Secretos Insolentes de Tomás Juárez Beltrán

Secretos Insolentes de Tomás Juárez Beltrán Espacio gratuito - CUENTOS CORTOS-Blog literario de Tomás Juárez Beltrán. (Derechos de autor - Copyright registrados)
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TOMAS JUAREZ BELTRAN es argentino, nació en Bell Ville, provincia de Córdoba, en el año 1948. Su relación con la literatura, particularmente con el género del cuento corto, se inicia durante los años ochenta al participar activamente en distintos talleres literarios. Responsable del blog de cultura:
www.facebook.com/secretosinsolentes, publicó varios libros de cuentos y su obra fue difundida, d

e manera oral y escrita, por medios locales y extranjeros, destacándose reconocidas editoriales cordobesas, Radio Nacional, diario “La voz del interior” y revistas latinoamericanas y españolas. Su estilo literario podría definirse como un costumbrismo crítico. Su pluma picaresca rescata personajes de su Córdoba natal; a decir del autor: “inmersos en una sociedad, conservadora y pacata, que aún resiste los cambios y mantiene intacto su engreimiento doctoral.”

María Teresa Andruetto, destacada escritora cordobesa, dijo en la presentación de su libro INFIDENCIAS. “En esta última obra, el escritor se ha apartado del costumbrismo crítico realizado un giro hacia lo fantástico”, destacando cuentos como: “Chicles eran los de antes”, “La alcancía del amor” y “Un viaje en taxi.”

24/02/2026

EL INSPECTOR DE TRENES

Luego de reprender a un changarín que apilaba bultos a un costado del andén, Gálvez se despidió del jefe de la estación de Villa María y el tren arrancó hacia Buenos Aires. Un polvillo de tierra, seco y denso, se colaba por los ventiletes del vagón de primera clase. El calor era insoportable.

Llegó al coche comedor y se ubicó en su lugar habitual: la mesa cinco. Nadie se sentaba a su lado cuando él viajaba. Gálvez era un hombre severo. Vestía s**o azul cruzado —con las iniciales FFCC, de Ferrocarriles Argentinos en el bolsillo superior—, pantalón oscuro y camisa blanca.

Del bolsillo de su chaleco pendía un reloj con cadena que consultaba a cada rato, como si el control de los horarios de salida de los trenes dependiera de él.

Después de maltratar a uno de los mozos por la demora en la limpieza de su mesa, pidió lo mismo de siempre: milanesa con puré, pan y vino con soda. Todos los mozos lo respetaban —o lo evitaban—; llevaba más de veinte años viajando por las redes del ferrocarril, con camarote disponible, siempre reservado.

Gálvez portaba un carnet de cuero ajado que indicaba su cargo de Inspector General, cortesía de un amigo falsificador de credenciales. Parecía auténtico y casi nunca lo mostraba. Sabía hablar en el lenguaje de los ferroviarios; conocía a los mozos de todas las líneas, a los guardas, a los jefes de estación; incluso, a los cocineros del coche comedor.

A veces merodeaba por los camarotes hurtando cosas menores: dinero de alguna billetera, un reloj o alguna cadenita de oro descuidada. Lo justo para no despertar sospechas. Lo justo para juntar unos pesos sin trabajar. Hacía años que esa era su rutina.

Gálvez conocía los trenes como pocos: el Fiat 7131, que traqueteaba como un palomo en celo; el Ganz-Mávag húngaro, de suspensión suave y olor a gasoil; el viejo Alsthom francés, con su andar elegante, que parecía diseñado para recorrer las sierras como si transitara por la campiña. Sabía en qué vagón se dormía mejor. Sabía cuáles tenían los fuelles flojos y a qué jefe de tren evitar. Sin pertenecer a la empresa ferroviaria, era parte del tren mismo, tanto como el silbato o el chirrido de los frenos.

Ese mediodía, mientras comía en silencio, un tipo atrevido y desalineado, con cara de perro mal cuidado y campera barata, se sentó frente a él. No pidió permiso: se sentó y le tendió la mano.

Gálvez no la aceptó. Ni siquiera lo miró. Siguió comiendo, como si el sujeto no existiera. No quiso intimarlo mostrando su credencial; prefirió ignorarlo para no levantar sospechas. Fue algo intuitivo. Algo, sin saber bien qué, le olió mal.

—¡Qué calor hace, ¿no?! —dijo el recién llegado, ignorando el desaire.

