Asociación social MAMA KEKI

Asociación social MAMA KEKI la Asociación social Mamá keki se ocupa de niños y niñas en desamparo , cuidándolos,dándoles Amor .

Fragmentos de mi alma...Por Francesca Moreno ♥️ Hay despedidas que no pertenecen al orden de lo cotidiano, porque no se ...
25/04/2026

Fragmentos de mi alma...

Por Francesca Moreno ♥️

Hay despedidas que no pertenecen al orden de lo cotidiano, porque no se construyen desde el tiempo compartido únicamente, sino desde la profundidad de lo vivido, desde ese lugar donde dos historias se encuentran y, sin hacer ruido, se transforman mutuamente.
Cuando llegó, no era solo una niña asustada; era un cuerpo pequeño sosteniendo una carga inmensa, una historia inscrita en cada gesto, en cada mirada alerta, en cada reacción que parecía anticiparse al dolor antes incluso de que existiera. Sus ojos no buscaban el mundo, lo vigilaban, y su cuerpo, marcado por una grave diversidad funcional, no siempre respondía a lo que su interior necesitaba expresar, generando una distancia constante entre lo que sentía y lo que podía mostrar. Sin embargo, esa limitación visible nunca definió lo esencial, porque dentro de ella había una presencia intacta, una sensibilidad profunda, una forma de estar que iba mucho más allá de cualquier diagnóstico.
Lo que desde fuera podía interpretarse como incapacidad era, en realidad, un lenguaje distinto, una manera propia de habitar el mundo, condicionada por un cuerpo que no siempre acompañaba, pero sostenida por una conciencia que permanecía despierta, atenta, capaz de percibir, de vincularse, de responder desde lugares que no siempre eran evidentes. No le faltaba capacidad, le había faltado seguridad, y en esa diferencia se encontraba el origen de todo. El proceso que siguió no fue inmediato ni lineal, porque las transformaciones verdaderas no responden a la urgencia, sino al sostén, y fue en ese espacio, sin exigencia y sin ruptura, donde comenzó a producirse un cambio profundo. Su mirada empezó a suavizarse, a encontrar en el otro un reflejo que no devolvía amenaza, sino calma, y poco a poco su rostro fue dejando espacio a una expresión distinta, donde la sonrisa ya no era un gesto extraño, sino una posibilidad real. La risa, cuando llegó, no fue superficial, sino profundamente significativa, porque no hablaba solo de alegría, sino de liberación, de un cuerpo que empezaba a soltar parte de la tensión acumulada, de un interior que encontraba, por fin, un canal donde expresarse.
En ese recorrido se hizo visible algo que siempre había estado en ella: una capacidad inmensa de adaptación, de aprendizaje, de conexión, una inteligencia emocional que no dependía de la forma en que su cuerpo respondía, sino de la profundidad con la que era capaz de sentir y de vincularse. Su resiliencia no se expresó en grandes gestos visibles, sino en cada pequeño avance, en cada instante de confianza, en cada momento en el que, a pesar de las limitaciones físicas, lograba estar un poco más presente, un poco más libre, un poco más ella. Porque avanzar, en su caso, implicaba atravesar no solo la historia vivida, sino también las barreras que su propio cuerpo imponía, y aun así, lo hizo. A su ritmo, a su manera, sin responder a expectativas externas, pero con una fuerza interna que se fue desplegando allí donde encontró un entorno que no la forzaba, sino que la sostenía.
No hubo transformación en el sentido superficial de la palabra, sino un despertar, la posibilidad de que su esencia encontrara un espacio donde mostrarse sin la constante interferencia del miedo, donde su cuerpo pudiera empezar a confiar, donde su interior pudiera descansar. Y en ese proceso, quien la acompañó no la cambió, sino que le ofreció algo mucho más esencial: una presencia constante, una mirada sin juicio, un vínculo donde no era necesario defenderse.
Ahora se va, y no se va siendo la misma, porque dentro de ella queda inscrita una experiencia que no depende de la memoria consciente para seguir existiendo, una huella de cuidado, de respeto, de amor sin exigencia, que forma parte ya de su manera de estar en el mundo. Se lleva consigo cada pequeño logro, cada instante en el que algo se abrió, cada conquista silenciosa que, aunque invisible para muchos, ha sido profundamente transformadora.
Y quien se queda, se queda con la certeza de haber sido testigo de algo esencial: la capacidad de un ser humano de reconstruirse desde dentro, incluso cuando el cuerpo limita, incluso cuando la historia pesa, incluso cuando el camino no es fácil. Porque hay una verdad que permanece, más allá de todo lo visible, y es que cuando existe un lugar donde se puede estar a salvo, algo en el interior aprende a vivir de otra manera.
Alguien le enseñó, sin palabras, que el mundo también puede ser un lugar seguro.
Y cuando un niño aprende eso, aunque la vida cambie, aunque el camino continúe lejos, aunque el cuerpo imponga límites, ya no vuelve a ser el mismo, nunca.
Esto no es un adiós, es un hasta luego porque lo que se construyó en el alma no conoce despedidas. ♥️

