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Querido Hermano Templario, siente cómo tu pecho arde con la fuerza desgarradora de esta verdad suprema que sostiene nues...
30/07/2026

Querido Hermano Templario, siente cómo tu pecho arde con la fuerza desgarradora de esta verdad suprema que sostiene nuestra espada en la Milicia sagrada. La humildad no es una mera palabra, es el yunque donde se quiebra el orgullo del mundo, el peso exacto de la balanza divina que separa al hombre de su propia perdición. ¡Ay mil veces de aquel cuyo espíritu se infla de vanidad, que se embriaga con sus falsos méritos y grita a los vientos su supuesta grandeza! Esa alma ya está podrida por la soberbia, entregada en bandeja al demonio, pues la arrogancia es su puerta ancha y su trampa más mortal.

​¿Acaso los elegidos del cielo caminaron pisando fuerte y mirando a todos desde arriba? ¡Jamás! Cada santo, con su sangre y su silencio, nos arranca la venda de los ojos para mostrarnos el único camino: la anulación absoluta del ego, el temblor sagrado de sabernos polvo e indignos de semejante gracia. ¿Lo olvidamos acaso en la figura de San Martín, nuestro eterno faro? Cuando el engañador se le atrevió disfrazado de majestad y oro, el santo lo atravesó con la mirada y lo despojó de su antifaz. ¿Por qué? Porque Dios no viste de p***a vacía ni de soberbia reluciente; Dios se despoja, se encoge y habita en el barro de los humildes. San Agustín ruge en nuestra conciencia recordándonos que el soberbio merece ser estafado por su propia vanidad, y la respuesta que los cielos le dieron a San Antonio para sortear los abismos del mal sigue retumbando como un trueno en el fondo del alma: ¡humildad, humildad y más humildad!

​Grabemos a fuego y sangre en las entrañas de nuestra Orden que el verdadero hombre de Dios, cuanto más alto es elevado por los cielos, más se encoge en su propia pequeñez, más se avergüenza y más esconde sus tesoros en el sagrario íntimo del corazón. Solo se desnuda ante quien puede enderezar sus pasos, doblegando su cerviz ante la autoridad y el juicio de sus maestros, porque sabe que confiar en uno mismo es la ruta directa al abismo.

​De este primer manantial brota como un torrente de fuego la paciencia implacable, la capacidad de morder el polvo sin quebrarse, frente al furor mezquino de los que se creen gigantes espirituales. ¡Escúchame bien, hermano de batalla! El oro más puro solo nace del dolor del crisol y del fuego devorador; de la misma manera, el alma del guerrero de Cristo se forja únicamente en el yunque de la adversidad y el desprecio. ¡Ay de aquel que aparenta una falsa mansedumbre pero que estalla en ira, que ruge y amenaza apenas alguien se atreve a cuestionarlo o a dudar de sus supuestos dones! Ese lleva la marca indeleble de la mentira; es hijo de las tinieblas. No todo lo que brilla sostiene la prueba del fuego, y el oro verdadero jamás necesita alzar la voz para imponer su luz.

​Y más allá de la carne y de los ojos, en las catacumbas invisibles del espíritu, se libra la batalla definitiva. La paz profunda que inunda el pecho como un bálsamo sagrado o la turbación oscura que desgarra por dentro; la dulzura inagotable o la sequedad del desierto; el aborrecimiento de las propias miserias o el veneno de la altivez. Ahí, en ese silencio donde nadie más mira, se define todo: el aliento inquebrantable que te empuja a dar la vida por la virtud, o el desmayo cobarde que te arrastra a la comodidad. Aquel que se golpea el pecho pregonando su propia santidad está vacío, mientras que el que lleva a Dios clavado en el alma calla, sangra, trabaja y se consume en el anonimato, buscando únicamente que arda la gloria del Señor.
​FTAT.NNDNN 🌹❤🌹

