09/29/2026
En 1886, la Casa Blanca recibió a una visitante que la prensa de Washington describía como una “princesa zuni”.
Se llamaba We’wha.
La sociedad de la capital la veía como una mujer indígena de presencia imponente, experta en tejido y conocedora de las tradiciones de su pueblo.
Pero We’wha pertenecía a una categoría que aquella sociedad ni siquiera sabía cómo interpretar.
Había nacido alrededor de 1849 entre los zuni de Nuevo México.
Dentro de su comunidad era reconocida como lhamana.
No era simplemente un hombre que utilizaba ropa femenina.
El lhamana ocupaba un papel social propio dentro de la cultura zuni. Personas nacidas con s**o masculino podían asumir labores, vestimenta y funciones ceremoniales asociadas principalmente con las mujeres, al mismo tiempo que conservaban conocimientos y responsabilidades vinculados a otros ámbitos de la vida zuni.
We’wha se movía entre ambos mundos.
Aprendió alfarería.
Se convirtió en una extraordinaria tejedora.
Preparaba alimentos y realizaba tareas domésticas tradicionalmente femeninas.
Pero también participaba en ceremonias y sociedades religiosas a las que pertenecían hombres.
Su posición no era marginal.
Era una persona respetada y profundamente conocedora de la historia, los rituales y las costumbres de su pueblo.
La antropóloga Matilda Coxe Stevenson conoció a We’wha durante sus investigaciones entre los zuni y quedó impresionada por sus conocimientos.
Llegó a describirla como una de las personas más inteligentes del pueblo.
A finales de 1885, We’wha viajó con los Stevenson a Washington.
Permaneció allí unos seis meses.
Su presencia causó sensación.
Participó en recepciones de la alta sociedad, mostró técnicas tradicionales de tejido y colaboró con investigadores del Smithsonian explicando objetos y costumbres zuni.
La prensa seguía sus movimientos.
Para los periodistas era una “princesa india”.
Para muchas personas de Washington era una mujer zuni extraordinariamente alta y fuerte.
Nadie parecía disponer de una categoría que explicara lo que We’wha representaba dentro de su propia cultura.
En junio de 1886 llegó incluso a la Casa Blanca.
Fue recibida por el presidente Grover Cleveland y por Frances Cleveland, que acababa de convertirse en primera dama.
We’wha llevó un obsequio elaborado a mano.
La visita suele contarse hoy como una historia sobre un presidente que “no descubrió” que su invitada había nacido con s**o masculino.
Pero eso simplifica demasiado lo ocurrido.
We’wha no estaba intentando representar una identidad estadounidense.
Era lhamana.
El problema era que quienes la observaban desde Washington traducían automáticamente esa identidad a las únicas dos categorías que conocían.
Vieron la ropa.
Vieron las tareas que realizaba.
Y decidieron que estaban frente a una mujer.
We’wha regresó después a Nuevo México y continuó desempeñando un papel importante en su comunidad hasta su muerte en 1896.
La fotografía que quedó de aquella visita conserva algo más interesante que un supuesto secreto.
Muestra a una persona que podía ser perfectamente comprensible dentro de la sociedad zuni y, al mismo tiempo, incomprensible para buena parte de la sociedad estadounidense que la recibió.
Washington creyó estar conociendo a una “princesa”.
Los zuni sabían que estaban viendo a We’wha.