05/09/2026
EL MALÓN SOBRE LA FORTALEZA PROTECTORA ARGENTINA
24 de agosto de 1836: sangre, cautiverio y una frontera en permanente conflicto
El 24 de agosto de 1836, la pequeña población asentada alrededor de la Fortaleza Protectora Argentina, en el actual territorio de Bahía Blanca, vivió uno de los episodios más violentos de sus primeros años de existencia.
Aquel asentamiento, establecido el 11 de abril de 1828 por la expedición encabezada por el coronel Ramón Bernabé Estomba, constituía uno de los puntos más avanzados de la frontera bonaerense hacia el sur. Su existencia era todavía precaria: pocos pobladores, una guarnición militar reducida, establecimientos rurales dispersos y una compleja red de relaciones con las distintas parcialidades indígenas de la región.
La fortaleza no era solamente un puesto militar. A su alrededor comenzaba a desarrollarse una población que dependía de la agricultura, la ganadería y del intercambio con los grupos indígenas aliados. En ese escenario, las alianzas podían modificarse rápidamente y las disputas entre diferentes parcialidades tenían consecuencias directas sobre la seguridad de la población fronteriza.
Un ataque que puso en jaque al asentamiento
Según diversas reconstrucciones históricas, aquel 24 de agosto una fuerza indígena de alrededor de 2.000 lanceros atacó las posiciones de Bahía Blanca y las tolderías de indígenas aliados ubicadas en las proximidades del arroyo Napostá.
Algunas fuentes atribuyen la conducción del movimiento a grupos boroanos vinculados con Juan Calfucurá, mientras que otras reconstrucciones tradicionales identifican entre los principales caciques participantes a Alón, Meligur y Curalén. Estas diferencias reflejan la complejidad de las alianzas indígenas de aquel período y la dificultad de reconstruir con absoluta precisión la composición de las fuerzas atacantes.
El ataque encontró a la población en una situación extremadamente vulnerable.
La defensa quedó a cargo del comandante Martiniano Rodríguez, quien logró organizar la resistencia y evitar que la Fortaleza Protectora Argentina fuera completamente destruida. La acción defensiva permitió finalmente rechazar a los atacantes, aunque a un costo humano muy elevado. Una crónica histórica de Bahía Blanca describe aquel episodio como un ataque que estuvo a punto de destruir la guarnición y destaca la intervención decisiva de Rodríguez en la defensa.
Venancio Coñuepán: un cacique entre dos mundos
Entre los mu***os se encontraba una figura fundamental de los primeros años de Bahía Blanca: el cacique Venancio Coñuepán.
Coñuepán era un cacique de origen araucano o boroano que se había establecido en las proximidades de la Fortaleza. Sus tolderías se encontraban en la zona del arroyo Napostá Grande, territorio que actualmente comprende sectores de la ciudad de Bahía Blanca.
Su historia demuestra que la frontera del siglo XIX no puede explicarse simplemente como un enfrentamiento permanente entre "blancos" e indígenas.
Existían indígenas aliados del gobierno, indígenas enfrentados entre sí, tratados, pactos, intercambios comerciales, enfrentamientos y cambios de alianzas.
Coñuepán había colaborado con las autoridades y con la guarnición de la Fortaleza Protectora Argentina. Incluso participó junto a sus lanceros en operaciones militares contra grupos boroanos enfrentados con el gobierno bonaerense.
Por sus servicios, su valor y su relación con las autoridades, había recibido reconocimiento militar. La documentación histórica recuerda que fue distinguido por el gobernador bonaerense Manuel Dorrego, llegando a ostentar el grado de teniente coronel.
Paradójicamente, aquel hombre que había contribuido a defender la frontera terminó cayendo precisamente durante uno de los ataques contra el asentamiento que había ayudado a proteger.
Las consecuencias de la batalla
El enfrentamiento dejó numerosas víctimas entre soldados, pobladores e indígenas aliados.
Las cifras varían según las fuentes y las reconstrucciones historiográficas. Algunas versiones hablan de alrededor de 50 defensores mu***os y unos 200 indígenas aliados caídos, mientras que otras crónicas destacan simplemente la magnitud de la matanza y las enormes pérdidas sufridas por la guarnición y las comunidades vinculadas a ella.
Lo que no ofrece dudas es que las consecuencias fueron graves.
Las instalaciones fueron saqueadas y destruidas en parte, se produjo un importante robo de ganado y numerosas personas fueron tomadas cautivas.
La pérdida de animales tenía además una importancia económica enorme. En una sociedad fronteriza donde el ganado constituía una de las principales fuentes de riqueza, el robo de hacienda significaba mucho más que una pérdida material: podía comprometer la supervivencia de familias enteras.
Los cautivos y la tragedia de la familia Iturra
Entre los habitantes tomados cautivos se encontraba Juanita Seguel de Iturra, esposa del sargento mayor Francisco Iturra, junto con sus dos hijos pequeños.