Querido Hermano Templario, contempla, con el peso desgarrador de la verdad latiendo en tus entrañas, que en cualquier ab...
27/07/2026

Querido Hermano Templario, contempla, con el peso desgarrador de la verdad latiendo en tus entrañas, que en cualquier abismo de pecado donde un hombre sucumba, cualquier otro hombre puede despeñarse. ¡Sí! Cada alma es un campo de batalla bañado en sangre y fuego, y si el Señor que nos esculpió con Sus propias manos no nos aferra con Su poderío, rodaremos por la misma sima, ciegos hacia la oscuridad eterna. Por ello, con la sabiduría del anciano y el temblor del guerrero, debemos arrancarnos de cuajo la soberbia de ser inquisidores, la maldita tentación de erigirnos en jueces crueles de vidas ajenas.

Y cuando tus ojos sangren al ver una mancha, una infamia en el alma de tu Hermano, ¡no corras a lapidarlo! No, Hermano. Si el acto te revuelve las entrañas, muerde tu orgullo y busca excusas en su dolor: la ignorancia que cegó su mente, la neblina que nubló su juicio, el vértigo que lo hizo rodar por el fango. Pero si la negrura es tan ciega, tan brutal, que tu alma no halla refugio para el perdón, entonces, con el corazón destrozado, ve a su encuentro. Clámale con la voz de la sangre y el fuego del espíritu, haciéndole ver que camina directo a la perdición.

De esta herida abierta debe brotar en tu pecho una furia sagrada: la compasión y la caridad más pura. Estas son las únicas espadas que levantaremos por nuestro hermano caído, y el escudo que nos salvará de la misma ruina. ¡Oh, el que era vaso de oro, reducido a polvo! ¡El templo vivo del Espíritu Santo, profanado! ¡Aquel que era antorcha de virtud, convertido en ruina que hace tropezar al débil! Siente ese dolor como una daga en el alma. Hazlo tuyo hasta que duela en los huesos.

La prudencia nacerá del fuego del autoconocimiento, de saber, sin falsas vanidades, que estás hecho del mismo barro frágil y podrido. La misma serpiente que quebró a tu Hermano te acecha en la sombra, esperando tu primer descuido.

Y para que tu fe jamás se arrodille ante el miedo, alza los ojos al cielo de los valientes. ¡Mira a la Milicia Celestial, a los innumerables Soldados de Dios, a los Caballeros que día y noche sostienen el universo con su valor! ¡Míralos combatir contra las legiones del in****no, arrancándole la victoria a las garras de la noche!

Que el fuego de su ejemplo queme tus dudas, mucho más vivo que el pestilente rastro de los cobardes que buscan arrastrarte al fango. ¡Que la caída de otros jamás te conceda el infame lujo de rendir tus armas!

Hermano, grabatelo a fuego en el alma: un Templario es la espada misma de la virtud, el pulso de un compromiso que desafía a la muerte, la humildad hecha sangre, el latido indomable de la caridad y la roca viva de la fe. Húye con desprecio de aquellos que hacen del pecado su fiesta y su burla.

Purifícate en la fragua de cada día, camina con paso firme, defiende la gloria divina con la furia de un huracán y, si Dios lo reclama, entrega la vida entera por aquellos a quienes juraste proteger. ¡Escúchalo bien, maldita sea la tibieza! ¡No hay grises en la sangre de un Templario! ¡Solo la entrega absoluta, la cruz y la gloria son nuestro destino!
FTAT.NNDNN 🌹❤🌹

Querido Hermano Templario, ¡despierta! Considera con temblor santo que, puesto que nuestros homenajes nada pueden añadir...
26/07/2026

Querido Hermano Templario, ¡despierta! Considera con temblor santo que, puesto que nuestros homenajes nada pueden añadir a la infinita e imponente majestad de Dios —quien arde en su propio Ser sin necesitar de nuestras voces, ni nuestras pobres oraciones le revelan lo que Él ya conoce en su infinita sabiduría, ¡nuestro culto debe ser un fuego vivo! Los actos de nuestra religión no son meros rituales vacíos; claman por una perfección ardiente donde nuestra alma entera se consuma por la gloria divina. ¡Que el único latido de nuestro pecho y la única brújula de nuestra marcha sea la exaltación absoluta del Altísimo!

