18/09/2026
A fines de julio de 1945, el USS Indianápolis navegaba en una misión secreta y muy especial: transportar partes de la primera bomba atómica al atolón de Tinian en el Océano Pacífico, donde tenía su asiento la base de los bombarderos B-29 estadounidenses.
Habiendo cumplido con su misión, con 1.197 hombres a bordo, regresaba en secreto con dirección oeste hacia el Golfo de Leyte, en las Filipinas, cuando fue sorpresivamente atacado por un submarino japonés con una salva de 6 torpedos, impactando en su estructura dos de ellos
El primer torpedo impactó poco después de la medianoche del 30 de julio y seccionó 20 metros de la proa. El segundo torpedo pegó en la sala de generadores y casi partió al crucero en dos mitades.
Ese mismo día el Capitán de Corbeta Mochitsura Hashimoto había recibido órdenes de patrullar las aguas situadas al este de Filipinas y destruir a cualquier buque enemigo que tuviera al alcance de su I-58.
Como el Indianápolis no tenía sonar para detectar submarinos, su Comandante, el RAdm Charles McVay solicitó una escolta pero se la negaron. Le informaron que la marina japonesa alli no era una amenaza, omitiendo la información acerca de que había submarinos japoneses activos en el área. Mientras daba sus últimas bocanadas de aire y era ingerido por un mar sereno y extenso, a Hashimoto todavía le dio tiempo para subir el periscopio evaluar aquel desastre y continuar su derrota hacia el norte.
Sin embargo, para aquellos marinos estadounidenses que lo tripulaban, la odisea apenas se disponía a comenzar. En menos de quince minutos fue engullido por las aguas, pero dos terceras partes de sus tripulantes tuvieron tiempo de arrojarse al agua o, los más afortunados, subirse a los escasos botes que habían podido rescatarse a tiempo, puesto que muchos botes salvavidas se habían hundido con el barco.
En total fueron unos 800 marinos los que sobrevivieron luego del ataque inicial, mientras que unos 400 quedaron en el mar, como presas de los tiburones; los implacables escualos los atacaron repetidamente, tiñendo rápidamente de rojo las aguas cercanas.Muchos intentaron trepar a los botes de goma pero en su desesperación lo único que conseguieron fue volcarlos y condenar a sus compañeros a una muerte segura.
Pero tenían una esperanza, que el USS Idaho se percatara de que el Indianápolis no habría de llegar hasta la zona de reunión para llevar a cabo los ejercicios navales coordinados.
Sin embargo, lo que no sabían los cada vez menos náufragos era que ese crucero pesado nunca recibió el mensaje de reunión.La mayoría de los hombres en el agua decidieron mantenerse unidos en grupo, pues consideraban que esa era la mejor defensa para los ataques de tiburones y para ser avistados por el rescate. Con cada ataque, las nubes de sangre en el agua, los gritos y el chapoteo, hacían que atrajeran más tiburones.
Bajo el sol abrasador, día tras día, sin comida ni bebida, los hombres se estaban muriendo también por exposición solar y deshidratación. Con sus salvavidas empapados, muchos terminaron exhaustos por tratar de mantenerse a flote y se ahogaron.
Durante el cuarto día, una aeronave de la marina inesperadamente pasó y detectó a algunos náufragos en el agua.
Inicialmente pensaron que no los habían visto.Pero luego, poco antes del atardecer, un hidroavión grande apareció súbitamente, cambió de dirección y voló sobre el grupo.
Buques de la Armada se apresuraron a llegar al lugar y empezaron rescatar a los grupos de marinos dispersos en el océano. De una tripulación de casi 1.200 hombres, sobrevivieron sólo 317. Al hacer recuento de los sobrervivientes, los médicos se encontraron con el Cte McVay, quien tuvo la suerte de poder escapar de aquella tragedia.
O al menos eso creía él. Y es que, después de recuperarse, fue juzgado por cometer errores de juicio profesional que, según los mandos, costaron la vida de sus subordinados y la pérdida del buque de la Armada. Se le imputaron cargos de no dar la voz de abandono y no haber navegado en plan zig zag.
Traido por la fiscalía, en el juicio dió su testimonio Hashimoto quien declaró que, navegara como hubiese navegado el navío, él lo hubiese destruido. Se declaró que habia estado navegando en zig zag todo ese día hasta 15 minutos antes del ataque, para luego poner alta velocidad. Respecto a la orden de abandono, la defensa declaró que se hizo a la voz porque el torpedo que impactó en generadores lo había dejado sin energía.
En busca de un chivo expiatorio, se rumoreaba en aquella época que la Armada de Estados Unidos responsabilizó por el desastre del Indianapolis a su Comandante para tapar fallas en la planificación y control de esa misión y otros fallos de conducción operacional en Guam y Filipinas.
Durante años su tripulación sobreviviente defendió públicamente sin éxito y en distintos foros a la humillada figura de McVay, quien había resultado culpable y degradado a Captain. Unos años después de la sentencia, sin causa explicitada el Adm Nimitz lo restituyó en su antiguo grado, retirandose luego de la Armada en 1949. Posteriormente por algún tiempo habría recibido cartas y algunas manifestaciones de repudio a su persona por aquel hecho que marcó su existencia, hasta que una tarde de noviembre de 1968, abrumado por el escarnio, la depresión y la soledad tras la muerte de su esposa, puso un arma en la sien y se suicidó en su casa de Connecticut.
De nada sirvió que alegase que su itinerario era secreto, que le habían dado expresas instrucciones de zig zag a discresión del Comandante del buque, que las estaciones de rescate desconocían su presencia en el área por el tipo y secreto de la misión, que no se le permitió llevar escolta por la falta de sonar en su unidad, que la inteligencia naval no le brindó información de amenaza enemiga del área, que había mandado el SOS a las estaciones cercanas y éstas no acusaron recibo del pedido de auxilio ni que el propio Comandante del submarino japonés -detenido con el final de la guerra- asegurase ante el tribunal que dadas las condiciones en que navegaba el Indianapolis, ninguna decisión que tomara el acusado hubiera evitado el ataque de él o de cualquiera de los otros tres submarinos nipones en el área.
De muy poco sirvió que en el año 2000, después de reabrirse la investigación ante la insistencia y a instancias de algunos de sus antiguos subordinados aún con vida, algunos familiares y el propio Hashimoto, el Presidente Bill Clinton lo exhonerara de ambos cargos y rehabilitara oficialmente el honor de su memoria.
Había pasado mucho tiempo. Demasiado.
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