30/12/2025
Lᴏs Sᴜᴀ́ʀᴇᴢ Gᴀʀᴄɪ́ᴀ
Mᴀɴᴏs ᴀsᴛᴜʀɪᴀɴᴀs ᴏ̨ᴜᴇ ᴇsᴄᴜʟᴘɪᴇʀᴏɴ ᴇʟ ᴘᴀɪsᴀᴊᴇ
Contada por Alfredo Suárez.
PRIMERA PARTE
En las entrañas de la montaña asturiana, dentro de los tenebrosos socavones de la precaria mina carbonífera, los mineros respiraban día a día el olor a muerte.
El joven Sabino Suárez, que era minero y había peleado contra los moros, soñaba un futuro distinto junto a su prometida, Emilia García. En 1920 llegaron de España recién casados, recalaron en Puerto Santa Cruz, donde Sabino se hizo de un carro. Primero se dedicó a hacer fletes, después fue mercachifle y vivió cerca de los tehuelches.
En los innumerables viajes entre los lagos del territorio conoció la Piedra Clavada cerca del paraje Tres Lagos, como cincelada por vientos milenarios. Atraído siempre por la piedra, recuperó una habilidad ancestral que le permitió levantar su hogar y un hotel. Allí se criaron sus seis hijos: Eduardo, Elías, Aurora, Adela, Alfredo y Pilar.
El sólido hotel se convirtió en el paradero donde los viajeros lograban el reparador descanso y saboreaban una buena comida casera. El trato familiar y cordial aseguraba el retorno de los pasajeros.
Hoy Alfredo Suárez narra la historia de sus padres, jóvenes y aventureros, que supieron transformar el paisaje agreste en un oasis patagónico.
En España
Alfredo: Mi padre, Sabino Suárez, nació el 12 de agosto de 1885 en Oviedo y era hijo de Elías Suárez y María Iglesias. Mamá, Emilia García, nació en Quirós, también Asturias, el 16 de septiembre de 1900, hija de Eduardo García y Adelaida García. Eran familias de mineros.
Mamá contaba que cuando su padre iba a la mina llevaba la comida en un s**o de tela con un palo al hombro, iban los mineros cantando y muchas veces volvían llorando porque alguno quedaba atrapado y moría en la mina. Mi papá estuvo en la guerra contra los moros, contaba que estuvieron escondidos comiendo solamente arroz y después no quiso volver a comerlo nunca más. El tampoco tenía simpatía a los policías, decía que trataban mal a la gente y de los curas sostenía: "Son igual que nosotros".
Hubo unos hermanos de mamá que emigraron a Cuba y ella estuvo a punto de ir con ellos, pero se casó con papá y decidieron venir a la Patagonia. En Cuba los tíos poblaron tierras y tuvieron cafetales, hasta que el gobierno de Fidel Castro se los confiscó y ahora los descendientes se dedican a la hotelería y al turismo.
Mis padres se casaron y en 1920 llegaron juntos a Puerto Santa Cruz. Mi papá tenía veinticinco años y mamá diecinueve.
El trabajaba como alambrador en las estancias de los lagos Viedma y San Martín. Mientras tanto mamá se quedaba en el pueblo, donde en 1921 nació el primer hijo: Eduardo.
Ese mismo año fue la huelga rural y papá estaba en la pampa alta, la pasó bastante mal porque unos huelguistas le sacaron todo lo que tenía y lo llevaron prisionero a un lugar cerca de estancia Anita, como campañista de unos doscientos caballos robados. El se había hecho bastante de a caballo y como conocía algunas marcas de los animales robados, apartaba los de los amigos, tratando de que no los llevaran. Un buen día se apartó los mejores caballos, buscó su montura que había dejado escondida y se mandó a mudar después de varios meses. Mi papá contaba que había otros tres o cuatro campañistas.
