05/10/2026
Al desierto Florido
(Sin bocinas incluidas)
Y justo ahora que llevábamos una de tamaño industrial.
Saludos estimadas y estimados amigos.
Les hemos de contar que las carreteras, o mejor dicho, la carretera norte, ruta 5, está atestada de vehículos y no sabríamos decir si esto es masivo sólo durante la noche para sortear el desierto o también durante el día.
Por lo general, cuando hacemos viajes largos -en este caso al sur del país- los realizamos en la noche, para que nuestra gente aproveche de dormir y de esa manera llegar repuestos y con energía a los espacios más lejanos que queremos visitar. Es entonces, en la noche, cuando sólo nos acompañan el silencio y las estrellas, o la camanchaca, quienes comparten nuestra vigilia por decenas de kilómetros y durante el trayecto no se aprecia vehículo alguno y menos aún poblado, caserío, empresa o quizás, ni el simple ermitaño del camino, eso es lo que siempre hemos visto. Pues bien. Esta noche reciente, cuando viajábamos al desierto florido de Atacama, nos encontramos con que había ocurrido un trágico accidente carretero, cuyas fatales consecuencias impidieron el paso de vehículos en ambos sentidos por varias horas, causando tacos impresionantes. Las hileras de camiones, buses y alguno que otro vehículo menor se extendían por kilómetros. Sólo al despuntar el alba y con la escasa luz del amanecer, se pudo ver el cuadro visual completo, algo dantesco. Por lo anterior, algunos pensaron que hasta ahí llegaba el viaje pero, por increíble que pudiese parecer, el simple acto de devolvernos también era imposible, ya que la carretera estaba atestada de vehículos, muchos de ellos de grandes dimensiones, y no había manera de maniobrar en ningún sentido.
No obstante, logramos cruzar dicho atolladero luego de horas de espera, de forma bizarra y por desvíos improvisados en lo que no pocos quedaron enterrados. Esto nos trajo a la memoria aquello de la carretera de doble vía para el norte grande, vía a la que nunca se le brindó mayor atención o urgencia y que -a nuestro parecer- ya resulta más que necesaria.
Volviendo al tema del desierto florido y nuestro viaje, apenas llegamos a Chañaral, ciudad de gente amable a la que siempre tenemos muy presente en nuestros pensamientos y recuerdos, por los trágicos eventos del año 2015, advertimos las primeras serranías de la cordillera costera, que dan paso al parque nacional Pan de Azúcar. Dichos cerros están cubiertos totalmente de vegetación y esto nos indicó que, desde ahí al sur, nos encontraríamos con un espectáculo digno de todos los sentidos, especialmente el de la visión. Ya desde Caldera al sur, yendo por la ruta costera y en lugares en donde no era habitual observar floraciones masivas, la magia de la primavera se hizo presente con imágenes que nos parecían sorprendentes, dignas de quedar plasmadas y ser mostradas al mundo entero, con orgullo de chilenidad y de nortinidad; pero, íbamos atrasados a nuestra cita con la ciudad de Huasco y sólo lo realmente relevante nos podría obligar a detenernos, como por ejemplo los campos masivos de Añañucas amarillas, de Cristarias y Cistanthes o, inclusive, de la celestina, la Zephyra elegans. Terminamos parando en todos los lugares, todo lo presente -por la costa- merecía nuestra atención y embobamiento perpetuo.
Luego de cruzar el río, ahora caudaloso, llegamos a la hermosa ciudad de Huasco y, sin dar pie siquiera a satisfacer al hambre, nos fuimos al cerro Grande (cerro negro) y comenzamos nuestro esperado recorrido por la naturaleza. Para algunos la meta era llegar a la cumbre de dicho cerro, para otros, los más, el objetivo era más terrenal, solo observar la flora y la fauna del desierto florido costero y muy especialmente el conocer a la añañuca roja, que estaba presente en menor número y casi exclusivamente por la medianía del cerro. El paisaje es increíble, colores y aromas que nos dejaron casi al borde del paroxismo, al advertir como una simple lluvia puede generar tanta belleza y nosotros podemos impregnarnos de ella en la más completa de las soledades, sin más testigos que nosotros mismos. A las 19.30 ya estábamos en el hostal (hermoso por demás) en el que siempre somos bien recibidos, bien atendidos y bien cobijados. Una rápida visita a los restaurantes del puerto, guatita llena, corazón contento, tranquilidad absoluta y al sueño reparador.
