14/09/2026
En el mundo actual, donde las redes sociales, los “likes”, las fotografías y los videos parecen haberse convertido en la medida de todas las cosas, hemos llegado a un punto curioso: muchos creen poder determinar si un artista marcial es bueno simplemente mirando unos segundos de un video.
Pero afirmar que un artista marcial es bueno solamente por las fotografías o videos que vemos en Internet es tan absurdo como afirmar que una comida es deliciosa simplemente mirando una fotografía.
Podemos observar la presentación, los colores, la técnica aparentemente utilizada… pero no podemos probarla.
Con una espada ocurre exactamente lo mismo. Sería ridículo afirmar que una katana es una buena espada solamente porque hemos visto una fotografía de ella en Internet. Una fotografía puede mostrarnos su forma, su firma o algunos detalles de la hoja, pero difícilmente nos permitirá comprender aquello que solamente puede apreciar un ojo entrenado: la calidad del acero, el trabajo del forjado, el temple, el hamon, el jihada, el equilibrio y tantos otros elementos que hacen de una espada una verdadera obra de arte.
Recuerdo que una vez Sōke Hatsumi Masaaki me comentó algo muy interesante:
«“En Japón hay muchas personas que corren detrás de las espadas antiguas y compran armas de artesanos conocidos, pagando fortunas innecesarias.”»
Y esto encierra una enseñanza profunda.
Existen muchas espadas sin nombre de artesanos famosos que son auténticas maravillas artísticas. Espadas cuyos forjadores nunca grabaron su nombre, o que simplemente no fueron reconocidos dentro de un determinado linaje. Sin embargo, alguien que realmente conoce las espadas puede reconocer su calidad.
Sōke Hatsumi, sin duda, es una de esas personas con un don extraordinario.
Recuerdo una ocasión en la que compré un wakizashi en la zona de Mino. Al regresar, lo llevé a la casa de Sōke y le pregunté si podía verlo y darme su opinión.
Cuando saqué el wakizashi de su shirasaya, Sōke Hatsumi lo observó y dijo:
—Ohhh… es un buen wakizashi.
Yo me reí, porque pensé que estaba bromeando.
Pero entonces comenzó a observar detenidamente la hoja y me explicó algo que todavía recuerdo perfectamente: solamente por el trabajo de la madera de la shirasaya había podido percibir que se trataba de una buena espada.
Después observó la firma del artesano y continuó con su apreciación.
Lo más increíble fue que también me dio una estimación aproximada de su valor. Y estuvo muy cerca del precio real.
Ese wakizashi hoy forma parte de la colección del Tenryū Dōjō.
La hoja está claramente cincelada con el nombre, el lugar de producción y la fecha. En un lado aparece:
Bizen-koku-jū Osafune — Sukesada
Y en el reverso, la fecha:
Segundo mes, octavo año de Eiroku — 1565.
Las espadas realizadas por familias de artesanos pertenecientes al linaje Sukesada, en la provincia de Bizen, fueron admiradas durante los períodos Muromachi y Azuchi-Momoyama. Sus trabajos fueron reconocidos entre los de mayor calidad, no solamente por la belleza de sus terminaciones, sino también por la excelencia de su acero.
Su reputación llegó a situarlos junto a maestros como Kiyomitsu y Katsumitsu, también vinculados a Osafune.
Dentro de la familia de herreros Sukesada destacaron especialmente las obras de Sukesada Yosou-Zaemon-no-jō, activo durante los períodos Eishō y Eiroku, cuyas obras ocuparon un lugar destacado en el mundo artístico de la espada japonesa.
Y aquí aparece nuevamente una enseñanza que considero fundamental para las artes marciales.
No todo lo que tiene muchos “likes” es bueno.
No todo lo que aparece en un video es excelente.
No todo lo que tiene un nombre famoso es superior.
Y no todo lo que permanece desconocido carece de valor.
Las redes sociales pueden mostrar una imagen.
Pero la experiencia permite reconocer aquello que la imagen no puede transmitir.
Una fotografía no tiene sabor. Un video no tiene tacto. Un “like” no tiene conocimiento.
Para comprender verdaderamente una comida hay que probarla. Para comprender una espada hay que estudiarla. Y para comprender a un artista marcial, tarde o temprano, hay que verlo entrenar en persona. Porque el Budō no se encuentra en la pantalla.
Se encuentra en la transmisión, en el contacto, en la experiencia y en el tiempo compartido con quien realmente sabe.
Otra lección más sobre la importancia de la originalidad, la experiencia y el aprendizaje de persona a persona.
Y quizás, en esta época de pantallas, sea una de las lecciones que más necesitamos recordar.
Tenryu