​Mas ¿cómo ha de ser esa glorificación que estremezca los cielos? Recuerda, Hermano de la Milicia, la advertencia terrible que nuestro Señor nos lanza como un trueno: "Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí; en vano me rinden culto". ¡Escucha el eco sagrado que clama en el desierto! "¡Harto estoy de holocaustos! ¡No quiero sangre ni lamentos fingidos! Cuando alzáis vuestras manos, yo aparto mis ojos; cuando multiplicáis vuestras plegarias, yo me encierro en el silencio". Pues solo "el que me ofrece sacrificios de alabanza, ese me honra; el que endereza sus caminos con rectitud, a ese mostraré la salvación de Dios".

​¡Hermanos, abrid los ojos del espíritu! Comprended que el sacrificio no es una bagatela, sino el reconocimiento más solemne y desgarrador del supremo dominio de Dios, de su poder creador y aniquilador. Para gritar al universo entero que nuestra vida le pertenece hasta el último aliento, el hombre debe entregarle lo que más ama, destruyendo el ego en su presencia, despojándose de sí mismo para consagrarse como ofrenda pura. El sacrificio exige una sangre del alma, una entrega tan absoluta y radical que ninguna otra plegaria puede igualar.

​Y si el sacrificio debe elevarse hasta las cumbres más inalcanzables, pensad, oh templarios, a Quién le rendimos tributo. ¡Aquel que es el primero y el último, el alfa y el omega, el principio y el fin de toda existencia! Él es el primogénito, el arquitecto eterno; porque en Él, por Él y para Él fueron creadas las estrellas del cielo y el polvo de la tierra. Él sostiene el universo en sus manos y es el imán sagrado hacia el cual gime la creación entera. Por eso, exijamos a nuestra alma la grandeza a la que ha sido llamada: todo alcanzará su plenitud y Dios será glorificado cuando cada átomo esté sujeto a Cristo, cuando todo le sea sometido y el Hijo se entregue al Padre, para que Dios sea absolutamente todo en todas las cosas.

​¡Pondera, Hermano, el abismo insondable de la misericordia! Escucha cómo el Señor desgarra las tinieblas para revelar la locura de su amor: "No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores... Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia... El Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido".

¡Entiende de una vez el camino estrecho que nos conduce a la patria celestial! Debemos atravesar tres umbrales de fuego: morir implacablemente al pecado, resucitar con la vida vibrante de la gracia, y ser arrebatados a la unión eterna con Dios en la gloria. Esto no se regala; se conquista con el alma destrozada de amor, con verdadero sacrificio, con un compromiso de hierro, con una caridad ardiente, haciendo de cada palabra y de cada latido una ofrenda para mayor gloria de Dios.

​¡Mírate por dentro, Hermano! Pon en la balanza invisible cuánto tiempo malgastas en el fango del mundo y cuánto le entregas al Creador de los mundos. Imagina la hora terrible de tu juicio, cuando seas pesado en la balanza de la verdad: ¿serás hallado hueco, falto de obras, o darás la talla de los santos? ¡Si en verdad corre por tus venas la sangre de la Temple, sacúdete el polvo mundano! No permitas que las vanidades de este siglo te arrastren lejos del Maestro; no dejes que los problemas te arranquen de la cruz y de tu sagrado juramento; no consientas que tu promesa caiga en el olvido, porque si fallas... ¡cuánto habrás de penar en las tinieblas por haber traicionado su Palabra! Vive este presente con el alma en vilo, con la mirada clavada en la cruz y en la salvación de tus hermanos. Pensar en el mañana es una trampa mortal, porque nadie tiene asegurado el siguiente latido, ni sabe si mañana las puertas de la gracia se habrán cerrado para siempre.
​FTAT.NNDNN 🌹♥🌹

