16/06/2026
Claudia lo controlaba todo. Su agenda, su peso, la relación con su esposo, el futuro de sus hijos. Tenía 42 años y vivía con el puño cerrado. Si algo se salía del plan, sentía que se asfixiaba. “Mío” era su palabra favorita: mi casa, mi tiempo, mi gente.
Hasta que el diagnóstico llegó. Cáncer de mama, etapa 2. En una semana perdió el control del cuerpo que creyó dominar toda su vida. Las quimios le quitaron el pelo, el apetito, la certeza. Y ahí, en una sala fría del INEN, lo entendió.
Eres libre desde que entiendes que nada te pertenece, ni siquiera tú. Ni tu salud, ni tu juventud, ni los planes que hiciste en Excel. Su cuerpo no le pidió permiso para enfermarse. Sus hijos no le pidieron permiso para crecer. Su esposo no le pertenecía, la elegía.
Cuando soltó, respiró. Dejó de pelear con la balanza. Empezó a decir “te acompaño” en vez de “haz esto”. Donó su ropa talla S sin llorar. Por primera vez en décadas, abrió las manos.
Hoy Claudia está en remisión. Sigue haciendo planes, pero ya no los tatúa en piedra. Ama más ligero. Porque la libertad no era tenerlo todo bajo llave. Era aceptar que estamos de paso, incluso en nuestro propio cuerpo.
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