08/08/2026
¿ SABÍAS QUE...? Meri Musse nació un 29 de febrero de 1908, en la costa mediterránea al pie de las montañas del Líbano, una región bajo dominación otomana. Fue la primera de los ocho hijos del escritor Elias Musse y de Ana Cheb.
Cuando contaba con seis años, una decisión cambiaría su vida. Las noticias que llegaban desde América impulsaron a sus padres a emigrar a la Argentina. Perseguidos por las tensiones políticas del viejo imperio, soñaban con un lugar donde pudieran trabajar en paz, sin importar sus ideas o su fe.
Pero el viaje no era para todos. Meri quedó al cuidado de una de sus abuelas y, la promesa de que regresarían a buscarla se fue desdibujando mientras que en el territorio libaneses se desataban las consecuencias de la Gran Guerra.
El Imperio Otomano que se había unido a Alemania, enfrentó el bloqueo naval impuesto por los Aliados. En tiempo de crónica escasez, Meri creció alimentada más por la esperanza que por el pan. Para salvarla de tanta miseria fue entregada a otra familia, pero su llanto desconsolado los obligó a devolverla.
En 1923, tras la muerte de su abuela, quedó al cuidado de un tío. Sin muchos motivos para seguir viviendo allí, decidió emprender el viaje hacia la tierra de todo lo posible. Era menor y la ley exigía que lo hiciera acompañada de un adulto, entonces una prima recurrió a viejos contactos y le consiguió un documento falso.
La adolescente se embarcó en tercera clase. La travesía transoceánica en condiciones precarias, entre rostros extraños y voces incomprensibles, se prolongó más de tres meses.
Cada amanecer era un paso más hacia el reencuentro que había anhelado más de la mitad de su vida.
Antes de llegar al puerto de Buenos Aires, en medio de un gran alboroto por haber concluido el viaje, perdió una de sus valijas, sus documentos y algunas de sus pertenencias.
Al desembarcar nadie la esperaba. Como a tantas otras mujeres que llegaban solas le ofrecieron trabajo en una casa de tolerancia. Sin embargo, un matrimonio sirio logró ponerla a salvo: la recibieron en su hogar y, al día siguiente, la acompañaron a la estación para que continuara el viaje. En el pueblo de Lobería se reencontró con sus padres y con sus hermanos nacidos en Argentina: Alberto, Marta y Margarita. Tiempo después llegarían Elena, Matilde, Cecilia y Emilio
Meri colaboró en la crianza de las pequeñas y, tiempo después, contrajo matrimonio. A los 17 años, el 17 de marzo de 1925, se casó con Manuel Mauad, un barraquero libanés doce años mayor al que apenas conocía y con quien tuvo cuatro hijos: María Rosa, Ernesto, Atilio y Alberto Manuel. En la barraca familiar aprendió el oficio: la clasificación y comercialización de lanas y cueros, actividad fundamental para la economía loberense del siglo XX.
En épocas de esquila lo de “Mauad” recibía la mayor parte de la producción lanar del partido, además de cueros. En el boulevard San Martín era habitual el tránsito de carros y carretas cargadas de bolsas que se almacenaban en los depósitos para luego, venderlas en Buenos Aires.
En ese escenario, un episodio doloroso la llevó a distanciarse de su esposo, lo que marcó un antes y un después en su vida: fue cuando se convirtió en la primera mujer barraquera de nuestra provincia. Sin saber leer ni escribir, desarrolló una extraordinaria habilidad para los cálculos mentales y, junto a sus hijos, sostuvo una de las empresas más prósperas de la ciudad.
En esos años se le manifestó una parálisis facial periférica que la acompañó durante toda la vida. Sin embargo, nunca dejó que eso opacara su espíritu de lucha ni la ternura con la que cuidaba de los suyos.
Favorecida por un premio de lotería, viajó con sus hijos al Hospital Italiano de Buenos Aires para que recibieran atención médica de excelencia. Con ese mismo dinero, les regaló sus primeras bicicletas.
Meri Musse no solo sobrevivió a una crisis humanitaria en Medio Oriente y a una travesía transoceánica llena de riesgos; también supo forjarse un camino propio. Su barraca “Meri M. de Mauad e Hijos”, fue durante décadas un engranaje clave en la cadena productiva local.
Años de trabajo consolidaron su economía lo que le dio margen para entregarse a su pasatiempo favorito: las noches de casino en Necochea.
Aquella adolescente libanesa encontró en Lobería la tierra donde echar raíces. Aquí vivió hasta el 24 de febrero de 1992, dejando el recuerdo de una mujer adelantada a su tiempo.
Fotografía: Meri Musse ❤