17/07/2026
¿La gran final se juega en la cancha o en el Senado? El grito que nos debemos por la patria
Argentina vuelve a quedar en pausa. El domingo, millones de personas van a mirar el mismo partido, con las cábalas listas, la bandera en el balcón y el corazón acelerado. Que la Selección haya llegado a otra final del mundo es una alegría enorme. Nos da una excusa para abrazarnos, salir a la calle y sentir, aunque sea por un rato, que estamos del mismo lado.
El fútbol tiene esa fuerza. No pregunta de dónde venimos, a quién votamos ni cuánto tenemos en el bolsillo. Nos reúne alrededor de una camiseta y nos recuerda lo que puede pasar cuando empujamos en conjunto.
Pero mientras esperamos el partido, en el Congreso se juega otro encuentro. No tiene tribunas llenas ni relato en cadena nacional, aunque lo que está en disputa puede afectar a varias generaciones.
Por eso cuesta no hacerse una pregunta: ¿qué pasaría si defendiéramos nuestro territorio con la misma pasión con la que defendemos la Selección?
Mientras la pelota rueda en el norte del continente, en el Senado se debate la Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada.
El oficialismo pidió un cuarto intermedio hasta el 6 de agosto porque no tenía los votos necesarios para aprobarla. Dicho en términos futboleros: el partido se frenó porque la oposición logró cerrar los espacios, pero la discusión todavía no terminó. El proyecto volverá a la cancha.
Lo que está en juego no es una copa. Se discute quién puede comprar nuestras tierras, qué pasa con las zonas de frontera, con los recursos hídricos y con los territorios afectados por los incendios.
Ahí aparece una contradicción difícil de ignorar. Cantamos “el que no salta es un inglés”, pero en el Congreso se analiza permitir que capitales extranjeros, incluidos los británicos, compren millones de hectáreas en zonas sensibles para la seguridad nacional y en áreas con recursos estratégicos. La propuesta también eliminaría el límite histórico del 15 %.
No alcanza con gritar soberanía en una tribuna si, cuando se decide sobre el territorio, miramos para otro lado.
No hay nada malo en la euforia futbolera. Al contrario. En un país atravesado una y otra vez por crisis económicas y sociales, la Selección ofrece una alegría real. Da identidad, pertenencia y un respiro.
Quien compra una camiseta haciendo un esfuerzo no es alguien desinformado ni ignorante. Es una persona que busca compartir una felicidad que pocas veces aparece de manera tan colectiva.
El problema no es que nos movilicemos por el fútbol. El problema es que no reaccionamos con la misma energía cuando se toman decisiones que pueden cambiar el futuro del país.
Por la Selección salimos de a millones, lloramos, discutimos cada jugada y exigimos resultados. En cambio, frente al recorte del 69 % en el presupuesto destinado al manejo del fuego o ante la posibilidad de entregar recursos estratégicos a grandes corporaciones, muchas veces domina el silencio.
Algún día, nuestros hijos e hijas podrían preguntarnos por qué salíamos a la calle a aclamar a jugadores ricos que corrían detrás de una pelota, pero no hacíamos lo mismo para defender la tierra, el agua, los bosques y las fronteras de nuestra patria. Y no sería una pregunta fácil de responder.
Una forma de patriotismo dura lo que dura el partido. La otra exige informarse, debatir, participar y pedir explicaciones. No tiene canciones pegadizas ni una pantalla gigante, pero define sobre qué suelo van a vivir las próximas generaciones.
Si la Selección pierde, dolerá. Habrá bronca, tristeza y discusiones durante semanas. Pero dentro de cuatro años habrá otra oportunidad.
Con la tierra no pasa lo mismo.
Cuando el territorio queda en manos extranjeras sin límites, cuando un bosque nativo se quema y después se convierte en un negocio inmobiliario, no siempre hay vuelta atrás. No existe un partido de revancha capaz de recuperar lo perdido.
Ojalá este domingo salgamos a festejar. Ojalá las calles vuelvan a llenarse de banderas, abrazos y canciones.
Pero también necesitamos que el 6 de agosto, cuando el Senado retome el debate, la ciudadanía haga sentir su voz. Que pregunte, que exija respuestas y que siga de cerca cómo vota cada representante.
Porque defender la patria no es solamente alentar a quienes llevan la camiseta. También es cuidar la cancha completa: la tierra, el agua, los bosques y las fronteras.
Sin ese suelo, no hay futuro que podamos salir a festejar.