En Piedra Clavada
Más tarde, mi papá se estableció en el lote 6 de los paisanos en el lago Viedma; ahí edificó una casita de piedra, comerciaba con ellos y mamá después lo fue a acompañar. Hicieron una buena amistad con los tehuelches, mencionaban a Ataliba, Zapa, Zainol, Pascual y Alvarado, además de un tal "Chepe" y al "Viejo Cocinero" que tenía la frase: "Parece que fuera mañana". Mi papá contaba que estando con los paisanos aprendió a amansar.
Un tiempo después consiguió carros y empezó a trabajar en el transporte, acarreando lana, víveres y leña. Más adelante se hizo mercachifle, siguió con el carro y luego se radicó con su familia en Paso Ibáñez (Piedra Buena). Ya habían nacido Elías y Aurora. Mis hermanos Eduardo y Elías fueron pupilos al Colegio Salesiano de Santa Cruz.
Unos años después de tener el carro, papá compró un camión Dodge seis cilindros con el que siguió trabajando como mercachifle. Un día decidió levantar su casa en una ladera a doscientos metros de la Piedra Clavada y a ochenta del río Chalía, cerca de Tres Lagos, porque le gustaba el paraje con la verdadera piedra clavada, que mide alrededor de veintiún metros.
Ese lugar es el paso hacia los lagos Argentino, San Martín y Viedma, inclusive hacia el lago Cardiel, con el camino malo, pero con el desvío a Laguna Grande, que le quedaba mejor.
Hizo primero un campamento precario al reparo de una piedra enorme. Era de chapa, con los ambientes divididos por bolsones de arpillera. En 1933 recién llevó en el camión a la familia. En la caja llevaban los muebles, equipaje con ropa y toda clase de cosas, y además, tres chivas y unos gatos de mascota.
En Tres Lagos había un comisario de apellido Chacón que no quería que papá se estableciera allí porque no era dueño de la tierra ni tenía autorización.
Un día que estaba colocando las primeras piedras y aparecieron el gobernador Gregores y su secretario, que como lo vieron trabajando con tanto esfuerzo, le dijeron: "Bueno Suárez, usted radíquese acá". El lote era campo fiscal, entonces el gobernador le cedió diez hectáreas. En 1940 consiguió el permiso para expendio de bebidas. Ya habíamos nacido: Adelaida "Adela"; Alfredo, quien habla y Pilar.
En Tres Lagos estaba el hotel de los Alquinta, que después lo siguieron "Negra" Alquinta con su esposo Juan Sarsoza. En la carnicería de Sarsoza comprábamos la cerne, un capón o medio, que siempre se pagaba al contado.
En nuestra zona estaban las estancias: Amor de los Fueyo; Adela de Cardozo; Soriana de De Gracia; Regina de los Fernández, Adriana de Jensen; Los Cerros de Waring; Cerro Bagual de Eusebio Lafuente; Olimpia de García; La Vega de Soria y El Moro de Concepción, entre otras.
El hotel, la obra
Hicieron un sótano donde estaba la habitación número uno, pero la idea era levantar todo el hotel en piedra, aprovechando que este material abundaba. Un lugar a unos trescientos metros funcionó como cantera, donde dinamitaban las piedras. Mi papá, recordemos, había sido minero en España y conocía de pólvora.
Utilizando una barreta agujereaban la piedra y colocaban el explosivo, luego encendían la mecha y explotaba. Hacían rodar las piedras cuesta abajo lo más cerca que se pudiera de la obra, luego se las llevaba de a cinco o diez, según el tamaño de los pedazos, sobre rastras con rieles que tiraban los caballos.
Una vez que estaban cerca del hotel en construcción, elegían las piedras que trabajaban de un lado y el otro. Entre los picapedreros que le ayudaron estaban José Arca, Máximo Fernández, Saturnino Landaburo y el "Loco" Rodríguez. Levantaban las piedras con aparejos y sogas porque pesaban doscientos kilos. Me acuerdo que Saturnino y Rodríguez también hicieron de carpinteros.
El dintel de cada puerta y ventana está hecho con una piedra entera y el grosor de las paredes es de setenta centímetros.