Querido Hermano Templario, considera cómo arde la palabra de nuestro Señor en lo más hondo: "Unos siembran y otros recog...
25/07/2026

Querido Hermano Templario, considera cómo arde la palabra de nuestro Señor en lo más hondo: "Unos siembran y otros recogen". Mas cuando batallamos por nuestra propia salvación, el campo de batalla es nuestra carne y el trofeo es nuestra alma inmortal. ¡Despierta y contempla el abismo de esta verdad! Esta lid no tolera distracciones ni tibiezas; la victoria eterna o la condenación irrevocable caerán sobre tus hombros, solo sobre ti, por los siglos de los siglos. Aquí no hay escuderos que valgan, ni hermanos de armas que puedan interceder en el juicio final: eres tú desnudo ante tu Creador.

Tu alma, Hermano, temblará sola ante el tribunal divino, respondiendo por cada espada alzada y por cada omisión cobarde. En esa balanza implacable, tuya será la corona de fuego o tuya la oscuridad perpetua. San Pablo clama en el desierto de nuestras conciencias: "Lo que el hombre sembrare, eso recogerá". Cada cruz pesa solo para quien la arrastra, cada obra clama su propia sentencia. ¡Nadie podrá mendigar un rayo de tu gloria si alcanzas el Paraíso, ni nadie podrá compartir una sola gota de alivio si te hundes en el suplicio! ¡Es una marcha implacable y solitaria hacia la eternidad!

¿Cómo es posible entonces, Hermanos Templarios, que temblando ante la magnitud infinita de este destino, este sea el único negocio que despreciamos? Es una contradicción que clama al cielo: sudamos sangre por reinos de polvo, y dejamos morir de sed al alma. Miremos de frente nuestra miseria: ¿nos atrevemos a llamar fe a esta apatía, cuando apenas le regalamos un suspiro moribundo a nuestro Creador? ¡Es una culpa que quema las entrañas!

Salvar el alma no es un simple deber; ¡es asaltar el Cielo con violencia santa! Es conquistar el Paraíso y heredar un Reino donde la luz no conoce ocaso. ¡Es contemplar el rostro de Dios, amarle y poseerle sin fin! Es fundirse en la dulcísima mirada de Jesús y de María, caminar del brazo de los ángeles y estrechar de nuevo a los seres amados que nos precedieron en la fe. ¡Es la plenitud absoluta, sin una sola lágrima, sin una sola sombra de dolor! Hermano Templario, la espada de la decisión está desenvainada en tus manos: o la gloria eterna o la ruina sin retorno. ¡Elige con la sangre y el fuego que tu destino exige!
FTAT.NNDNN 🌹❤🌹

Querido Hermano Templario, considera que aunque parece que Dios desampara a los suyos en una causa tan suya, y que triun...
24/07/2026

Querido Hermano Templario, considera que aunque parece que Dios desampara a los suyos en una causa tan suya, y que triunfa el hereje mientras el cristiano yace en lágrimas y angustia, dando pie a que los débiles o ignorantes duden de su santa providencia y de su recta justicia, creyendo que la mentira es verdad y la verdad mentira. Esta es la más tremenda y dolorosa prueba para los justos, que desfallecen en su dolor, y la confirmación ciega de los malvados en su iniquidad, siendo por ello mismo un severo y tremendo castigo del Altísimo.

Así mismo estremece ver a quienes decían consagrarse a Dios simular con arteros embustes y heridas fingidas en su propia carne las llagas sagradas de la Pasión de Cristo Nuestro Redentor, vendiendo sus viles artificios como favores celestiales y revelaciones divinas, hechizando y cautivando a las almas crédulas con tan diabólicos engaños. Y aunque la verdad de Dios es infalible y al fin desvelará la mentira, impidiendo que el fingimiento arraigue en el corazón de los fieles, no por ello deja de ser un azote terrible del Señor permitir tales maldades en nuestros días, males que congelan el fervor de los tibios, quiebran el frágil espíritu de los débiles y manchan el sagrado nombre de la virtud.