17/02/2026
Fragmentos de mi alma…Por Francesca Moreno ❤️Eva, la niña que llegó el día que el mundo se cerró y Miss Darcy, la linda ...
17/02/2026

Fragmentos de mi alma…

Por Francesca Moreno ❤️

Eva, la niña que llegó el día que el mundo se cerró y Miss Darcy, la linda gatita que la acogió.

Hay fechas que la historia escribe en los libros y otras que se escriben en la piel, fechas que no necesitan titulares porque laten para siempre en la memoria íntima de quienes las vivieron.
Eva nació seis días antes de que el mundo declarara el estado de alarma por COVID, seis días antes de que cerraran puertas, aeropuertos, abrazos y certezas, seis días antes de que el miedo colectivo se instalara en cada conversación y en cada pantalla, y el mismo día que comenzó el confinamiento ella llegó a nuestra casa, como si su destino hubiera decidido que su historia empezaría justo en el instante en que todo parecía detenerse.
Me llamaron de la Dirección General porque no había familias disponibles, y aunque nosotras ya teníamos tres bebés y el sentido común habría sugerido prudencia mientras el miedo colectivo susurraba espera, la televisión repetía cifras, amenazas invisibles e incertidumbre, cuando la vida te pone una niña envuelta en una manta en los brazos no escuchas el ruido del mundo sino el latido profundo del corazón, y ese latido fue más fuerte que cualquier estadística, más claro que cualquier advertencia, y aceptamos sin titubeo porque hay decisiones que no se toman con la mente sino con el alma.
Al día siguiente la trajeron, y recuerdo la mascarilla en nuestros rostros, la sensación extraña de estar entrando en algo desconocido y global mientras al mismo tiempo algo profundamente íntimo y sagrado se abría en nuestra casa, y sin embargo ni Lily ni yo sentimos miedo, no al virus, no al caos, no al hecho de abrir la puerta en el momento exacto en que todos la estaban cerrando, porque cuando eliges amar el miedo pierde volumen.
Cuando la vimos sonreímos, porque parecía un pequeño ogro, arrugadita, intensa, recién llegada a una realidad que todavía no comprendía, y en tiempo real, literalmente delante de nuestros ojos, se transformó en belleza, no porque cambiara su rostro sino porque el amor tiene esa capacidad silenciosa de iluminar lo que ya era hermoso y revelar lo que otros aún no han aprendido a mirar.
En casa estaba Miss Darcy, seis meses tenía entonces, una gata rescatada de la calle junto a sus hermanos Merlín, Tequila y Salem, una bebé felina todavía aprendiendo a ser gato y a descifrar el mundo, y sin que nadie le explicara nada eligió a Eva como si un hilo invisible las hubiera unido desde el primer instante, como si reconociera en aquella niña humana una responsabilidad que no le correspondía pero que decidió asumir con una naturalidad conmovedora, durmiendo en la cuna con ella, acomodándose en la hamaca del bebé como si supiera que debía vigilar, permaneciendo cerca cuando Eva empezó a gatear, con apenas cuatro meses ya desplazándose como si tuviera prisa por vivir, y corriendo a su alrededor para marcar un territorio invisible de protección y cuidado.
Lily, con esa sensibilidad que la habita como un don raro en estos tiempos donde todo se racionaliza, intentaba recordarle que ella también era una bebé, que no tenía que cargar con ninguna misión, pero el amor no entiende de edades ni de especies ni de teorías, entiende de impulso y de presencia, y Miss Darcy eligió amar sin cálculo.