El hotel original tenía cuatro habitaciones, la cocina, el baño grande, además del bar, el comedor chico y en el mismo ambiente del bar estaban el mostrador y las estanterías del almacén de ramos generales. Había excusados afuera. Más adelante se hicieron cuatro habitaciones más y un ambiente se modificó para hacer nuevos baños.
El picapedrero durante esta etapa fue Francisco Jacic, alias "Pancho el Rengo". El después vivió en El Calafate.
Había luz eléctrica generada a través de un motor de doce voltios y después tuvimos un motor Lister de treinta y dos, que instaló Brezzo. Con la noria también teníamos energía, porque llevaba un diferencial y en la punta del paliere se ponía una polea con una rueda de coche y de esta manera, por medio de un generador, teníamos electricidad.
El agua, la quinta y las vacas
Hicieron una noria que colocaron a orillas del río Chalía, con la que se llevaba agua al hotel y a la quinta. Hicieron además una represa y un zanjón de dos mil quinientos metros con el arado tirado por los caballos. El agua, afortunadamente, sobraba.
Esta noria la construyó Francisco Brezzo, que era fotógrafo, herrero y mecánico, un hombre orquesta.
Mi papá plantó muchos árboles que le trajeron de la zona de Gregores y otros tantos de Mata Amarilla. Había una quinta y árboles frutales, como cerezos y perales, además de la chacra de alfalfa y avena, porque al pasajero que llegaba a caballo al principio se le regalaba el pasto y después se le empezaba a cobrar. Más adelante papá compró una prensa y empezamos a enfardar la alfalfa. Una buena temporada llegamos a cosechar setecientos fardos. Había un tramo en la costa del río donde teníamos papas, cosechábamos ochenta bolsas, que guardábamos en un sótano en el faldeo.
Mi papá era recio, pero bueno, porque por las buenas les sacabas lo que quisieras. Mamá era buenísima y la que apaciguaba cualquier situación. El se levantaba a las seis o siete de la mañana, tomaba mate y después de un rato, café con leche y pan casero con algún chorizo o jamón crudo que preparaba él mismo. Mamá se levantaba un momento después y empezaba a trabajar en la cocina. Enseguida papá salía a regar la quinta y si era noviembre o diciembre y había que cosechar el pasto, estaba arriba a las cuatro de la mañana porque más tarde el viento era tremendo.
A media mañana, huevo frito con panceta y a las doce y media o una, el almuerzo.
Un año trajeron una vaca lechera de Puerto Santa Cruz que llamamos "la paloma" y nos daba cerca de treinta litros de leche en dos ordeñadas. Mamá preparaba manteca, queso y dulce de leche. Otra vaca la trajimos de San Julián y se servían con toros que nos traían de ese pueblo, después criábamos el ternero, que se castraba y luego se vendía. En invierno las vacas se largaban y quedaban en la costa del río, pero sufrían si era muy crudo, entonces las llevábamos a la estancia de los Waring, donde quedaban hasta la primavera.
Los pasajeros
Mamá cocinaba con la ayuda de Aurora y Adela, también vivió con nosotros una prima: Elsa García (que se casó con Francisco Brezzo). Una vez que estábamos todos sentados a la mesa, Aurora servía los platos. Mi papá atendía el bar y el almacén con mis hermanos Elías y Eduardo.
Entre los que pasaban por el hotel, estaban Kaschewski, Cascón, Oluf Jensen, Juan Ampuy, Pedro De Gracia, Guillermo Campbell y el amigo "Negrito" Villalba, de la estancia Bajada de los Orientales. Era una alegría cuando Pedro De Gracia llegaba a Piedra Clavada porque siempre me defendía. Si papá me retaba por algo, él le decía: "¡Dejate de joder, que te estás poniendo malo!".
Mucha gente llegaba a caballo, como los de la estancia Oasis de Arroyo. Había corrales y caballerizas, porque algunos querían guardar su caballo, les vendíamos pasto y herraduras. Mi hermano Elías, junto con Brezzo, fabricaba las herraduras en la fragua con pedazos de elásticos. Debían templarlas bien para que no se rompieran y después, en un eje de carro, le daban la forma.
