16/04/2026
Trabajo en un hospital… y no, lo más duro no es ver gente enferma… es ver quién sí aparece… y quién simplemente desaparece. La gente cree que el dolor está en las máquinas, en los diagnósticos, en las salas frías… pero no. El verdadero golpe está en la ausencia. En esa silla vacía al lado de la cama. En ese paciente que mira la puerta esperando a alguien que dijo “ahorita vuelvo”… y nunca vuelve.
He visto familias llegar el primer día completas, preocupadas, haciendo preguntas, prometiendo estar ahí… y al tercer día ya no queda nadie. El teléfono suena menos, las visitas se acaban, y el paciente empieza a quedarse solo. He escuchado excusas de todo tipo: “es que tengo trabajo”, “es que me queda lejos”, “es que no me gusta ver eso”. Pero el que está en la cama… no puede irse. No puede elegir. Solo le queda esperar.
Y ahí es donde pasa algo que casi nadie ve… muchas veces somos nosotras, las trabajadoras sociales, las que terminamos siendo su compañía. Las que escuchamos, las que sostenemos la mano, las que damos ánimo cuando ya no hay nadie más. Y no solo nosotras… hasta la señora del aseo. Sí. Esa misma que entra en silencio, limpia, y se detiene un momento a preguntar: “¿cómo amaneció hoy?”. A veces esa pequeña pregunta vale más que todas las visitas que nunca llegaron.
He visto pacientes llorar en silencio… no por el dolor físico, sino por sentirse olvidados. He visto cómo se les ilumina la cara cuando alguien entra, así sea por unos minutos. Porque en esos momentos, no se trata solo de medicina… se trata de humanidad. Y duele aceptar que muchas veces, los que no son familia… terminan dando más calor que los que llevan la sangre.
Después de tanto tiempo aquí, entendí algo que no se me olvida: la enfermedad no solo pone a prueba el cuerpo… pone a prueba los lazos. Porque hay gente que dice amar… pero solo cuando todo está bien. Y cuando llega el momento difícil… los que se quedan, muchas veces, no son los que uno esperaba. 💔