Todo esto hemos presenciado, tribulaciones y castigos de una gravedad extrema, tanto más peligrosos cuanto más empujan a los impíos a dudar de la bondad divina, a abrazar el error o a despreciar la auténtica y sólida virtud. Ante estas tinieblas y tentaciones, nuestro Señor escruta la verdad de nuestra vocación y la firmeza de nuestra convicción; y a menos que permitamos que nuestro espíritu se vuelva tibio y cobarde, jamás habremos de sucumbir ante semejantes imposturas y engaños.
FTAT.NNDNN 🌹❤🌹

Querido Hermano Templario, considera el abismo de desolación que hoy nos devora las entrañas. ¡El silencio de los cielos...
24/07/2026

Querido Hermano Templario, considera el abismo de desolación que hoy nos devora las entrañas. ¡El silencio de los cielos pesa como una losa de plomo sobre nuestra sagrada causa! ¿Cómo tolerar que el impío profane la victoria mientras nuestro corazón católico sangra y se desangra en la más absoluta agonía? Este panorama desgarrador es un veneno que corrompe incluso a los espíritus más firmes, empujándolos a dudar de la justicia eterna y a cuestionar la mismísima mano del Altísimo. ¡Maldita duda que azota el alma! La verdad yace crucificada entre mentiras que se alzan ufanas con ropajes celestiales; es la prueba más cruel, el tormento supremo para los justos y el triunfo efímero de la iniquidad. ¡Es un castigo titánico que nos ahoga en la desesperación!

Y por si fuera poco este calvario, el horror se corona con la más abyecta de las profanaciones: aquellos que visten hábitos y presumen de virtud se han convertido en la peor peste. Con una hipocresía nauseabunda y arteros engaños, simulan en sus propias carnes las llagas santas de la Pasión, mercadeando con mentiras como si fuesen favores del cielo. Hechizan a las almas cándidas con embustes viles, sembrando la ceguera espiritual. Aunque sabemos que la justicia de Dios acabará por aplastar toda impostura, duele hasta la náusea ver cómo este azote congela la fe de los tibios y arrastra a los débiles al fango, manchando el honor de la auténtica virtud.

¡Todo esto, Hermano, lo hemos visto con nuestros propios ojos en estas horas oscuras y malditas! Son plagas y tribulaciones enviadas desde lo alto, un abismo de peligro que tienta a los impíos a renegar de la bondad divina y a mofarse de lo sagrado. Mas que este fuego purificador no apague nuestro temple, ¡que sirva para forjar con sangre y fuego nuestra lealtad inquebrantable a la verdad! Si nuestra fe no es de ceniza, resistiremos este in****no sin doblegarnos jamás.
FTAT.NNDNN 🌹❤🌹

Querido Hermano Templario, considera que el fuego sagrado de tu alma arde en una exigencia implacable: la de progresar s...
21/07/2026

Querido Hermano Templario, considera que el fuego sagrado de tu alma arde en una exigencia implacable: la de progresar sin descanso en la virtud. Eres hijo del Dios Altísimo, el Ser perfectísimo que te ordena alcanzar su misma perfección; te llamas con orgullo discípulo y soldado de Cristo. Recuerda que la sangre y el espíritu exigen que el hijo refleje a su padre, el discípulo sangre y alma a su maestro, y el soldado su vida entera a su capitán. Resuenen en tu pecho las palabras inmortales del Maestro: "Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto; haced lo que vierais que yo hago; escuchad mis palabras e imitad mis ejemplos".