Mucha gente que trabajaba en las estancias venía al hotel a pasar el invierno, sacaban pensión por un mes, pagaban adelantado y se quedaban, pero a pesar de que se hospedaban como clientes, nos ayudaban en todo, cortar y traer la leña o darle pasto a los caballos y las vacas.
En invierno era más lindo para todos, especialmente para mamá, porque el número de comensales era fijo y así ella sabía calcular con una ollada de comida grande y amén de que los que se quedaban siempre ayudaban, incluso en la cocina, alguno hacía de cocinero, otro de ayudante de cocina, que por ahí se quedaban por la comida.
Mucha gente llegaba de a pie con su pilchita al hombro buscando trabajo, muchos de Natales y se repetían los apellidos: Barrientos, Barría, Cárcamo y Ojeda, que en el libro de pasajeros los identificábamos: "gorra blanca", "pañuelo azul", porque algunos andaban sin documentos. Me acuerdo que el oficial Melián les daba un papel para que anduvieran con alguna identificación.
Había paisanos que llegaban a comprar víveres, pero no se alojaban en el hotel, sino que acampaban a unos metros con su lona y su quillanguito de guanaco, al cuidado de su tropilla. Era una cuestión de honor para ellos dormir al reparo de una mata, a orillas del río, cerca del campo de La Regina, con permiso de Francisco y Cesáreo Fernández.
Me acuerdo de María, Ester y Luisa Zapa, Luisa me enseñaba palabras tehuelches.
En invierno
Había inviernos en los que quedábamos aislados, pero antes que empezara a nevar se encargaban siete camiones cargados de leña, que se cortaba y se guardaba. Mi papá también iba con el carro a caballo desde Piedra Clavada al río de las Vueltas, tardaba once o doce días y acarreaba buena cantidad de leña.
En el San Martín se le compraba al vasco Zurutuza o a los Andrade Noble y también se buscaba leña de incienso en campos de La Tapera de Vogelhumer y de Mank Aike, de Cozzetti.
En el almacén y la despensa del hotel teníamos víveres para todo el invierno, no sólo para nosotros, sino también para surtir a Tres Lagos. Un invierno nevó tanto que no podían salir de Tres Lagos y se estaban quedando sin alimentos, entonces nosotros, con un trineo de chapa que hizo mi hermano Elías y dos caballos que lo tiraban, les llevamos víveres. Uno de esos inviernos en que quedaron sin víveres llegaron a vender la sidra por copa.
En Piedra Clavada papá compraba diez o doce bordalesas de vino de doscientos litros, que se guardaban en el sótano. Mi papá compraba en la Casa Vidal, la Watson o la Argensud, además de otras cosas que se compraban directamente por catálogo o por medio de viajantes en Buenos Aires y que llegaban en la naviera de Pérez Companc y nos las llevaban a Piedra Clavada los fleteros: Pedro Suárez, Augusto Uric, Juan Ampuy, Camilo Balado, Bernardo Reiche, Andrés Jensen, José Cortés o "Fernandón". Otras veces, algún estanciero amigo preguntaba si había algo para Piedra Clavada y nos lo llevaba.
En invierno andábamos con trineo en el Chalía que se congelaba y siguiendo el dibujo del río, llegábamos hasta Tres Lagos, que era más lejos porque íbamos zigzagueando. En Piedra Clavada veíamos admirados patinar con patines al técnico Gutiérrez, a los Brodersen y los hermanos Garrido.
El correo, el mercachifle, el cura y el médico
El correo nos llevaba las revistas como el Billiken, a la que escribíamos porque podíamos sacar premios. Una vuelta mi hermana se sacó un terreno en Santa Fe. Coleccionábamos figuritas de la Nestlé sobre los astros y otros temas, ¡qué alegría cuando llenábamos los álbumes!… Nos llegaba la Argentina Austral, que nos gustaba ver quién salía en sociales, recibíamos catálogos y cartas de parientes y amigos, catálogos de la Casa Arias, Gath y Chaves.