—Disculpe, no tengo con quién conversar. Recién salgo de la cárcel. Estuve preso casi tres años por una condena injusta, todo por apurar a una chinita calentona, más fácil que la tabla del uno.

Gálvez no le contestó. Cortó la milanesa con precisión quirúrgica.

Pasaron unos segundos y el extraño insistió:

—La soledad es mala compañía. En la cárcel no existen los amigos. No hay con quién conversar, sobre todo en mi caso, que me imputaron una violación que no cometí… Intenté volver a mi pueblo, pero no conseguí trabajo. Nadie perdona que uno haya estado en la cárcel…

Gálvez continuó en silencio. Solo alzó la vista un instante y volvió al plato.

—El mundo es una mi**da —dijo el hombre al advertir la parca postura de Gálvez—. A los presos no los ayuda nadie. Ni los parientes ni los amigos. Hasta personas solitarias como usted se niegan a una simple charla. Pareciera que estamos apestados…

Gálvez bebió su vino con soda. Encendió un ci******lo y miró por la ventanilla. Afuera, los sembradios de girasol se deslizaban como una cinta amarilla sin fin.

—¿Me alcanzaría una servilleta? —le pidió el hombre.

Como si fuera una ficha de casino, Gálvez le arrojó una.

El ex presidiario se limpió la boca y comenzó a silbar despacio. Sus dedos curtidos tamborileaban sobre la mesa con un ritmo irregular.

Gálvez ni lo miró.

Al finalizar el almuerzo, firmó la comanda con desgano —jamás dejaba propina— y se incorporó con su parsimonia habitual, encaminando sus pasos hacia la parte trasera del tren, rumbo a su camarote.

El pasillo entre vagones temblaba como siempre y el piso metálico vibraba bajo las suelas de sus zapatos. Una cadena floja separaba los acoples del abismo. El aire que subía desde las vías arremolinaba olor a grasa caliente y a hierros gastados.

Cruzó un fuelle y luego otro. Por un segundo tuvo la vaga sensación de que alguien venía detrás, pero no se dio vuelta. No era hombre de andar mirando hacia atrás.

Encendió otro ci******lo, sacó su reloj de bolsillo y lo abrió con gesto ampuloso.

Entonces escuchó los pasos.

Firmes. Medidos. Cada vez más cerca.

Quiso girar. No lo logró.

El filo de la hoja de un cuchillo, frío y lento, entró por un costado de su cuerpo, debajo de la cuarta costilla.

Le taparon la boca. No pudo gritar.

Gálvez cayó despatarrado sobre los fuelles, con la mirada fija en los durmientes que pasaban a toda velocidad. El tren siguió su marcha como si nada.

—Guapos como vos me he cargado varios; eso te pasa por bostero y ca**ón —dijo el asesino.

Pasaron semanas y el cuerpo frío de Gálvez tuvo que esperar en la Morgue Judicial de la Capital Federal hasta que algún familiar lo reclamara. Nadie lo hizo.

Finalmente, su amigo, el jefe de la estación de Villa María, pidió a La Fraternidad que le diera cristiana sepultura y enviara una corona de flores al Panteón de los Ferroviarios.

Dice uno de los mozos del coche comedor que, desde entonces, la mesa cinco está casi siempre vacía.

18/02/2026

REGRESO AL PAGO

La tarde caía sobre el pueblo. El sol se filtraba entre los eucaliptos del camino, el aire olía a tierra húmeda y a alfalfa recién cortada.

Bajo de su automóvil y miró el celular: no había novedades ni urgencias.

Camino lentamente hacia el bar de Don Nicasio —el mismo de siempre, con las canchas de bochas a un costado y el palenque para atar los caballos en el frente— el tiempo parecía haberse detenido. Solo que los viejos parecían más jóvenes, como si el reloj del pueblo marchara a ritmo distinto al de la ciudad.

Ricardo ocupó una mesa junto a la ventana. Desde allí observó los surcos recién arados, la casita de un hornero sobre un poste de luz y las acequias cantarinas que cruzaban el campo.

Había vuelto a su pago después de muchos años para visitar a sus padre, dos ancianos que durante décadas regentearon el viejo almacén del ramos generales frente al Río.

Vestía una camisa bien planchada, zapatos de cuero y un reloj de oro que brillaba más de lo necesario para esas circunstancias.

Ricardo vivía en la ciudad, era un abogado exitoso, con oficina propia, auto nuevo y todo aquello que había soñado de chico; pero ahora, respirando esos viejos aromas de su infancia, algo le oprimía el pecho.

