01/06/2026
¿Qué dolor tiene que sentir una sociedad para reaccionar?
Como presidenta de la Fundación ALAVI, como mujer, como mamá y como abuela, siento una tristeza imposible de describir. Cada vez que una niña desaparece, cada vez que una mujer es asesinada, cada vez que una infancia es vulnerada, algo se rompe en todos nosotros.
Hoy el dolor tiene el rostro de esta joven. Ayer tuvo el de Lucio. Antes fueron Loan, Sofía Herrera, Guadalupe y tantos otros nombres que se transformaron en titulares, en marchas, en lágrimas y, con el paso del tiempo, en silencios.
Y es imposible no preguntarse: ¿cómo puede ocurrir esto en un país que cuenta con fuerzas de seguridad, organismos especializados, tecnología, sistemas de inteligencia y estructuras estatales enormes? ¿Cómo es posible que pasen días, semanas, meses o años sin respuestas? ¿Cómo es posible que haya familias condenadas a vivir una vida entera esperando saber qué pasó con sus hijos?
Hay una verdad incómoda que muchos prefieren no mirar. Existe un submundo oscuro y perverso donde las infancias y las mujeres son convertidas en mercancía. Un mundo alimentado por el silencio, la complicidad, la indiferencia y el miedo. No ocurre solamente en las películas. No sucede únicamente en países lejanos. Ocurre aquí. En nuestras ciudades. En nuestros barrios. Más cerca de lo que queremos admitir.
Lo más terrible no es solamente el crimen. Lo más terrible es acostumbrarnos. Ver una noticia, indignarnos unos días, compartir una publicación y después seguir adelante como si nada hubiera pasado.
Pero para la familia de una víctima el dolor no termina cuando las cámaras se apagan. No termina cuando deja de ser tendencia. No termina nunca.
Mataron a Lucio y todavía hay cientos de niños viviendo situaciones de violencia todos los días. Desaparece una niña y nos conmocionamos, pero hay otras en riesgo mientras leemos estas palabras. Nos horrorizamos ante cada caso, pero muchas veces miramos hacia otro lado cuando la realidad golpea nuestra propia puerta.
Por eso la pregunta no es solamente qué hacen el Estado, la Justicia o las fuerzas de seguridad.
La pregunta también es: ¿qué hacemos nosotros?
¿Denunciamos cuando vemos algo sospechoso?
¿Escuchamos a los niños cuando hablan?
¿Acompañamos a las familias que buscan?
¿Nos informamos?
¿Exigimos respuestas?
¿Marchamos?
¿Le damos voz a quienes ya no pueden hablar?
Porque el silencio también protege a los violentos.
No podemos devolverles la vida a quienes fueron asesinados. No podemos borrar el sufrimiento de las familias. Pero sí podemos negarnos a ser una sociedad indiferente.
Cada niño que salvemos, cada mujer que logremos proteger, cada denuncia que evite una tragedia, será una victoria contra quienes creen que la vida humana tiene precio.
No esperemos a que la próxima foto sea la de alguien que amamos.
Las infancias no necesitan nuestra lástima. Necesitan nuestro compromiso.
Y ese compromiso debe ser hoy. Antes de que sea demasiado tarde para otro niño. Antes de que sea demasiado tarde para otra niña. Antes de que el dolor vuelva a tocar la puerta de una familia más.