La familia tenía vinculaciones con la zona rural cercana a la Fortaleza y la propiedad de Iturra estaba situada en el paraje posteriormente conocido como Loma Paraguaya.
La historia de Juanita se convertiría en uno de los relatos más dramáticos de la frontera bonaerense.
Durante el cautiverio, la familia fue separada. Juanita logró regresar, pero uno de sus hijos, Rosalío, murió durante el cautiverio. Su otro hijo, Francisco Pío, permaneció retenido y sería posteriormente recuperado. La historia de Juanita aparece también vinculada al violento malón de agosto de 1837, cuando logró escapar de sus captores y advertir a los habitantes de Bahía Blanca sobre los planes de los atacantes.
Su vida posterior estuvo marcada por nuevas tragedias. Convertida en viuda años después, continuó al frente de la actividad comercial de su familia y sobrevivió incluso a nuevos ataques contra la población.
Su historia permite comprender que detrás de las cifras de una batalla existían familias concretas, niños, mujeres y hombres cuya vida quedó atravesada por la violencia de la frontera.
Una frontera atravesada por alianzas y venganzas
El ataque de 1836 tampoco puede comprenderse aisladamente.
Durante los años anteriores se había producido una profunda transformación en las relaciones entre las distintas parcialidades indígenas y el gobierno bonaerense.
La llamada masacre de Masallé, ocurrida en 1834, había provocado una fuerte ruptura entre grupos boroanos y los seguidores de Calfucurá. Posteriormente, las fuerzas de la Fortaleza Protectora Argentina, acompañadas por lanceros indígenas aliados encabezados por Coñuepán y otros caciques, participaron en campañas contra grupos boroanos.
En abril de 1836 fue mu**to el cacique Cañiuquir. Algunas reconstrucciones históricas sostienen que el trato dado a sus restos y la exhibición de su cabeza como trofeo contribuyeron a profundizar el resentimiento entre los boroanos y a impulsar nuevas alianzas contra los grupos indígenas aliados del gobierno.
Así, el malón de agosto de 1836 fue también consecuencia de una cadena de enfrentamientos, venganzas y cambios de alianzas que atravesaba toda la frontera sur.
El Napostá, territorio de la frontera
El escenario geográfico también resulta fundamental.
Las tolderías de Venancio Coñuepán se encontraban en las proximidades del Napostá Grande, un espacio que hoy forma parte del paisaje urbano de Bahía Blanca.
La ciudad moderna creció sobre un territorio que en aquellos años era una frontera militar y cultural.
Sectores que actualmente identificamos con barrios como Aldea Romana, Palihue y La Falda se encontraban muy lejos de la realidad urbana actual. Eran espacios abiertos, recorridos por grupos indígenas, tropas, partidas de ganado y pobladores rurales.
La posterior expansión de Bahía Blanca transformaría completamente ese territorio, pero bajo la ciudad contemporánea permanece la memoria de aquella primera frontera.
La Fortaleza que sobrevivió
El ataque del 24 de agosto de 1836 no consiguió destruir la Fortaleza Protectora Argentina.
La resistencia organizada por Martiniano Rodríguez y la acción de los soldados y de los indígenas aliados permitieron conservar el establecimiento.
Sin embargo, el episodio dejó una advertencia: la supervivencia de aquel pequeño asentamiento todavía estaba lejos de estar asegurada.
Un año después, en agosto de 1837, Bahía Blanca volvería a ser escenario de un ataque de enorme magnitud. Aquella vez, alrededor de 1.700 lanceros avanzaron sobre la población y la guarnición. La defensa volvió a ser desesperada y la población quedó nuevamente al borde de la destrucción.
La frontera no era, por lo tanto, una línea fija.
Era un espacio de negociación, comercio, cooperación, violencia, cautiverio y guerra.
Una historia que todavía interpela
El malón del 24 de agosto de 1836 forma parte de la historia fundacional de Bahía Blanca.
Recordarlo implica recuperar la memoria de quienes defendieron la Fortaleza, de los pobladores que perdieron sus bienes, de las familias que sufrieron el cautiverio y también de los indígenas que participaron de aquel complejo entramado de alianzas y enfrentamientos.
Entre todos ellos aparece una figura particularmente significativa: Venancio Coñuepán, cacique indígena, militar reconocido por las autoridades y aliado de la Fortaleza Protectora Argentina, mu**to en el mismo territorio que había contribuido a defender.
Su historia obliga a mirar la frontera del siglo XIX sin simplificaciones.
No fue una historia de dos bandos perfectamente separados.
Fue una frontera poblada por hombres y mujeres de diferentes orígenes, donde las alianzas cambiaban, las guerras entre parcialidades se mezclaban con los conflictos políticos de Buenos Aires y donde la supervivencia de los pequeños asentamientos dependía muchas veces tanto de las armas como de la diplomacia.