriente… y el niño autista piensa «sonriente de qué». Sin mencionar lo que no nos han dicho de ese símbolo de la alegría que se traduce en un, ahora llamado, emoticón amarillo que nada tiene que ver con lo humano. No hay nada más deshumanizante que los emoticones, no dicen nada y quieren decirlo todo. Reducen las emociones a un simple y grotesco gráfico que nosotros adoptamos sin cuestionar y que imponemos para explicarle a un niño autista qué es mostrar felicidad.
El niño que explora, siendo autista, es un niño al que se le trae todo, el mundo viene a él, a su lugar seguro: un consultorio…la mesa de trabajo… el espacio terapéutico. Mientras afuera sucede todo lo que debería saber. Entonces, el descubrimiento se vuelve normas, el asombro se vuelve esquema. El instinto se medica para que el niño se comporte, para que transite el mismo camino construido para todas las infancias que dejan de descubrir para obedecer, dejan de interpretar para “aprender”.
La infancia de un niño autista se destruye dos veces. La primera desde la normalidad acuciante y la segunda desde la instrucción y la obediencia. Suena fuerte. Lo sé. Pero si quisiéramos hacer lo contrario, no solo con un niño autista sino con cualquier otro niño, habríamos de ser compañeros silenciosos y maravillados de aquello que los maravilla a ellos. Dejar de imponer nuestra propia visión de lo tangible y lo intangible. Dejar de tener miedo a que nunca lleguen a saber lo que nosotros sabemos. Y lo que sabemos es tan aburrido que debería ser un pecado imponerles esa visión.
Recordémoslo cuando suceda la lluvia.
Angela Corredor : angelaco.wordpress.com