16/05/2025
Toda la historia de América sería inexplicable si no se tomara en cuenta, como un factor siempre decisivo, la división de los vencidos. La conquista de América, por ejemplo, resultaría un enigma indescifrable sin las feroces contradicciones internas de los imperios indígenas de México y Perú. Los ejércitos españoles no hubieran podido ni asomarse a esos vastos imperios, de no haber sido por el apoyo de sus aliados indios enemigos de Moctezuma y de Atahualpa. Los números son elocuentes. Las fuerzas que vencieron a dos de los ejércitos más poderosos del mundo de aquel tiempo eran ridículamente escasas: Hernán Cortés desembarcó en Veracruz acompañado por cien marineros, 508 soldados y 16 caballos; Francisco Pizarro entró en Cajamarca con 180 soldados y 37 caballos.
Pizarro encontró a la corona incaica desgarrada por la lucha entre sus dos grandes centros, el Cuzco y Quito, lo que es como decir, en términos de geografía actual, Perú y Ecuador. Cuando Pizarro traicionó y degolló al inca Atahualpa, la muerte del hijo del sol fue llorada en Quito, pero en cambio el Cuzco celebró la infamia a todo júbilo y borrachera. Atahualpa, hijo de madre quiteña, había aniquilado a su hermano Huáscar, que desde el Cuzco pretendía el trono imperial, mientras los españoles desembarcaban en la costa. “Ya lo matarán como él me mata”, fue lo último que dijo Huáscar. Después del sacrificio de Atahualpa, otros hermanos suyos, cuzqueños enemigos de Quito, acompañaron a Pizarro en la conquista. Pizarro coronó al príncipe Manco Capac, que ocupó un trono de latón hasta que se hartó de ser rey chiquito, rey vasallo de otro rey, y después fue el turno del príncipe Paullo.
«Los indios contra los indios» publicado en "Los hermanos sean unidos". Eduardo Galeano. Página 12. Febrero 2 de 1995.