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Entre-dos AT Psicoanálisis y Acompañamiento Terapéutico Desde esta perspectiva, nuestra ética asume y preserva el lugar del supremo bien como faltante.

Entre|dos, El acompañamiento terapéutico como praxis

Cuando pensamos el acompañamiento terapéutico desde el psicoanálisis, pensamos en términos de asumir el lugar de éste como praxis. Por esto sostenemos una diferencia radical con el discurso amo el cual supone una pretensión implícita de saber en relación al otro, tomado como un objeto a transformar. Es a consecuencia de sostener la máxima dista

ncia entre el ideal y el objeto, que la ética posibilita la apertura de un espacio que permite el sostenimiento de la transferencia. Es en la intersección entre la transferencia y la ética del psicoanálisis, que tiene por principio no utilizar el poder de la transferencia en favor del supremo bien, que es posible la apertura de un espacio donde aflore la escucha analítica. Así entre la ética y la transferencia se abre un espacio que podemos pensar como Entre|dos a partir del cual tomará valor tanto la escucha como la interpretación, corte de un binarismo basado en la consistencia del código hacia una terceridad que inaugura allí mismo el espacio de un saber, un saber no sabido que alude al contenido de verdad concerniente al sujeto. Hay un Entre|dos que apunta al lugar vacío que se abre como efecto de la transacción en la que se involucran la censura y la verdad. Podemos ilustrar este lugar vacío como un puro borde, un relámpago donde se nos re-presenta lo que conocemos como sujeto. Entiéndase que no representa más que un sujeto para otro significante, simbólicamente hablando. Sin embargo, el sujeto no tiene otra ex-sistencia que su propia desaparición. Ahora bien, entre censura y verdad, ¿Qué hay? El síntoma, podríamos decir, en tanto desaparece al sujeto, por el simple hecho de que es lo que lo representa para otro significante. Todo el arsenal de justificaciones que despliega el yo para dar cuenta de su síntoma suele ser mentira, pero la mentira, encubridora, necesariamente implica algún tipo de ligadura con la verdad, en tanto el yo no sabe lo que dice cuando habla, y algo escapa a su dominio. Al decir que el sujeto solo aparece desapareciendo, dirigimos la atención hacia la huella que deja tras sí en el momento mismo en que se fuga. Es ese vacío el que representa el síntoma, en él, paradójicamente, el sujeto se revela incluido al mismo tiempo que se lo excluye. Entonces, queda lo censurado como resto, aunque no sin la muesca propia de la dimensión de la verdad. Y es allí, donde se revela esa marca, categóricamente hablando, donde re-encontramos algo que liga al sujeto con el deseo del Otro; que en tanto agujereado no puede dar respuesta total a su deseo pero, sin embargo, lo concierne tanto como lo captura. Proponer el acompañamiento terapéutico como praxis implica situarlo en el punto donde la teoría es desbordada. Intersección donde lo real restituye la radicalidad de la clínica la cual ya no podrá ser reducida a una mera aplicación práctica de las formalizaciones teóricas. Es por estar indisolublemente ligado a su praxis que el psicoanálisis encuentra en el punto de atravesamiento por lo real, un límite al rigor de las formalizaciones teóricas e introduce un impasse donde algo deviene necesariamente equivoco y que nos responsabiliza, desde la dimensión misma de la política de este acto, en la tarea de poder renovar de manera constante nuestro trabajo teórico a la luz de nuestra clínica, no sin la teoría, aunque la teoría no pueda decir-lo todo. Esto significa que lo que se encuentra en el horizonte de la política de la interpretación del psicoanálisis es la lógica de la castración, como núcleo fundante de la neurosis. Es gracias al espacio Entre|dos, entre la ética y la transferencia, que se produce un viraje de un espacio de poder al espacio de producción de un saber, un saber no sabido: en el análisis. Desde esta posición, la función del acompañamiento terapéutico puede dirigirse sobre la fijación del sujeto para posibilitar la entrada en circulación en el entramado simbólico, efectuando un tratamiento de lo real, restituyendo la posibilidad de constitución de un lazo social, o bien, erigiendo un saber hacer con ese real que haga existir el infortunio común. Lo que está en juego en la problemática que planteamos es la función del acompañante en su desdoblamiento entre el otro semejante y el Gran Otro, punto donde se encuentra la posibilidad de pasar de una relación imaginaria, especular, a la posibilidad de construir o constituir lazo social, en tanto este último supone la terceridad. Es lo paradojal de situarse en el lugar del semejante para mediante un corrimiento de ese lugar, producir un giro que abra la puerta al lazo social, es decir soportar mediante dicha intervención la circulación de la falta. Esto significa hacer existir el Entre|dos como sostén del lazo social. Así el saber analítico presenta un modo de configuración particular dónde el equívoco impide la obtención de un sistema único que lo distancia así de la pretensión de racionalidad moderna de arribar a una formalización total, sin resto. Por tanto el espacio epistémico donde se sostiene el psicoanálisis será en este Entre|dos que se configura entre por un lado, la necesidad de arribar a algún tipo de formalización rigurosa que permita su transmisión y por el otro, el reconocimiento del imposible que es introducido una y otra vez de manera incesante por lo real que subyace a la praxis. Este espacio epistémico no es sin un dispositivo de co-supervisión que habilite la transmisión y el reconocimiento de este imposible como resto. Resto que inaugura el lugar del deseo. Si lo simbólico no hace cadena, no hace lazo social. Ya que todo lazo social supone un lazo significante. En este sentido, si pensamos al acompañamiento terapéutico como praxis, no podemos hacerlo sin la construcción de un dispositivo tendiente a la puesta en acto y palabra de lo que habitamos, en tanto sujetos, de dicha praxis.

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