30/06/2026
𝗖𝗢𝗡𝗧𝗥𝗔 𝗟𝗔𝗦 𝗢𝗣𝗘𝗥𝗘𝗧𝗔𝗦 𝗬 𝗘𝗟 𝗗𝗜𝗦𝗖𝗜𝗣𝗟𝗜𝗡𝗔𝗠𝗜𝗘𝗡𝗧𝗢 𝗚𝗔𝗕𝗥𝗜𝗘𝗟𝗔, 𝗦𝗢𝗠𝗢𝗦 𝗧𝗢𝗗𝗔𝗦!
🫶🏽 Compañera querida, Gabriela, luchadora: acá estamos. Presentes, a tu lado y de tu lado.
Tratando de salvar las distancias, pero acompañándote.
También denunciamos las operetas sucias que buscan desestructurarnos e intentar abortar nuestras luchas de décadas, nuestros trabajos apasionados y nuestras militancias; esas en las que hemos dejado la vida desde la adolescencia.
La tristeza es enorme. El dolor, aún mayor cuando toca leer juzgamientos que recuerdan al cuento del "rey desnudo", mientras se utilizan mecanismos de disciplinamiento semejantes a los de las estructuras del poder y del gobierno, ejercidos con lógica de monarquía autoritaria, señalando quiénes merecen ser escuchadas y quiénes deben ser expulsadas o "morir" políticamente —en sentido metafórico—.
Resulta imposible no advertir una organización torpe, grotesca y deliberada destinada a desestabilizar a quien lucha.
Hablar con los entornos para desacreditar a una compañera, pedir que no la escuchen, reducirla, cuestionarla y justificar ese accionar en nombre del feminismo y de los derechos humanos constituye una forma de violencia profunda y una evidente manipulación de la narrativa para sostener relaciones de dominación.
Es la violencia que busca aislar. Cortar vínculos. Perforar trayectorias. Desprestigiar. Desacreditar.
Y no existe fundamento que justifique la violencia.
La violencia es violencia.
Duele reconocer cuán equivocadas estuvimos al creer y aportar desde espacios que terminaron convirtiéndose en ámbitos de discriminación, donde se tejen estrategias para romper, manipular y destruir a otras compañeras, mientras se preservan estructuras de poder. Porque las organizaciones sociales también son espacios de poder.
Cuando las personas afectadas por estos mismos modus operandi ya no son una sola, el patrón queda al descubierto.
No. Esto no es cuidar las causas.
Estos actos degradan la humanidad; "humillan nuestros sentidos", como escribió Eduardo Galeano.
Es replicar la violencia del opresor. La del sistema. Y también aquella que puede reproducirse dentro de los propios movimientos y organizaciones.
Como advierte Rita Segato —parafraseando su pensamiento—, muchas organizaciones terminan pareciéndose cada vez más a las estructuras de poder que cuestionan.
Es importante señalar que la violencia que ejercen los abusadores y los violentos contra mujeres, niñas, niños y diversidades ya la conocemos y la combatimos todos los días.
También sabemos que quienes acompañamos esas causas —psicólogas, psiquiatras, abogadas, periodistas, trabajadoras sociales, docentes y otras personas comprometidas— solemos ser blanco de amenazas, hostigamientos, difamaciones e intentos de intimidación.
Esa violencia externa es esperable, aunque nunca deja de doler y, muchas veces, deja consecuencias.
Pero cuando a esa violencia externa se suma la violencia sistemática que nace desde el interior de nuestros propios espacios de militancia, el daño adquiere otra dimensión.
Se vuelve especialmente doloroso porque proviene de quienes, en principio, comparten los mismos ideales de justicia, igualdad y derechos; de quienes creemos que podremos confiar, pedir ayuda y encontrar sororidad cuando algo se vuelve difícil.
Y, sin embargo, ocurre lo contrario.
No hay contención. No aparece el acompañamiento. Tampoco la sororidad.
Entonces lo comprendés: te has vuelto —nos hemos vuelto— "una piedra en la zapatilla".
Se organiza el silencio. Y sabemos que la indiferencia y la llamada "ley del hielo" también constituyen formas de violencia.
