27/05/2026
Conocida popularmente en Nicaragua como el “viborazo”, es la célebre analogía que fue utilizada por el cardenal Miguel Obando y Bravo durante un sermón pronunciado en octubre de 1996, a pocos días de las elecciones presidenciales. El relato funcionó como una fuerte advertencia política para que los ciudadanos evitaran votar por Daniel Ortega, líder del FSLN.
La parábola cuenta la historia de dos hombres que caminaban y encontraron una víbora casi mu**ta de frío. Uno de ellos decidió recogerla y darle calor, ignorando la advertencia de su compañero sobre la naturaleza peligrosa del animal. Una vez recuperada gracias al calor humano, la víbora revivió y terminó matando a quien la había salvado.
En 1996, Daniel Ortega no volvió al poder, pero lo dejaron mantenerse vigente. En 2007 regresó a la presidencia tras ganar las elecciones de 2006, iniciando el largo ciclo autoritario que convirtió a Nicaragua en una de las dictaduras más duras de América Latina. Muchos analistas señalan a Arnoldo Alemán (Presidente 1997 – 2002) como pieza clave de ese retorno, al haber protegido políticamente a Ortega y facilitado pactos que le permitieron mantenerse en campaña permanente, financiado indirectamente por el Estado, mientras modificaba gradualmente las reglas del juego democrático a su favor.
¿Está pasando algo parecido en Bolivia? ¿Existió un pacto electoral formal entre Evo Morales y Rodrigo Paz?
En mi opinión, definitivamente no. El ascenso de Rodrigo Paz a la presidencia fue más bien una amalgama entre sus votos propios, provenientes de gremiales, comerciantes y sectores de la economía informal y los de Lara, que lograron atraer al voto popular de izquierda que quedó huérfano tras el derrumbe del MAS. A ello se sumó, en segunda vuelta, el voto anti-Tuto. Ese impulso habría sido articulado directamente por Evo Morales, amenazado por el discurso de Jorge Quiroga, quien prometía llevarlo a la cárcel. No necesariamente existió un acuerdo formal, sino más bien un cálculo pragmático de Evo Morales (y no de Rodrigo Paz) durante la campaña.
Nuevamente, como lo vengo mencionando desde hace tiempo, en política existe una máxima brutalmente cierta: si tardas demasiado en tomar una decisión, es que ya tomaste una.
No haber impulsado acciones legales inmediatas contra Evo Morales apenas asumido el gobierno, más que responder a un pacto, parece haber sido un acto de ingenuidad política: creer que la víbora, una vez despierta de su letargo, no morderá.
Los autoritarios no suelen ceder espacios de poder. Quienes sí lo hacen, muchas veces, son los demócratas, creyendo que retirarse, abstenerse o asumir solo una posición moral basta frente a la confrontación política. Aunque esas actitudes nacen de valores legítimos, frente a actores violentos suelen interpretarse como debilidad y terminan abriendo espacio para el avance sobre las instituciones y la ciudadanía. La democracia no solo debe practicarse: también debe defenderse con firmeza, decisión y dentro del marco de la ley.
Evo Morales no dudó en usar todo el poder autoritario. El operativo en el Hotel Las Américas, en 2009, dejó tres mu***os y fue denunciado como ejecución extrajudicial. Luego, el MAS utilizó la narrativa del “terrorismo” para perseguir y neutralizar a opositores y líderes cívicos.
No se pide nada parecido, no hace falta inventarse ningún proceso. Defender la democracia no significa convertirse en autoritario ni transgredir la ley contra los opositores. Al presidente Rodrigo Paz Pereira no se le demanda persecución política ni abuso de poder; se le exige, simplemente, hacer cumplir la ley con entereza, garantizar el orden democrático y asegurar que su gobierno, que es de transición hacia una democracia más fuerte, continúe dentro del marco constitucional.
Diálogo con los sectores vulnerables, como los maestros y el sector salud; atención efectiva y no discursiva a las necesidades ciudadanas. Pero mano dura contra el terrorismo y el crimen organizado internacional que administra la discordia, promueve el caos y le pone más leña al fuego, manipulando y capitalizando las reivindicaciones sociales. El artículo 133 del Código Penal boliviano es claro: terrorismo es “cometer delitos contra la seguridad común, la vida o la integridad para intimidar, mantener en estado de pánico a la población o subvertir el orden constitucional”. ¿Acaso no es eso lo que estamos viendo?
Al final de cuentas, el Estado tiene la obligación de preservar el monopolio legítimo de la fuerza, principio fundamental de la política moderna que reconoce al Estado como la única entidad autorizada para ejercer coerción física dentro de “todo su territorio”. Pero ese ejercicio solo es legítimo cuando se realiza dentro de las atribuciones constitucionales, con apego a la legalidad y pleno respeto a los derechos humanos.
Como lo menciona reiteradamente el periodista Carlos Valverde, Rodrigo Paz no tiene derecho a que le vaya mal. El presidente constitucional, como institución democrática, aún conserva capital político y legitimidad, respaldados por una inmensa mayoría de bolivianos que quiere seguir viviendo en democracia. Pocas veces en la historia contemporánea del país existió una identidad nacional tan clara alrededor de la defensa del orden democrático.
Y ahí vuelve la parábola del “viborazo”. El problema nunca fue únicamente la serpiente, sino el miedo paralizante que le permitió avanzar mientras todos dudaban, relativizaban o miraban hacia otro lado. Bolivia todavía está a tiempo de evitar que el veneno termine por intoxicar a toda la institucionalidad democrática. Pero para eso se necesita un gobierno que deje de administrar la crisis y empiece, de una vez, a gobernar.