Eva creció entre gatos y brazos abiertos, entre maullidos suaves y risas infantiles, entre una casa donde la ternura no tenía categorías, y a los once meses corría por la casa gritando de felicidad como quien celebra el simple hecho de estar viva, dormía por la noche con esa intensidad de quien carga energía para el día siguiente, era plata viva, energía pura, inteligencia despierta, apego sano y gratitud natural, una niña que absorbía amor y lo devolvía multiplicado, que reconocía en Miss Darcy a su protectora y le regalaba besos, caricias y palabras incomprensibles que solo ellas sabían descifrar.
A Lily y a mí nos llamaba mamá, como hacen todos los niños y niñas que hemos acogido sin que nadie les enseñe esa palabra, porque el corazón reconoce antes que el lenguaje, y aunque el acogimiento tiene normas, informes y procesos, el corazón no firma contratos emocionales y siempre se implica más de lo que la prudencia aconsejaría.
El día del acoplamiento final llegó, esa expresión técnica que intenta domesticar el dolor con palabras correctas, y Eva tenía dos años y medio mientras Miss Darcy tenía tres, y la niña se marchó con su nueva familia porque así debía ser y así funciona el acogimiento, amar con todo y soltar con dignidad, preparar alas aunque las propias manos tiemblen.
Esa tarde Lily encontró a Miss Darcy en la cama mirando por la ventana, con lágrimas visibles resbalando por sus ojos, una imagen que desmonta cualquier discurso frío sobre la supuesta indiferencia de los gatos, porque quien diga que no sienten es porque nunca ha sido testigo de un vínculo real, nunca ha visto a un animal sufrir por la ausencia de quien protegió durante años, nunca ha entendido que el amor no distingue cuerpos sino presencias.
Nosotras, las adultas, aprendemos a contener el llanto y a repetirnos que es ley de vida, que nuestra misión no es retener sino preparar caminos, que el consuelo está en lo que dimos y que el amor no desaparece sino que se transforma en huella, pero Miss Darcy no conocía argumentos ni teorías sobre desapego saludable, solo sabía que su protegida ya no estaba y que la casa tenía un silencio nuevo.
En mi casa no existen jerarquías de amor ni divisiones entre humanos y gatos, existen vínculos elegidos, lealtades invisibles, cuidados que nacen sin obligación y despedidas que duelen precisamente porque fueron verdaderas, porque lo que no es real no deja vacío.
Eva nos eligió durante dos años y medio, Miss Darcy la eligió sin que nadie se lo pidiera, y nosotras la amamos sabiendo que un día se iría, aceptando el papel más difícil que puede asumir un ser humano, amar con toda el alma y despedirse sin apropiarse, acompañar sin poseer, sostener sin encerrar, porque el amor que encierra no es amor sino miedo.
Esa es la grandeza silenciosa del acogimiento, esa es la verdad que no siempre se cuenta cuando se habla de familias que abren su puerta, y esa es también la prueba de que los gatos sienten, de que los animales no son espectadores indiferentes sino participantes activos en el tejido emocional de un hogar.
Hay amores que no entienden de especie, solo entienden de presencia, y cuando se van dejan huellas tan profundas que ni el tiempo ni la distancia consiguen borrarlas, porque en las casas donde el amor circula libremente todo ser que entra aprende a amar y a sufrir por amor.
Miss Darcy no era solo una gata, era guardiana, hermana, pequeña madre aprendiendo a cuidar mientras crecía ella misma, y en nuestra casa seguimos amando sin categorías, sin jerarquías y sin miedo a las despedidas, porque sabemos que cada ser que pasa por nuestra vida nos transforma para siempre.

