24/03/2026
“Cuenten la que cuenten, el Estado no te puede matar.”
No hay relato posible que justifique el terror. No hay reinterpretación histórica capaz de borrar lo que ocurrió. Hace 50 años, un golpe de Estado inauguró uno de los capítulos más oscuros de nuestra historia: un plan sistemático de persecución, secuestro, tortura, desaparición y muerte ejecutado desde el propio aparato del Estado.
No fue una guerra.
No fueron “excesos”.
No hubo dos demonios.
Hubo un Estado que decidió volverse contra su propio pueblo.
Y frente a eso, la Argentina levantó una de las conquistas más profundas de su democracia: Memoria, Verdad y Justicia. Un camino construido por las Madres, las Abuelas, los organismos de derechos humanos y por generaciones enteras que se negaron a aceptar el silencio como destino.
Por eso, cuando hoy algunos intentan relativizar el horror, sembrar dudas o rehabilitar teorías que buscan diluir responsabilidades, no estamos ante un simple debate histórico. Estamos ante un intento de romper el pacto democrático que la sociedad argentina construyó después de la dictadura.
La memoria no es un ritual vacío.
La memoria es una defensa activa de la democracia.
Cada pañuelo que florece en una plaza, en una pared o en la conciencia colectiva es una señal de que el olvido no pudo vencer. Es la prueba de que, incluso medio siglo después, la sociedad argentina sigue eligiendo recordar.
Porque recordar es también advertir.
Recordar es decir que nunca más el poder del Estado puede convertirse en una máquina de muerte.
Y también es asumir una responsabilidad: que esta historia no termine en los libros ni en los actos oficiales, sino que siga pasando de mano en mano, de generación en generación, como una llama que no se apaga.
Hoy, a 50 años del golpe, la democracia argentina sigue siendo una construcción frágil que debemos defender con convicción, con memoria y con coraje.
Porque la verdad siempre termina floreciendo.
Y porque, aunque intenten contar otra historia, la memoria de un pueblo no se puede desaparecer.