Comienza una persecución sutil, disfrazada de análisis políticos, con cuestionamientos personales recortados y verbalizados de manera funcional a determinados intereses.
Continúa la difamación.
Se acorrala.
Se rompen vínculos.
Se obstaculizan el trabajo y las luchas.
Incluso se intenta infiltrarse, desde lo discursivo, en los propios espacios íntimos de compañeras, para generar inestabilidad desde adentro, allí donde compartimos historias de vida junto a las historias de víctimas y sobrevivientes que necesitan hablar y ser escuchadas.
El objetivo parece ser quebrar las redes de sostén.
Aislar.
Ensuciar trayectorias, en todos los ámbitos.
Atacar la dignidad, el buen nombre y la honorabilidad de quienes trabajan honestamente por una sociedad más justa, más solidaria y más colectiva, sin anular las particularidades de cada persona.
No olvidemos la interseccionalidad.
Se busca una sociedad con más derechos. Con personas que conozcan esos derechos. Que construyan autonomía. Y que encuentren en lo colectivo un espacio para habitar y quedarse, no del que deban huir.
Una mano. Una lengua. Una conversación que sale y sane heridas y no que las profundice.
Entonces cabe preguntarse:
¿Qué se hace con el poder en los espacios de poder?
¿Se alecciona?
¿Se castiga?
¿Se ridiculiza para generar inseguridad?
¿Se organizan encerronas?
¿Se intenta controlar incluso lo que una compañera publica o deja de publicar?
¿Desde cuándo una persona, por militar en el feminismo, o los derechos humanos o la política o la política partidaria o todos esos espacios tiene dueñas o dueños? ¿Volvimos a tiempos de esclavitud?
¿Debe el feminismo responder a determinados parámetros, expresarse de determinadas maneras y pensar únicamente dentro de los márgenes que otr@s establecen?
¿La lucha construye libertad o nuevos estereotipos?
Esto también puede convertirse en una forma de misoginia y de violencia.
Una lucha que termina quebrando y expulsando compañeras de su propio espacio; que incluso pretende indicar cómo debe ser la vida privada de una militante, cuánto tiempo puede llorar una pérdida o cómo debe atravesar las violencias sufridas, deja intacto al verdadero sistema que dice combatir y termina reproduciendo sus mismas lógicas.
Y sí: frente a semejante decepción, a la violencia proveniente de distintos ámbitos y a formas de hostigamiento organizadas, cualquier cuerpo y cualquier psiquis pueden enfermar.
Es nuestro deber interpelar las creencias ciegas cuando, desde una confianza legítima, escuchamos voces que replican acusaciones sin cuestionarlas.
Preguntarse siempre es un acto de responsabilidad.
Nadie debería decidir por otra persona qué pensar, a quién escuchar o de quién alejarse.
Pensar críticamente, detenernos a reflexionar, también es una forma de cuidar las causas, a quienes las sostienen y a los entornos que las hacen posibles.
Porque, tarde o temprano, los propios mecanismos de disciplinamiento terminan dejando al descubierto aquello que pretendían ocultar.
Y la verdad encuentra su camino.
Compañera querida: acá estamos.
Con vos.
Con tu honestidad.
Con tu compromiso.
Con los años de vida que entregaste, silenciosamente, para que cada causa encontrara un poco más de justicia.
Acá estamos, de tu lado.
Porque ninguna opereta, ningún acto de discriminación ni ningún intento de disciplinamiento puede borrar una trayectoria construida con años de trabajo, convicciones y coherencia.
Hay la necesidad imperiosa de construir nuevas formas de organización, hay que construir nuevos feminismos, un feminismo que no dañe, que no implosione compañeras, que no perjudique, un feminismo donde primero estén las víctimas y sobrevivientes y sus cuidados.
Un feminismo que no acumule poder para disciplinar. Un feminismo que cuestione cotidinamente sus privilegios.
Escribe: Susana Dromi
Acá estamos tus compañeras de las diversas organizaciones y de la Campaña Federal contra las Violencias Sexuales, A.S.I. y S.A.P.