Fragmentos de mi alma…Por Francesca Moreno ❤️ Dónde nace la maldad.A veces me preguntan si creo que los seres humanos na...
31/01/2026

Fragmentos de mi alma…

Por Francesca Moreno ❤️

Dónde nace la maldad.

A veces me preguntan si creo que los seres humanos nacen buenos o malos.
Y yo, sin rodeos, respondo:
nacemos malos, el silencio que sigue siempre es largo.
Parece que esperan una explicación, como si mi respuesta fuera demasiado cruda, porque nadie ha visto lo que yo he visto.
Nadie ha caminado las vidas que yo acompaño, nadie ha escuchado, como yo, lo que mis niños escuchan cada día al volver del colegio.
Porque la infancia puede ser tierna, sí, pero también puede ser cruel.
Y el colegio, ese espacio que debería proteger, incluir, educar en ética y respeto, a veces se convierte en un receptáculo de maldad primaria, esa que surge de la falta de guía, del abandono emocional y de la ausencia total de límites morales.
Mis niños regresan con historias que me atraviesan como espinas: “Tú no tienes madre.” “Tu familia te abandonó.” “La que te viene a buscar no es tu madre de verdad.”
¿Cómo explico yo que una madre se hace en la entrega, en las noches sin dormir, en el abrazo que calma, en el “aquí estoy” repetido mil veces?
¿Cómo explico que el linaje de la maternidad no depende de la biología, sino de la presencia?
A mi niño lo empujan, lo provocan, lo culpan de cosas que no hizo.
Hay un compañero que lo persigue con obsesión infantil: le pone zancadillas, se cae adrede para acusarlo, le inventa historias a los profesores que nadie contrasta.
La niña mayor, alma frágil, tan dulce con todos, y tan enfadada con el mundo, tan ansiosa por pertenecer a un grupo.
Ella crea bolis en un juego, los enseña con ilusión, los vende por tres euros porque alguien se lo promete y en su lugar recibe treinta céntimos.
Treinta y ella sonríe creyendo que la aceptaron, cuando en realidad la usaron.
En el parque, si deja su chaqueta, porque es una niña y los niños hacen esas cosas, aparece siempre la misma mano que se la esconde o la tira a la basura.
La misma historia repetida durante tres años, por los mismos niños, las mismas faltas, la misma indiferencia adulta.
Y cada relato de ellos, cada injusticia, cada palabra cruel,
despierta algo más profundo:
despierta a la niña que yo fui.
Porque yo también pasé por ahí, yo también conocí la maldad temprana.
También caminé por pasillos donde la bondad brillaba por su ausencia.
También aprendí que el silencio de los adultos es muchas veces peor que la burla de los niños.
También supe lo que era llorar hacia adentro porque no había quien me defendiera.
Y ahora, cuando veo a mis niños vivir lo mismo, siento una herida doble: la de ellos
y la mía, que nunca terminó de cicatrizar.
Quizá por eso estoy aquí, quizá por eso la vida me puso a tantos niños en los brazos.
Porque sabía que yo, precisamente yo, no permitiría que repitieran mi soledad.
A pesar de todo, a pesar de la crueldad temprana, a pesar de la escuela sin ética, a pesar de los adultos sordos, yo no me convertí en lo que me hicieron.
Yo elegí otro camino, elegí ser la madre que necesitaba, la voz que nunca tuve, la luz que me faltó.
La epigenética lo explica: nacemos con una parte oscura, primitiva, territorial, pero podemos aprender la bondad, podemos elegir la ética, podemos construir otro destino.
El problema es que casi nadie les enseña a hacerlo.
Por eso, cuando me preguntan si los humanos nacen buenos o malos, no lo dudo:
nacen malos.
Pero algunos, muy pocos, eligen lo contrario.
Y en esa elección nace lo verdaderamente humano.
Hoy, cuando los abrazo al volver del colegio, cuando les limpio las lágrimas, cuando les digo que aquí sí tienen a una madre, esa niña que fui camina conmigo, se cura un poco, se siente protegida por primera vez.
Porque al final, mi luz,
la niña que fui y la mujer que soy se encuentran siempre en el mismo lugar: en los brazos de mis niños, donde por fin puedo decir: “Aquí sí tienes casa, aquí sí tienes madre, quí sí tienes luz.”

El mundo ya está lleno de niños que no conocen el amor.
Niños que nadie mira de verdad, que nadie escucha, que nadie abraza.
Niños desamparados que crecen aprendiendo que la vida es hostil, que el cariño es un privilegio y que el afecto siempre llega tarde o nunca llega.
Por eso pienso que la verdadera revolución no está en los programas, ni en las leyes, ni en los discursos que se repiten cada año sin cambiar nada.
La verdadera revolución está en educar hacia el amor.
En enseñar a los niños a ver al otro, a respetar su fragilidad, a reconocer su humanidad antes que su diferencia.
A entender que la fuerza no está en humillar sino en sostener, que la grandeza no está en dominar sino en cuidar. El amor debería ser una asignatura obligatoria, la ética, un idioma, la compasión, una rutina diaria, la bondad, un ejercicio de presencia.
Porque si no les enseñamos esto, crecerán vacíos, y un niño vacío solo sabe llenar su vacío con la sombra de otro.
Yo lo veo cada día: el mundo está criando seres pequeños por dentro, desconectados de sí mismos, incapaces de ver el dolor ajeno.
Y mientras ellos se endurecen, nosotros perdemos la oportunidad de construir una sociedad distinta.
Por eso, en mi casa, en mi pequeña trinchera luminosa, yo elijo educar hacia el amor.
Aunque el mundo no lo haga, aunque la escuela falle, aunque los adultos callen.
Porque sé que cada niño al que le enseño a amar rompe una cadena y cada niño al que abrazo impide que la oscuridad gane terreno.
Y cada niño al que sostengo está un paso más cerca de convertirse en ese ser humano que este mundo, desesperadamente, necesita.
Si la crueldad se aprende,
el amor también, yo, mujer, madre del alma, luz terca en un mundo que se apaga,
seguiré enseñándolo,
una vida a la vez, un niño a la vez, incluso si soy la única que lo hace, incluso si nadie más lo entiende.
Porque al final, mi luz,
la esperanza del mundo no está en los adultos que ya se perdieron, sino en los niños que todavía podemos salvar.