Acuérdate, Hermano de la milicia, que en este camino escarpado de la virtud no existe la tregua: el que no avanza, retrocede; el que deja de luchar contra sus propias sombras, se condena a corromperse cada día más. La vida espiritual es el torrente furioso de un río impetuoso donde jamás está permitido detenerse: o se asciende con sudor y fe, o se es arrastrado al abismo. Estás condenado si cedes a la voz cobarde de los tibios que susurran: "Me basta con lo adquirido, no necesito fatigarme más, ni ser tan perfecto como otros". Escucha temblando el juicio eterno: "Sed fríos o calientes, porque a los tibios los vomitaré de mi boca".

Mira bien, alma templaria, que la gracia divina es un relámpago celestial que no tolera la esterilidad; el verdadero amor jamás descansa, porque es una hoguera devoradora que jamás dice basta: o abrasa el mundo o se apaga en la vergüenza. En esta batalla del espíritu, la inercia es un crimen imperdonable; el árbol estéril es arrancado de raíz para ser devorado por las llamas, y el talento se le arrebata sin piedad al siervo perezoso. Estas verdades terribles explican la ruina de tantos que, por el pecado de la comodidad, cayeron al fondo de la perdición.

Observa la furia insaciable con la que el mundano y el comerciante se desgastan por conquistar honores pasajeros y riquezas de barro, y siente el ardor de la santa vergüenza al ver cómo ellos sirven con más pasión al mundo y al demonio que tú, caballero de la cruz, a Dios Nuestro Señor.
FTAT.NNDNN🌹❤🌹

Querido Hermano Templario, contempla a nuestro Señor con el temblor sagrado de quien se sabe indigno y a la vez infinita...
20/07/2026

Querido Hermano Templario, contempla a nuestro Señor con el temblor sagrado de quien se sabe indigno y a la vez infinitamente amado.

Sumérgete sin reservas en el fuego devorador de su vida oculta. Mírale en cada aliento de esa existencia aparentemente frágil, pero que sostiene los cimientos del universo. Desgarra el velo de lo cotidiano para desentrañar las virtudes divinas que estallaban, año tras año, en el silencio de Nazaret. ¡Contempla esa humildad titánica! Él, dueño de todo lo creado, prefirió la penumbra desgarradora del taller, la pobreza más cruda, las llagas del frío y el hambre, abrazando con alegría estoica las privaciones que ensombrecían su morada, su ropa y su pan.

Siente el peso abrasador de su Caridad. Una caridad desbordante, oceánica, que inundaba su pecho con una compasión insondable por nuestras miserias y con un celo furioso y santo por la salvación de cada alma. ¡Observa esa modestia sublime! Cada mirada suya, cada palabra, cada latido, tejido en una perfección que desgarra el alma. Admira ese recogimiento abismal que, en medio del polvo y el sudor del trabajo, mantenía su espíritu unido al fuego eterno de la divinidad. Él hizo bien todas las cosas, hasta la más pequeña, hasta la más invisible. ¡Comprende, hermano, que tu alma se debate entre el cielo y el abismo en cada acto ordinario! En la perfección o en la ruina de tus gestos más simples se juega tu eternidad.

¡Arranca de tu pecho toda mediocridad! Crece en la virtud con la violencia de los santos. No dejes que los años pasen como sombras estériles, marchitando tu espíritu sin dejar rastro de conquista. ¡Arde en sabiduría celestial! Que cada nuevo amanecer encuentre tus obras más puras, más duras contra ti mismo, más entregadas a Dios.

Aprende a callar, hermano. Sella tus labios con fuego. Guarda tus tesoros en la cripta sagrada de tu alma y jamás permitas que la vanidad mancille tu silencio con la nauseabunda baba de la propia alabanza. Buscar el aplauso humano es renunciar a la cruz; es arrancar el manto del Temple y escupir sobre el Maestro.
¡Eso es no ser templario!

Desgárrate las vestiduras de la infancia espiritual. No seas una caña batida por el viento, sujeta a caprichos y flaquezas. Conserva de los niños únicamente la inocencia que ciega al demonio, pero sé un gigante en la doctrina y en el combate.

