20/09/2026
Hay momentos en los que uno necesita frenar un segundo, mirar alrededor y reconocer todo lo que está pasando. Hoy me pasó eso.
Hace días que estamos trabajando en la organización del agasajo a los trabajadores rurales de Tierra del Fuego. Para quien lo vea desde afuera, quizás sea simplemente una cena, un asado para 150 personas, una noche para compartir y celebrar. Pero detrás de esa noche hay muchísimo más. Hay días de trabajo, gestiones, problemas que resolver, cosas que aparecen a último momento y, sobre todo, muchas personas poniendo sus manos, su tiempo y su corazón para que todo pueda hacerse.
Hace unos días fuimos con los chicos que estarán a cargo de la parrilla a conocer el fogón y descubrimos que los asadores no estaban en condiciones. Hacían falta diez nuevos. Y la respuesta de mis amigos fue tan sencilla como enorme: “Los hacemos nosotros”.
Para poder hacerlo había que transformar en taller ese futuro quincho de mi casa que estaba lleno de cosas acumuladas durante años. Y ahí apareció mi hermana Daiana, que vino de Alemania de sorpresa, se puso unos guantes y se puso a trabajar conmigo como si hubiese venido exclusivamente para eso. También apareció mi hermano Mariano, que hizo más de 200 kilómetros desde Ushuaia y, dejó por un rato sus propios problemas para estar dos días a mi lado, trabajando sin parar, limpiando, cargando, seleccionando, acomodando y dejando todo en condiciones.
Hoy al mediodía ellos se fueron. Y apenas unas horas después llegaron Luis, Alejandro y Eduardo, mis amigos. Los mismos que no preguntaron qué había que pagar, cuánto tiempo iba a llevar ni qué recibían a cambio. Simplemente vinieron.
Desde las dos de la tarde hasta entrada la noche hubo fierros, soldadura, trabajo, mates, cansancio, risas y amistad. Eduardo soldando durante horas; Luis y Alejandro poniendo el cuerpo en todo lo que hacía falta. Y finalmente ahí estaban: los diez asadores terminados.
Y en medio de todo esto estuvo Natalia. Con su mamá de visita, sus hijos y sus propias obligaciones, encontrando igualmente algún momento para escaparse, acercarse, cebarnos unos mates y acompañarnos. Quizás parezca un detalle pequeño. Para mí no lo es. Es otra manera de decir estoy con vos.
Esta noche, cuando terminamos, miré alrededor y sentí algo difícil de explicar: me sentí profundamente acompañado.
Muchas veces siento que empujo solo. Que gestiono, insisto, organizo y trato de hacer que las cosas sucedan aun cuando los recursos son pocos. Pero estos días me demostraron algo que quizá necesitaba recordar: no estoy solo.
Y hay algo todavía más fuerte. Ninguna de estas personas tiene obligación alguna con UATRE. No pertenecen al gremio, no tienen responsabilidades con los trabajadores rurales y no obtienen absolutamente nada a cambio.
Lo hacen por amor.
Por amor a mí, por acompañarme en estas patriadas que muchas veces se me ocurren y porque terminaron entendiendo y haciendo propia una parte de aquello en lo que yo creo.
Por eso también quiero que quienes el 10 de octubre se sienten a esa mesa sepan algo: esa comida no empezó el día del asado.
Empezó mucho antes.
Está hecha de horas de trabajo que nadie va a ver. De amigos soldando hasta la noche. De hermanos recorriendo miles y cientos de kilómetros y poniéndose los guantes. De una compañera que encuentra diez minutos donde parece que no los hay para acercar un mate. De personas que no esperan una foto, un cargo, un reconocimiento ni nada a cambio.
Así hacemos muchas cosas en esta Seccional. A pulmón. Como avanzamos con nuestro terreno, como hicimos su limpieza, su mensura y tantos otros proyectos. Con José somos apenas dos personas sosteniendo diariamente muchísimo trabajo, y detrás nuestro existe una familia y un grupo de amigos extraordinarios que muchas veces terminan haciendo suyas nuestras locuras.
No cuento esto como una queja. Todo lo contrario.
Lo cuento porque hoy tengo el corazón lleno.
Porque detrás de cada cosa que logramos hay una historia que casi nunca se ve. Y porque sería injusto que alguna vez alguien pensara que todo esto lo hace una sola persona.
Yo podré tener las ideas, insistir, gestionar, soñar y meterme en alguna que otra patriada…
Pero hay sueños que solamente se vuelven realidad cuando alrededor tenés personas dispuestas a ensuciarse las manos para ayudarte a construirlos.
Gracias Daiana. Gracias Mariano. Gracias Natalia. Gracias Luis, Alejandro y Eduardo.
Gracias por estar cuando nadie los obliga a estar.
Gracias por hacer propias mis locuras.
Gracias por poner el cuerpo donde yo pongo los sueños.
Y, fundamentalmente, gracias por hacerme sentir algo que esta noche siento con una fuerza enorme:
que todo el esfuerzo vale la pena y que, aunque muchas veces parezca que empujo solo, nunca camino solo.