Finalmente se abrió la puerta del bar y entró Julián, su amigo de la infancia, el de la escuela primaria, ese compañero de aventuras en los recreos y en esas siestas de pesca inolvidables. Llevaba sombrero de ala ancha, alpargatas un pantalón de loneta arremangado. Sus manos, curtidas por el sol, eran la consecuencia de mucho pico y la pala, su trabajo rural. Sonrió al verlo.

—¡Mirá vos, Ricardo! —dijo Julián tendiéndole la mano— Pensé que nunca volvería a verte. No puedo creerlo.

Ricardo se levantó y lo abrazó con una alegría mezclada con tristeza.

—¡Julián, hermano! Estás igual… bueno, un poco más flaco, pero igual de entero.

Pidieron vino, soda, y una picada con mortadela, aceitunas, queso y pan casero. Afuera, un potro olfateó a una yegua que trotaba en la cercanía y empezó a relinchar. Las bochas sonaban en la cancha y un grupo de muchachos festejaba la destreza de uno de los jugadores.

La charla empezó torpe, como buscando el hilo de un tiempo perdido; pero de a poco las palabras fueron acomodándose, como las brasas de un brasero.

—Contame de vos —dijo Ricardo—. ¿Seguís en el campo?

—Sí, ahí andamos —respondió Julián—. Tengo una pequeña quinta, cabras, gallinas, una huerta linda… y la patrona, que me aguanta desde hace veinte años. Mis hijos trabajan conmigo. No nos sobra nada, pero tampoco nos falta.

Ricardo lo escuchaba con suma atención. Había algo en la voz de su amigo: una calma, una paz que él desconocía.

—¿Y vos? —preguntó Julián—. Dicen que estás muy bien, que vivís en Buenos Aires, con casa, auto y que tenés buen pasar. ¿Te ha ido muy bien, no?

Ricardo asintió con una sonrisa cansada que delataba el contraste.
—Sí, tengo todo eso. Pero a veces siento que la vida se me fue atrás del reloj: trabajo, reuniones, compromisos, viajes… Y ahora que paro un poco y miro este lugar…

Julián lo miró a los ojos y se mantuvo en respetuoso silencio. Finalmente le dio un trago al vino y habló despacio:
—Mirá, hermano, yo no tengo mucho, pero todas las mañanas me levanto, miro el cielo y agradezco estar vivo. No tengo patrón, ni reloj que me apure. Y cuando cae la noche, me siento en la puerta del rancho a mirar las estrellas. Eso, para mí, es ser rico.

Ricardo bajó la mirada. Afuera, el viento movía los sauces y un perro ladraba sin ganas.
—Tenés razón, Julián. En la ciudad todo es rápido, lleno de ruido. Aca, vos encontraste algo que yo perdí hace tiempo.

—Mirá, Ricardo —dijo su amigo—, yo acá no encontré nada. Solo aprendí que la felicidad es algo simple, se trata de pequeñas cosas que no se pueden comprar. Se construye con la familia y la conciencia tranquila que se busca y se logra sin joder a nadie, viviendo en paz. No hace falta más.

Se quedaron callados un buen rato hablando de otras cosas.

El vino se terminó, el sol se escondió detrás de la serranía y el bar se fue llenando de sombras.

Cuando se despidieron, Ricardo lo abrazó fuerte, como queriendo retener algo que sabía que no podía llevarse.

Salió al camino con los ojos húmedos. El pueblo olía a ceniza húmeda, a pan casero, a vida sencilla.

Subió a su auto: un ultimo modelo que para muchos paisanos era toda una curiosidad.

Antes de arrancar, miró por el espejo retrovisor y el viejo macadam seguía enmarcado por girasoles, aunque estos ya no mantenían su esplendor matutino. Y por primera vez entendió algo para siempre: en la vida no se trata de tener más, sino de necesitar menos.

05/02/2026

SINCERICIDIO

Era un casamiento más…
Estaban los amigos de siempre, en el mismo salón de fiestas y un DJ que repetía las mismas cumbias de hace veinte años.

Ricardo miraba su plato, removiendo con el tenedor los restos de su cena fría. Marta, su mujer, lo observaba de reojo.

—¿Qué te pasa?— le preguntó, mientras el mozo asignado a la mesa le servía más vino.

—Nada… —dijo él, pero su tono lo delataba.