Fragmentos de mi alma…Por Francesca Moreno ♥️ Séptimo peldañoLa misión.Hubo un momento en que dejé de preguntarme “¿por ...
24/01/2026

Fragmentos de mi alma…

Por Francesca Moreno ♥️

Séptimo peldaño

La misión.

Hubo un momento en que dejé de preguntarme “¿por qué a mí?” y empecé a ver el “para qué”, comprendiendo que mi vida no era un accidente, ni un cúmulo de golpes que la existencia arrojó al azar.
Todo lo que dolió, lo que me fortaleció, lo que casi me rompió, me estaba preparando para algo mayor que yo misma.
Mi misión no nació de un discurso espiritual ni de un propósito buscado en libros.
Nació de la piel, de las cicatrices, de ese instinto profundo de sostener cuando otros se caen.
De cuidar cuando nadie más ve la urgencia, de proteger a quienes aún no tienen ni voz ni defensa.
Este peldaño no me dio descanso, pero me dio sentido, y con él llegó una paz que no depende de nada externo, una paz que se siente cuando sabes que por fin estás donde tu alma siempre quiso estar.
Porque entender mi misión no fue una revelación: fue un regreso, un reconocimiento, una certeza suave que dijo que todo tenía un porqué.

Octavo peldaño.

La verdad.
Después de la misión llegó algo aún más profundo:
la verdad.
No una verdad absoluta,
sino la mía, la que había escondido para no molestar,
la que había callado por miedo a perder, la que había disfrazado para encajar.
Dejé de mentirme, de justificar lo injustificable, de tolerar silencios que me desgastaban
y gestos que me robaban luz.
La verdad no fue cómoda, porque nunca lo es, pero fue liberadora.
Al decirla, al nombrarla, al reconocerla, sentí que todos los hilos sueltos de mi vida
por fin encontraban un lugar.
La verdad no me dio suavidad:
me dio coherencia y con ella recuperé algo que creí perdido para siempre: mi voz.

La misión me dio un rumbo y la verdad un nombre.
Entender por qué estoy aquí, y para quién, me permitió ver que nada en mi historia fue desperdicio, porque cada herida fue parte del camino.
Cada silencio tuvo un sentido, y cada caída me estaba empujando hacia la mujer que soy hoy.
Pero fue la verdad, mi verdad,
la que me devolvió entera, sin máscaras, sin explicaciones, y hoy sin miedo.
Estos dos peldaños marcaron un antes y un después:
aquí dejé de caminar para otros y empecé a hacerlo para mí, pues la escalera sigue
y yo también, más consciente, más firme, más yo.

Continuará…

Fragmentos de mi alma…por Francesca Moreno❤️La escalera de mi vida🤍La vida no me regaló alas: me dio una escalera.Y a ve...
19/01/2026

Fragmentos de mi alma…

por Francesca Moreno❤️

La escalera de mi vida🤍

La vida no me regaló alas: me dio una escalera.
Y a veces pienso que me la entregó sin instrucciones, sin barandilla, sin mapa.
Solo los peldaños, desnudos, esperando mis pasos.
Cada uno me enseñó algo, cada uno me rompió un poco, cada uno me reconstruyó distinto.
Hoy sé que no subo para llegar a ninguna cima, sino para ser fiel a mí misma.

Primer peldaño.

La inocencia.

Hubo un tiempo en que creí que el mundo era amplio, seguro, casi mágico.
Ese fue mi primer peldaño: la inocencia.
No sabía de traiciones, ni de pérdidas, ni de esa tristeza que se pega a los huesos.
Solo sabía que el amor existía porque yo también existía.
La inocencia no es una debilidad: es un punto de partida.
Cada persona adulta guarda dentro una niña que aún busca sentirse segura.
Honrar ese origen es un acto de amor propio.

