24/10/2025
Decálogo del duelo por la muerte del hijo
1. La muerte del hijo/s provoca un sufrimiento tan desgarrador que araña las entrañas de los progenitores. Se presenta como antinatural, ya que en la lógica generacional todo progenitor espera ser enterrado por su hijo y no a la inversa. Es un tremendo impacto multidimensional que provoca una profunda convulsión, pues afecta a todas las dimensiones de la persona, (corporal, emocional, mental, social, valórica y espiritual).
2. Este sufrimiento revela por excelencia la complejidad del psiquismo, con todos sus cambios internos y externos, con graves repercusiones en las relaciones matrimoniales, en el trato con los hijos, con el resto de la familia y en las relaciones sociales.
3. La muerte del hijo no es un mero reflejo de la propia muerte, ni un trágico aviso de ella, ni muestra del inmenso sufrimiento existencial tras la ruptura de la mayor relación y vínculo afectivos. Es mucho más: es la muerte de la propia carne, una agonía para los procreadores, todo un replanteamiento existencial.
4. El sufrimiento, tras la muerte del hijo, es duradero, acosa, oprime, se muestra irresistible y omnipresente, hasta el extremo de parecer no tener fin. Deja profundas secuelas de por vida. Ningún progenitor vuelve a ser igual. Este hecho marca un antes y un después.
5. Pueden aparecer muchos síntomas insanos en la misma corporeidad, luchas y bloqueos interiores, dificultades relacionales entre cónyuges e hijos, conflictos inesperados con los más allegados, disgusto por la vida, perenne desmotivación, sensación de un vacío que no se llena, tristeza permanente. Este sufrimiento es el que toca las fibras más sensibles y vitales de la fe y de la vida espiritual, con serias repercusiones.
6. La muerte del hijo lleva a los padres dolientes a ponerse en camino para realizar un trabajo de duelo largo, penoso, totalmente novedoso, para el que no se está nunca suficientemente preparado; extremadamente empeñativo, porque, a la par de convivir seguramente con el mayor sufrimiento existencial de la propia vida, hay que reactivar todos los recursos internos y externos del doliente para asumirlo, aceptarlo y sanarlo: todo un desafío.
7. Elaborar este sufrimiento tan desgarrador es el único camino para no sobrevivir, ni quedarse en el sin sentido, ni prisionero del propio sufrimiento, ni para vegetar en la trastienda de la vida, sino para retomar una existencia plena.
8. El trabajo del duelo, que se convierte en una acción sobre el mismo doliente, es una tarea ineludible. El doliente domina en sí mismo el sufrimiento o el sufrimiento domina al doliente. Si éste no trabaja el propio sufrimiento con un saludable proceso de duelo, añadirá a su persona aún más aflicción y por más tiempo, y hará sufrir más a los que lo rodean.
9. Quien está transitando este camino ha de pedir ayuda y dejarse ayudar por un tiempo prolongado. Necesita desahogo, escucha, calor, amor, luz, sentido, esperanza y fe.
10. Sostener adecuadamente en este proceso de sanación exige mucha donación personal, extremada paciencia y constancia, una sana, voluntariosa y sabia relación de ayuda, expresión sublime de la compasión, empatía y consuelo.