El domingo comenzó con hambre, luego vino el momento de las aceitunas y los quesos en Huasco Bajo, la visita al desierto intermedio (desierto florido) entre Vallenar y Copiapó. En estos lugares vimos mucha intervención. Destrucción dijeron algunos, trabajo exclamaron otros, labores que se daban en grandes paños del desierto con maquinarias, camiones, torres de alta tensión e instalación de paneles solares (o eso nos pareció), también alguna que otra faena (quizás minera) y las ocupaciones habituales (que fructifican bajo diversas consignas, especialmente aquella de la propiedad privada, loteada y vendida), por aquello, el ver a algunas personas sacándose fotos algo más allá del camino, es decir, dentro de las floraciones, nos pareció hasta turístico, ya que resulta evidente que el daño que pudieran causar es ínfimo comparado con lo que vimos y era hasta un descaro darle a la bocina (como acostumbran en dichos lugares, al ser la bocina su primer regalo de cumpleaños) No es dable comparar el daño causado por empresas, asentamientos y faenas permanentes, con respecto al daño que puedan causar las personas comunes y corrientes que se adentran unos pocos metros entre las floraciones, buscando tomar alguna foto. Es nuestra apreciación muy personal e igual pedíamos, a gritos, al detenernos en lugares amplios y que permitiesen el tránsito por la caletera para sacar fotografías, que nos tocaran la bocina para no perder la costumbre y no olvidar las tradiciones. Tan sólo uno de ellos nos hizo caso, pero no contaba en la ecuación y menos con nuestra valoración porque lo vimos paseando el perro por dichos lugares tan solo unos minutos antes. Alguien -de los nuestros- dijo: ¿No está prohibido traer perros a la naturaleza protegida? Costó convencer a dicho individuo que aquello que vio, no era un perro, era, quizás, un hijo o un integrante de la familia y aquello le daba todos los beneficios de los que adolecen ciertos animales domésticos.
Bajamos por Canto del Agua y nos detuvimos en su mercadillo a comer algo liviano, queso, chanchito asado, alguna que otra churrasca o pan amasado, una o quizás dos chirimoyas o limas, tal vez los sacos de limones estaban muy económicos para el sour antofagastino y hubo espacio en el maletero hasta para los nísperos y alguno que otro arbolito con su tierra. Poco faltó para comprar algún local, desarmarlo y traerlo de souvenir. Paramos luego en el sector en donde se encuentra la “garra de león”, la “oreja de zorro” y la “flor de papel”, así como el azulillo. Qué espacio más hermoso y pleno de vida y de gente, todos caminando, subiendo cerros, disfrutando y alegres. Este lugar nos gustó ya que no muestra la naturaleza de lejos, más bien, este lugar te empapa de ella, te hace formar parte de la flora del desierto, Fantástico nos dijimos, por fin algo que integre al humano con natura, un lugar libre de bocinas y de gente dramática, es como el valle de Shangri La, un espacio a disposición de pocos y con un carrito de churrascas y mote con huesillos incluido. ¿Llegarán por acá los amantes de la bocina? ¿O ésos sólo pululan por la ruta 5?
El tiempo uva, nos vamos poniendo pasas, como dice la canción. El tiempo es inexorable, más cuando estamos disfrutando y ya era tiempo de regresar por Carrizal. Ya no hay parada posible si queremos llegar este mismo día a nuestra ciudad maravillosa, la perla, a la Antofagasta de nuestros amores. No hubo tampoco almuerzo, solo un tentempié en Chañaral y de regreso a la carretera. Atrás va quedando la belleza de este nuevo desierto, una belleza temporal y mientras vamos avanzando volvemos a nuestra realidad, a lo árido y reseco del territorio intermedio. Restan 400km para decir que hemos cumplido y que, a pesar de todo, demoras, retrasos y accidentes, nuestro viaje fue memorable.
Tras 48 horas y algo más, quizás mucho más, ya estamos en casa, en la ciudad por supuesto.