Segundo peldaño.

La herida

Crecer fue descubrir que no todo es abrazo, hay palabras que golpean, hay ausencias que pesan más que una piedra.
Este peldaño me enseñó que hay personas que te hieren por no saber amarse a sí mismas.
La herida no nos define, pero sí nos informa.
Cuando la miramos con honestidad, deja de gobernarnos desde la sombra.
La solución no es olvidar, sino comprender sin destruirnos.

A veces basta con recordar de dónde vengo para entender que sigo subiendo.
Dos peldaños bastan para saberlo.

Continuará…

Fragmentos de mi alma… De Francesca Moreno ❤️ Asociación Social Mamá Keki amá keki 🤍¿Quién es Mamá Keki?Muchas personas ...
17/01/2026

Fragmentos de mi alma…

De Francesca Moreno ❤️

Asociación Social Mamá Keki amá keki 🤍

¿Quién es Mamá Keki?
Muchas personas me lo preguntan, y hoy quiero contarlo con sencillez y verdad.
Soy Keki.
Acogedora de menores desde hace casi nueve años.
Mi vocación no nació de una historia idealizada, sino de un recorrido vital real. Desde muy joven supe que había niños y niñas en el mundo que necesitaban adultos presentes, estables y emocionalmente disponibles. No lo viví como una fantasía, sino como una certeza silenciosa que me acompañó siempre.
Fui primero madre de cinco hijos biológicos. Cuando crecieron y tomaron su propio camino, comprendí que mi tarea no había terminado. Sentí con claridad, ya desde la madurez, que mi lugar seguía estando al lado de la infancia vulnerable.
Me informé, me formé y entré en el sistema oficial de acogimiento de menores a través de los organismos públicos. Desde entonces, en estos años, he acompañado a 18 niños y niñas, organizados en distintos grupos. Cuando un grupo se marcha, normalmente hacia la adopción, otro llega. Cada proceso implica despedidas, duelos, nuevos comienzos y mucha responsabilidad emocional.
Mi casa no es perfecta ni idílica. Es un hogar real, con rutinas, terapias, informes, médicos, noches difíciles y también momentos de calma. Un lugar donde no prometo milagros, pero sí algo fundamental: estabilidad emocional, presencia y límites claros.
Con el tiempo comprendí que esta labor no puede sostenerse solo con voluntad. Acompañar a menores en situación de desamparo requiere también estructura y recursos. De esa conciencia nació mi libro "Reajustando mi corazón", de la Editorial Autografía, escrito desde la madurez emocional, y cuyo objetivo es ayudar a sostener la Asociación Social Mamá Keki. Para mí, escribir y acoger forman parte del mismo compromiso: transformar la experiencia en apoyo real.
Mamá Keki no es un personaje, soy una mujer real que decidió convertir su sensibilidad en vocación y su historia en acompañamiento consciente.
Gracias a quienes camináis a nuestro lado y creéis que cuidar bien también es una forma de cambiar el mundo.
Asociación Mamá Keki
Cuidar con presencia. Acompañar con coherencia. Amar con responsabilidad.

Foto de Dylan (7 años)
Lugar: El PUERTITO DE GÜÍMAR.

REAJUSTANDO MI CORAZON
EDITORIAL AUTOGRAFÍA ❤️

YA DISPONIBLE EN AMAZON, EL CORTE INGLÉS, LA CASA DEL LIBRO, AUTOGRAFÍA, PAPELERIA LAS INDIAS, PAPELERIAS FÍSICAS BAJO PEDIDO, Y MUCHOS MAS SITIOS WEB.

Fragmentos de mi alma...Francesca Moreno ♥️ QUIENES SON LOS NIÑOS, NIÑAS Y ADOLESCENTES EN RIESGO DE EXCLUSIÓN SOCIAL.Lo...
16/01/2026

Fragmentos de mi alma...

Francesca Moreno ♥️

QUIENES SON LOS NIÑOS, NIÑAS Y ADOLESCENTES EN RIESGO DE EXCLUSIÓN SOCIAL.