Me acuerdo del andaluz Joaquín "Joaquinillo" Fernández, que traía la correspondencia y a veces se olvidaba alguna carta; le decíamos: "¡Pero, Joaquinillo, no me dejó la carta!"-"¡No importa, así tenés para la vuelta!". Otro que hacía el correo era Juls Christensen, que fumaba ci*******os Players y pasaba a las seis de la mañana. Había que levantarse a atenderlo, él decía: "Y me dá un vimú", porque temprano tomaba vermú con caña.
Entre los mercachifles estaban Ladislao Kraesky, que llegaba en su Chevrolet y siempre nos regalaba caramelos, y José Llebada, que andaba con un Chevrolet 4 cilindros. Mamá compraba a los mercachifles la tela por metro, tenía una máquina de coser y nos hacía pantalones y camisas, lo que quedaba chico para uno quedaba bien para el otro. Ella tejía y enseñó a mis hermanos mayores, Eduardo, Elías y Aurora, a tejer sus medias de lana.
El padre Torres pasaba por el hotel y una vuelta nos bautizó a algunos de mis hermanos y a mí. Estábamos contentos, aunque no sabíamos muy bien de qué se trataba. Este salesiano era conocido como el "cura gaucho" porque andaba a caballo y recorría las estancias. Mis padrinos fueron Eusebio Lafuente y Delfina Peralta, de la estancia Cerro Bagual.
El doctor Arce Pacheco era un médico peruano que durante años se hospedó y atendió en la pieza 4 del hotel. El tenía una Ford A. Un odontólogo de apellido Cisterna también atendió en el hotel. Este hombre se casó en siete oportunidades, hasta que lo descubrieron y fue preso. El usaba el torno a pedal.
El despacho de combustible, agencia YPF
En los años ´40 conseguimos en Bahía Blanca la agencia YPF con despacho de combustible. En Laguna Grande también había agencia y era de Marcos Ancic, al igual que en Santa Cruz que era de la oficina Harris (que continuaron Cirilo y Santos Oroz), después todos firmamos para que en Gallegos se la dieran a Angel De Dios.
En la entrada del hotel teníamos el surtidor de nafta conectado a un tanque enterrado de cinco mil litros que habitualmente se llenaba una vez al mes. El combustible ya no venía como antes en latas de veinte, sino que llegaba en barco y eran tambores de doscientos litros, que nos lo llevaba de Santa Cruz Juan Ampuy en su camión. Un requisito de YPF era que el depósito estuviera enterrado y tapado con tierra, pero papá, como buen picapedrero, hizo un sótano cuadrado donde colocaron el tanque y arriba le hizo el piso con piedra y cemento. Había un respiradero que ventilaba los gases que pudiera provocar el combustible.
El surtidor tenía capacidad para cuarenta litros y medidas marcadas de a cinco, entonces con la palanca bombeábamos el combustible hasta llenar el compartimento de vidrio que estaba arriba del surtidor y después, con otro movimiento de palanca, lo dejábamos caer e iba por la manguera al tanque del vehículo o a un barril en caso de que lo llevaran de reserva. Ya nosotros sabíamos de memoria cuántos bombazos le teníamos que dar, sabíamos que de Piedra Buena a Piedra Clavada gastaban, despacito, treinta litros. Muchos eran previsores y llevaban tanques suplementarios, como el Ford A, que llevaba un tanque con veinte litros más porque los que iban a Calafate les faltaba para llegar bien un poco más de combustible. Muchos pasajeros llevaban en un cajón latas de dieciocho litros.
Más adelante se hicieron nuevas excavaciones y montamos cinco tanques más de diez mil litros cada uno, para gasoil, nafta común y querosén. Mi hermano Elías, Nicolás Catrifil, Fabián Oyarzún, Custodio Posse y yo, trabajando con dos caballos y unas palas, emparejamos y pusimos tierra abajo y en los costados, hasta completar el nivel de la superficie.
Tres Lagos Turismo Oscar Nazer Facundo Alejandro Olivares Tres Lagos Cultura