—Cuando decís “nada” con esa cara, es porque hay algo que te preocupa.

Ricardo dudó. Bebió un trago mas de vino, respiró hondo y se animó:

—Mirá, Marta… hace mucho que no tenemos relaciones.

Marta lo miró sin demasiada sorpresa.

—Y… bueno, te digo la verdad: el otro día tuve relaciones con una jovencita. Te fui infiel. Quería que lo supieras.

—¿Cómo? —preguntó ella, sorprendida.

—Sí, con una pr******ta…

El silencio fue fatal. El murmullo del salón siguió, pero en la mesa el aire era irrespirable. Marta lo miró fijo.

—No puedo creerlo —dijo sin pestañear—. ¿Con una pr******ta?

Ricardo bajó la cabeza.

—Sí… es natural, tenés que entenderlo —murmuró.

Marta tomó un sorbo más de champagne y, con una calma casi natural, le dijo:

—Me lo hubieras dicho antes, mi amor. No sabía que estabas dispuesto a pagar.

Secretos Insolentes de Tomás Juárez Beltrán

04/02/2026

DUELO DE EGOS

Años atrás, en la ciudad de Córdoba, un abogado del foro local se comunicó con un afamado arquitecto y le pidió que lo visitara en su magnífica residencia ubicada en un country al norte de la ciudad. Tenía la intención de ampliar el quincho de su casa y realizar otras mejoras edilicias.

Advirtiendo que el abogado podría ser un cliente potencialmente importante, el arquitecto salió de su oficina céntrica y, al volante de su automóvil, emprendió el viaje para concretar la entrevista.

Al llegar, la añosa arboleda que rodeaba el barrio cerrado ponía de manifiesto la exclusividad del lugar.

Intentó ingresar al country, pero un guardia de seguridad, con cara de pocos amigos, le solicitó sus documentos y le ordenó que abriera el baúl de su vehículo para realizar una requisa. Sorprendido por lo que consideraba un exceso de autoridad y una falta de respeto, el arquitecto se negó a hacerlo.

—No voy a permitir semejante atropello. ¿Usted debería saber quién soy? —le dijo indignado, mientras tomaba su celular para llamar al abogado.

—Buen día, doctor. Estoy en la guardia del barrio, pero no me dejan pasar si no presento documentos y permito que revisen mi automóvil. Le aviso que no lo voy a permitir; me parece un abuso —le expresó con evidente malestar.

—Disculpe, arquitecto —respondió el abogado—, pero es un protocolo de seguridad que se sigue en todos los countries de la ciudad. Mil disculpas.

—Entiendo que haya reglas, pero esto es una descortesía que no tolero. Si quiere verme, lo espero en mi oficina —y cortó.

—¡Espere, no se retire…! —alcanzó a escuchar el arquitecto antes de emprender el regreso. Mientras lo hacía, pensó:
“¿Quién carajo se cree este im***il? Será un abogado exitoso y tendrá mucha plata, pero no puede ignorar mis antecedentes profesionales”.

Al llegar a su oficina, la secretaria le informó que el abogado había llamado, avisando que lo visitaría en persona antes del mediodía. Luego de darle algunas instrucciones al respecto, una irónica sonrisa se insinuó en la cara del arquitecto.

Horas después, el portero eléctrico de la oficina resonó con cierta estridencia.

—¿Quién es? —preguntó la secretaria.

—Tengo una cita con el arquitecto —dijo el abogado, con voz autoritaria.

—Disculpe, ¿podría indicarme su nombre y número de documento, por favor?

—¿Es una broma? —respondió el abogado, visiblemente molesto.

—Si no indica su nombre, número de documento y permite que lo palpen de armas en portería, el arquitecto no podrá recibirlo —dijo la secretaria, de modo imperturbable.

Ofendido por la actitud intransigente de la mujer, el abogado decidió retirarse de inmediato.

Mientras regresaba, pensó:
“¡Palpación de armas! ¿Qué carajo le pasó a este tarado? ¿Cree que es el único arquitecto importante de Córdoba?”.

Transcurrió el tiempo. El abogado llegó a ser miembro del Superior Tribunal de Justicia y el arquitecto fue nombrado titular de cátedra en la Facultad de Arquitectura.

Tuvieron que pasar más de veinte años para que, en un conocido restaurante al sur de la ciudad, un amigo en común lograra reconciliarlos.

Tomás Juárez Beltrán

Dirección

San Lorenzo 25/3er. Piso
Córdoba
5000

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