Los niños, niñas y adolescentes en riesgo de exclusión social son aquellos que, debido a una combinación de factores socioeconómicos, familiares, culturales, o personales, enfrentan obstáculos significativos que limitan su acceso a oportunidades y recursos esenciales para su desarrollo integral.
Estos factores pueden incluir:
1. Pobreza:
La falta de recursos económicos es una de las principales causas de exclusión social. Los niños y adolescentes que viven en familias con bajos ingresos tienen menos acceso a educación, salud, vivienda adecuada, y nutrición, lo que puede perpetuar un ciclo de pobreza y exclusión.

2. Falta de acceso a educación de calidad:
La exclusión del sistema educativo o la asistencia a escuelas con recursos limitados afecta negativamente su desarrollo y oportunidades futuras.

3. Vulnerabilidad familiar:
Niños que crecen en hogares donde existen problemas de violencia, abuso, negligencia, enfermedades mentales, adicciones, o falta de apoyo parental tienen un mayor riesgo de exclusión.

4. Discriminación y marginación:
Aquellos que pertenecen a minorías étnicas, culturales o religiosas, o que son migrantes, refugiados, o indígenas, a menudo enfrentan discriminación que limita su integración y acceso a servicios básicos.

5. Discapacidad:
Los niños y adolescentes con diversidades funcionales físicas, sensoriales o intelectuales suelen encontrar barreras para acceder a una educación inclusiva, atención sanitaria adecuada y participación social.

En España hay 17 mil, entre niñas, niños y adolescentes que viven esta realidad.

La Asociación Social Mamá Keki aporta su granito de arena con una red de familias acogedoras en Canarias.

¿ Y Tú, Te Sumas?

Fragmentos de mi alma...Francesca Moreno ♥️ El acogedor y la acogedora de menores es un faro en la oscuridad de la vida ...
16/01/2026

Fragmentos de mi alma...
Francesca Moreno ♥️

El acogedor y la acogedora de menores es un faro en la oscuridad de la vida de los niños, niñas y adolescentes en situación de desamparo.
Es alguien que, con los brazos abiertos y el corazón dispuesto, brinda más que un techo: ofrece un hogar temporal donde el amor, la paciencia y la comprensión son las normas diarias.
Este oficio requiere una valentía inusual, pues consiste en tomar la mano de un niño, niña o adolescente, herido por la vida y ayudarle a sanar, sabiendo que el objetivo final es prepararlo para un futuro que, en la mayoría de los casos, será lejos de él.
El acogedor se convierte en un pilar de esperanza para esos seres que han perdido su camino, un puente entre el dolor y la posibilidad de una vida mejor.
Este rol no solo involucra cubrir necesidades básicas, sino también restaurar la fe en los seres humanos, ofrecer una nueva visión del mundo, y ayudar a los menores a redescubrir la capacidad de confiar.
Ser acogedor, acogedora de menores es una tarea que deja huella, tanto en los niños, niñas y adolescentes, como en quienes los reciben, es un acto de entrega que trasciende lo material, un compromiso con la humanidad que se refleja en cada sonrisa recuperada, en cada miedo superado, es, en esencia, un acto de amor sin condiciones, un gesto de compasión que va más allá del deber, un servicio a la vida que transforma tanto a quien acoge como al menor que es acogido.
Ser acogedor, acogedora de menores es un camino lleno de desafíos, pero también de profundas satisfacciones, es una labor que exige una gran fortaleza emocional, ya que implica abrir tu hogar y tu corazón a niños, niñas y adolescentes que, a menudo, llevan consigo historias de dolor, abandono o maltrato.
La tarea no es fácil, requiere paciencia para lidiar con comportamientos difíciles, comprensión para manejar la desconfianza, y tiempo para ofrecerles el cariño que quizás nunca antes recibieron.

Uno de los mayores desafíos es la inestabilidad emocional que algunos niños, niñas y adolescentes pueden experimentar, producto de sus experiencias traumáticas.
Como acogedor, acogedora te enfrentas a momentos de frustración, impotencia, e incluso a la incertidumbre de cómo ayudar de la mejor manera, además, existe la realidad de que la relación con estos niños, niñas, adolescentes puede ser temporal, lo que significa prepararse para despedidas que, aunque esperadas, nunca dejan de doler.

Pero a pesar de estas dificultades, las recompensas emocionales son inmensas, cada pequeño avance, como una sonrisa donde antes había tristeza, una muestra de confianza o una mejora en su comportamiento, llena de un sentido de propósito y realización, ver cómo un ser florece, cómo recupera la capacidad de soñar y de confiar, es un testimonio del poder del amor y la dedicación.

