24/08/2026
Una ley sobre arenas movedizas
Miguel Hernández, consultor y analista político
Publicado originalmente en Pendulo Politico, 23/8/2026
Bolivia necesita inversiones, las necesita para recuperar la producción de hidrocarburos, ampliar su capacidad de generación eléctrica, desarrollar la minería, crear empleo y conseguir los dólares que hoy escasean. Sobre ese diagnóstico existe un consenso bastante amplio en todo el abanico de posiciones políticas del momento. El problema comienza cuando se piensa que aprobar una Ley de Inversiones será suficiente para que los capitales lleguen.
Una ley puede modificar impuestos, reducir trámites y ofrecer incentivos. Lo que no puede hacer por sí sola es sustituir al Estado de derecho. El capital no llega por la mera existencia de una norma, sino cuando confía en que los contratos, la propiedad y las reglas sobrevivirán al siguiente conflicto político y al próximo cambio de gobierno.
El Global Rule of Law and Business Dashboard 2026, elaborado por la Cámara de Comercio de Estados Unidos, permite dimensionar el problema. El estudio evalúa 149 economías a partir de cinco dimensiones: transparencia, previsibilidad, estabilidad, rendición de cuentas y debido proceso. Bolivia obtiene apenas 32 puntos que lo sitúa en el puesto 118 de 149 países, contando desde el mejor al peor desempeño.
El dato requiere una precisión: el informe no publica literalmente una columna que diga “Bolivia ocupa el puesto 118”, sino una puntuación y un porcentaje de los que se desprende esa ubicación aproximada. Tampoco utiliza la expresión “ambiente muy desfavorable”. Sin embargo, no parece exagerado concluir que encontrarse entre el 21% de las economías con peores condiciones de “Estado de derecho” representa un entorno particularmente adverso para invertir.
Frente a esa realidad, la Ley de Inversiones presentada por el gobierno de Rodrigo Paz constituye un primer intento por cambiar las señales que Bolivia envía al mundo. El proyecto busca proporcionar previsibilidad, reconocer garantías contractuales y abrir mecanismos de arbitraje. El problema es que todo ese andamiaje se está construyendo sobre una Constitución proteccionista, concebida durante el ciclo del socialismo del siglo XXI y profundamente desconfiada del capital extranjero.
El proyecto intenta introducir el arbitraje sin confrontar abiertamente a la Constitución. Lo hace mediante excepciones, salvaguardas y declaraciones de compatibilidad. Establece que el arbitraje deberá aplicar la legislación boliviana, excluye las potestades regulatorias del Estado y sostiene que recurrir a árbitros no significa conceder al inversionista una situación excepcional.
Es un esfuerzo jurídicamente ingenioso, pero insuficiente. Una ley ordinaria no puede resolver por interpretación aquello que la Constitución restringe expresamente. El artículo 320 dispone que toda inversión extranjera estará sometida a la jurisdicción, las leyes y las autoridades bolivianas. El artículo 366 es todavía más categórico, dice que en determinadas actividades de la cadena hidrocarburífera no reconoce tribunales ni jurisdicciones extranjeras y prohíbe invocar el arbitraje internacional.
Mientras esas disposiciones permanezcan vigentes, cualquier promesa de arbitraje y seguridad jurídica estará acompañada por el riesgo de una impugnación constitucional. Para una empresa que debe invertir miles de millones de dólares y esperar décadas para recuperar su capital, esa ambigüedad no es una sutileza académica, es un riesgo que se incorpora al costo del proyecto o una razón para llevar el dinero a otro país, así de simple.
La discusión adquiere mayor urgencia porque Bolivia no enfrenta solamente una crisis económica. Desde hace años se acumulan señales de una posible crisis energética, con menor producción de gas, escasez de diésel y gasolina, caída de las exportaciones y una capacidad limitada para financiar nuevas inversiones. Si la producción de gas continúa descendiendo, el problema puede trasladarse al sistema eléctrico.
El antecedente de Ecuador debería servir de advertencia. En 2024, la sequía y la elevada dependencia de la generación hidroeléctrica llevaron los cortes de electricidad de dos a catorce horas diarias. Durante los momentos más graves se registró un déficit de hasta 30 gigavatios hora por día. Entre septiembre de 2024 y marzo de 2025, el gobierno ecuatoriano alquiló tres barcazas termoeléctricas con una capacidad conjunta de 300 megavatios y un costo informado de 250 millones de dólares.
Bolivia no necesariamente enfrentará el mismo escenario ni tendría que aplicar idénticas soluciones. Pero nuestra condición mediterránea, la escasez de combustibles y las dificultades logísticas harían todavía más costosa una respuesta de emergencia semejante. No tenemos puertos marítimos para recibir barcazas generadoras y tampoco contamos con el diésel suficiente para sostener indiscriminadamente soluciones térmicas.
Esperar hasta que falte electricidad sería repetir el error de actuar solamente cuando la crisis ya se ha convertido en catástrofe. Para ampliar la generación, explorar nuevos campos y diversificar la matriz energética se necesitan inversiones de largo plazo. Y esas inversiones requieren algo más difícil de aprobar que una ley… requieren confianza.
Bolivia compite en un gran casino mundial por un capital escaso que compara riesgos y rendimientos. Una ley puede mejorar las fichas, pero no cambia las reglas del casino. Mientras la Constitución, la justicia y las instituciones no garanticen propiedad, contratos, debido proceso y estabilidad normativa, los inversionistas exigirán rendimientos extraordinarios, reducirán su exposición o elegirán otro país.
La Ley de Inversiones puede ser un comienzo. Presentada como una solución suficiente, es apenas una promesa escrita sobre instituciones que todavía no inspiran confianza. Antes de pedirle al mundo que apueste por Bolivia, tendremos que demostrar que estamos dispuestos a cambiar las reglas que convierten esa inversión en una apuesta temeraria.