Devora la ciencia de la salvación con hambre rabiosa. El conocimiento profundo de Dios, el temor que hace temblar las entrañas y el amor puro no son opcionales: la ignorancia voluntaria es un abismo que traga almas. Lee y escucha como quien busca agua en el desierto, no para saciar la curiosidad, sino para ganar la guerra contra ti mismo.

Somos peregrinos en territorio enemigo, caminantes al borde del abismo. En este viaje brutal de la vida, hermano querido, lo que no avanza hacia la cumbre, rueda irremediablemente hacia el in****no.
FTAT . NNDNN 🌹❤🌹

Querido Hermano Templario, contempla con el alma en carne viva cómo la fe de los Apóstoles se desplomó, sepultada bajo e...
20/07/2026

Querido Hermano Templario, contempla con el alma en carne viva cómo la fe de los Apóstoles se desplomó, sepultada bajo el peso de la agonía atroz de su Divino Maestro. ¡Era una oscuridad tan absoluta que quebraba el espíritu más férreo! ¿Cómo no temblar ante el abismo? Se requería una llama de fe tan abrasadora, tan salvaje en su intensidad, para reconocer en aquel hombre despojado de toda gloria, humillado, azotado y finalmente ejecutado como el peor de los criminales entre ladrones, al Dios eterno, al Señor y Rey absoluto de la creación. Pero entonces, ¡oh, irrupción gloriosísima que estalla en la historia!, la resurrección de Jesús no solo fue el latido que devolvió la vida a unos corazones desolados, ¡fue el cataclismo de luz que fraguó la roca inquebrantable donde hoy apoyamos nuestra propia alma!

Considera, con una urgencia que queme tus adentros, que si la fe suele ser un misterio que apenas intuimos, la resurrección de Cristo la hizo palpable, la hizo una realidad tan brutal y luminosa que borró todo rastro de sombra sobre Su divinidad. ¡Observa la ironía divina que ruge en la historia! Aquellos mismos que urdieron la infamia de su Pasión se convirtieron en testigos forzados de la Verdad absoluta. Al sellar el sepulcro con su odio y sus guardias, solo lograron garantizar que la victoria de Cristo fuera irrefutable. E incluso nuestros hermanos, los Apóstoles, con su incredulidad humana y visceral, obligaron al Maestro a mostrarse con tal despliegue de pruebas, con tal majestad arrolladora, que sanaron su propia debilidad y blindaron nuestra fe con un acero invencible contra cualquier duda. ¡Qué inconmovible es la fe que nace de la resistencia más desesperada frente a la muerte misma!

Deduce, con el fervor de quien ha visto la luz, que la resurrección de Jesucristo es un hecho que golpea la historia con la contundencia de un rayo. Las pruebas que Él mismo ofreció no solo confirman el milagro; sellan su divinidad para siempre. Él mismo apostó todo a su Resurrección para silenciar a la infamia. El Apóstol San Pablo, con la fuerza de un titán, nos clava esta sentencia en el pecho: "Si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe". ¡Pero Cristo ha vencido! ¡La tumba está vacía! Nuestra fe es ahora un fuego que arde hasta la médula, una verdad que no admite réplica. Si Jesucristo resucitó, ¡es Dios! Porque el Padre jamás, en la plenitud de su santidad, hubiera otorgado la gloria de la resurrección a una falsedad.

Por ello, Hermano Templario, con la sed del náufrago y la pasión del mártir, clama a Jesucristo: "¡Yo creo, Señor, yo creo, pero incéndiate en mi alma para fortificar mi fe! ¡Resucítame, Señor, arráncame de la muerte del pecado a una nueva vida, para que cada aliento, cada gota de mi sangre, cada paso de mi existencia, sea un grito de victoria en perfecta armonía con la inmensidad de tu gloria!".
FTAT NNDNN 🌹❤🌹

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