La satisfacción más grande radica en saber que has sido un refugio en medio de la tormenta, un lugar seguro donde un niño ha encontrado paz, aunque sea por un tiempo limitado, has contribuido a la sanación de una vida joven, dejando una marca imborrable en su corazón y, posiblemente, en el tuyo.

Este trabajo también ofrece una perspectiva renovada sobre lo que realmente importa en la vida, a través de las dificultades, los acogedores, acogedoras aprenden sobre la resiliencia humana, sobre el valor de la empatía y el impacto profundo que un hogar lleno de amor puede tener en un ser en situación de vulnerabilidad.

En resumen, ser acogedor de menores es un desafío emocional significativo, pero también una fuente de satisfacción incomparable, es una oportunidad de ser parte del cambio positivo en la vida de un niño, y de descubrir la profunda capacidad que tenemos para amar, guiar y sanar.

Te necesitamos.

¿Te animas?

Francesca♥️

Fragmentos de mi alma…De Francesca Moreno ❤️ Hay algo que se ha roto en la forma en que los humanos nos miramos.No de go...
16/01/2026

Fragmentos de mi alma…

De Francesca Moreno ❤️

Hay algo que se ha roto en la forma en que los humanos nos miramos.
No de golpe, no con ruido, sino despacio, casi sin darnos cuenta.
Vivimos rodeados de palabras, de mensajes, de declaraciones grandilocuentes.
“Yo estoy”, “puedes confiar en mí”, “me importas”, “quiero algo real”, todo esto por mensajes virtuales.
Y sin embargo, nunca fue tan difícil encontrar presencia verdadera.
No creo que sea casualidad, y tampoco creo que sea solo responsabilidad individual.
Creo que hemos llegado a este punto por una suma de maniobras visibles e invisibles, sociales, psicológicas, económicas, tecnológicas, que han ido deshilando el tejido humano.
Nos enseñaron a correr, a producir, a mostrarnos fuertes, interesantes, deseables.
A construir personajes antes que identidad, relatos antes que vínculos, opiniones antes que silencio.
Y poco a poco, casi sin notarlo, la espiritualidad, esa que no se exhibe, que no grita, que no se vende, empezó a quedar fuera de agenda.
Porque lo espiritual necesita tiempo, cuerpo, coherencia.
Y eso no encaja en un mundo acelerado, ansioso, hambriento de resultados inmediatos.
Así nació una humanidad cansada, hiperconectada pero profundamente sola, capaz de decir “yo estoy” pero incapaz de sostener una presencia real
cuando aparecen los límites, la espera, la complejidad del otro.
Hoy muchos confunden estar con hablar, acompañar con insistir, interés con necesidad.
Y cuando alguien dice una verdad sencilla y honesta, como que no está preparada, "ahora no, necesito otro ritmo", porque no todos sabemos correr, algunos necesitamos conectar emocionalmente antes, y luego se verá lo que pasará. No todos somos de cama a la primera, entonces todo se derrumba.
Surge espontáneo preguntarse el significado que dan las personas al sentimiento de amor, porque todo se vuelve expectativa.
La fantasía sustituye a la presencia porque la presencia exige responsabilidad emocional, y eso hoy escasea.
Lo verdaderamente triste no es desconfiar.
Lo triste es haber aprendido a normalizar la ausencia, a aceptar palabras sin hechos,
a justificar incoherencias,
a dudar de la propia intuición para no quedarse a solas.
Y aquí es donde mi vida habla: vivo en el milagro del Amor.
Del que se toca, se sostiene, se camina descalza por casa, bailando con un bebé.
El Amor que no promete, pero está.
Si en esta vida no me corresponde un amor adulto de pareja, no pasa nada, no lo vivo como carencia, porque muchas de las personas que se acercan a mí no buscan quien soy, sino lo que proyectan.
Les gusta la forma,
pero no el fondo.
La luz, pero no la verdad, y cuando la verdad aparece, llega el intento de control, los celos, la incomodidad frente a mi manera de ser.
Eso no es amor.
El amor no vigila, no limita, no encierra y no pide que te hagas pequeña para quedarse.
El amor acompaña,
respeta, se alegra de verte libre, de tu éxito.
Yo ya vivo rodeada de amor real, del que no duele, del que no exige que me traicione, del que no me pide que sea otra.
Y eso, aunque no salga en las historias románticas,
es un milagro cotidiano, mi Shushú ♥️

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Francisco Pizarro
Democratic Republic Of The
38508

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