17/06/2026
Cuando tenés todo en contra, hay dos opciones. O te entregás, o te plantás como Vozinha contra España. Llegó al Mundial sin club; se le había terminado el contrato en la segunda de Portugal y nadie estaba dispuesto a comprarlo, a los 40 años. Para colmo, no le pudo pagar la visa a su madre para que viajara a Estados Unidos a verlo atajar. Enfrente tenía a un equipo valuado en mil doscientos millones de euros. "¿Cuántos goles le va a meter Lamine Yamal?", era la pregunta de todos. Después de todo, Cabo Verde entró al Mundial colgado de la ampliación a cuarenta y ocho equipos; de otra forma, Vozinha hoy estaría de vacaciones jugando al vóley en las playas de su isla. No había presupuesto ni para la foto oficial, la hicieron frente a un mural callejero que pintó un artista de esas tierras.
Pero cuando empezó el partido, en cada volada no había solamente un flash para los fotógrafos, ni una jugada de adorno para los resúmenes de la televisión. Había un trasfondo. La prueba de que un hombre puede no tener precio en el mercado, pero tener un corazón gigante y ser, al mismo tiempo, un artista que pinta en el aire. Porque los dueños del fútbol calculan todo con números y frías planillas, pero el corazón no entra en las oficinas de Transfermarkt. Y es que a veces la vida te clava los ojos y te pone encima un desafío imposible, no para que lo venzas, sino para ver de qué madera estás hecho a la hora de afrontarlo. Vozinha tuvo que aprender el oficio de electricista por si algún día el fútbol ya no le permitiría vivir de eso. En el retiro, tal vez, le tocaría volver a los cables y a las pinzas. Quién sabe. Pero él es terco, duro como los volcanes que rodean la isla, y sabe muy bien que las palmeras no se quiebran ante los vientos. Ellas, flexibles, resisten cualquier vendaval. Vozinha resistió los noventa minutos y Cabo Verde le empató al principal favorito a ganar el Mundial. El mundo, boquiabierto, descubrió a un nuevo héroe. Y sí, Vozinha no tiene precio.
Adrián Michelena ✍️