13/09/2026
Cuando hablamos de tiempo solemos pensar en horas, días, calendarios, en un antes y un después.
Pero mucho antes de poder comprender el tiempo, el niño ya lo está viviendo en su cuerpo.
Lo experimenta en el ritmo del sueño y la vigilia. En el hambre y la saciedad. En aquello que aparece, desaparece y vuelve. En una voz que anticipa. En un juego que se repite. En la espera entre una acción y otra.
También en algo que comienza, transcurre y termina.
Esas experiencias van construyendo progresivamente una dimensión fundamental: la continuidad.
La posibilidad de experimentar que entre aquello que ocurrió y aquello que vendrá existe un hilo; que una interrupción no necesariamente supone una ruptura; que algo puede terminar y otra cosa puede comenzar.
Desde la Psicomotricidad, entonces, el tiempo no es solamente una noción que debe aprenderse. Es también una experiencia corporal que necesita organizarse.
Un cuerpo tiene ritmos. Puede acelerarse y desacelerarse. Esperar y precipitarse. Repetir, interrumpir y retomar. Y, progresivamente, puede comenzar a anticipar.
Por eso, antes de preguntarnos si un niño comprende qué ocurrió antes y qué sucederá después, podríamos hacernos una pregunta anterior:
¿Cómo está pudiendo vivir corporalmente la continuidad, la espera y la sucesión?
Porque antes de poder medir el tiempo, tuvo que poder vivirlo.