Secretos Insolentes de Tomás Juárez Beltrán

Secretos Insolentes de Tomás Juárez Beltrán Espacio gratuito - CUENTOS CORTOS-Blog literario de Tomás Juárez Beltrán. (Derechos de autor - Copyright registrados)
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TOMAS JUAREZ BELTRAN es argentino, nació en Bell Ville, provincia de Córdoba, en el año 1948. Su relación con la literatura, particularmente con el género del cuento corto, se inicia durante los años ochenta al participar activamente en distintos talleres literarios. Responsable del blog de cultura:
www.facebook.com/secretosinsolentes, publicó varios libros de cuentos y su obra fue difundida, d

e manera oral y escrita, por medios locales y extranjeros, destacándose reconocidas editoriales cordobesas, Radio Nacional, diario “La voz del interior” y revistas latinoamericanas y españolas. Su estilo literario podría definirse como un costumbrismo crítico. Su pluma picaresca rescata personajes de su Córdoba natal; a decir del autor: “inmersos en una sociedad, conservadora y pacata, que aún resiste los cambios y mantiene intacto su engreimiento doctoral.”

María Teresa Andruetto, destacada escritora cordobesa, dijo en la presentación de su libro INFIDENCIAS. “En esta última obra, el escritor se ha apartado del costumbrismo crítico realizado un giro hacia lo fantástico”, destacando cuentos como: “Chicles eran los de antes”, “La alcancía del amor” y “Un viaje en taxi.”

¡¡FELICES FIESTAS QUERIDOS AMIGOS!!Vuelen alto.Espero que nadie les quite las ganas de volar y que la vida nos encuentre...
23/12/2025

¡¡FELICES FIESTAS QUERIDOS AMIGOS!!
Vuelen alto.
Espero que nadie les quite las ganas de volar y que la vida nos encuentre en la cima de las montañas mas alta.
Abrazo a todos.

10/04/2025

DOS GATOS

Solange era estudiante universitaria y vivía en barrio General Paz. Andrés obtuvo su teléfono por intermedio de un amigo, logró comunicarse con ella y pactó una cita en horas de la siesta. Al llegar, pulsó el portero eléctrico del quinto piso. Estaba nervioso, era su primera cita con una mujer después de la separación de su esposa y tras un largo perído de abstinencia amorosa.
–Pasá, te estoy esperando -dijo la muchacha.

Como el ascensor no funcionaba debió subir por la escalera. Al llegar al palier no pudo ver nada, solo un pequeño haz de luz escapaba por el ojo de la cerradura del departamento. Golpeó la puerta, desde adentro lo observaban por una mirilla.

–Prendé la luz. –le indicaron.
–No sé cómo hacerlo –contestó con timidez
–Pulsá la perilla al costado del ascensor y alejate un poco que quiero verte– le dijo la muchacha.
Hizo lo pedido y el recinto quedó iluminado por dos tubos fluorescentes que colgaban del techo, las manos le transpiraban, el corazón le latía a todo galope. Por un instante sintió que lo observaban minuciosamente, como si le estuvieran realizando una radiografía de cuerpo entero. Luego de unos minutos escuchó decir:
–Pasá y cerrá la puerta con llave.
Solange vestía un kimono azul con flores estampadas. Los rayos de luz que se colaban por una ventana generaban un aurea de intriga y misterio. El olor del incienso era penetrante y el frío intenso. Ella lo esperaba sobre un colorido sofá. Le dio un beso en la mejilla -el más tierno que pudo- y lo invitó a sentarse.
Iniciaron una conversación ridícula al amparo de una pantalla de gas conectada a una garrafa. Hablaron de la inseguridad, del tráfico, de la inflación y de otras estupideces hasta que ella le dijo decididamente:
–Tenés pinta de buen tipo y sos muy buen mozo Andrés. Pasá al dormitorio y ponete cómodo, en el baño hay jabón y toallas limpias.

Andrés se levantó del sofá como un resorte y en el apuro, tropezó con una mesa ratona. Finalmente, entró al dormitorio y fue al baño para higienizarse. Al regresar, acomodó prolijamente su ropa sobre una banqueta; ya desnudo, se metió en la cama con cierta vergüenza.

En minutos apareció la muchacha ataviada con un deshabillé transparente que apenas cubría su desnudez. Era bonita, su cuerpo una escultura y su simpatía impagable. Bueno, eso de impagable es solo una forma de decir ya que Solange dijo con total naturalidad:
–Antes de hacerme el amor tenés que entregarme la platita convenida. Andrés pagó sin regateos.

Había transcurrido más de una hora de cariños, arrebatos y sesiones de s**o salvaje cuando la muchacha le dio un último beso y lo invitó a retirarse. Andrés se vistió pero, antes de despedirse, se animó a preguntar:
–¿Hace muchos que gateas?
–Cuando era chiquita, sí. Ahora no– contestó Solange con picardía.
–¿Cómo que no gateas?
–No gateo, eso hacen las prostitutas Yo no me acuesto con cualquiera. Yo me acuesto con los hombres que me gustan, además me pagan por hacerlo. ¿Si vos pudieras hacer lo mismo con las mujeres, lo harías o no?
–La verdad que sí– respondió sorprendido.
–Bueno, entonces que te quede claro: Yo no gateo.
Volvé cuando quieras mi amor.

05/04/2025

ESCLAVOS DEL FUTURO

El asado había sido programado con anticipación: jugaban Boca y River en la Bombonera.

Llegué temprano a lo de Barizábal. Entré por la puerta de la cocina, puse las botellas de cerveza en la heladera y salí al patio trasero de su casa.

Un tablón con banquetas y cajones de soda a su alrededor enfrentaba a un viejo televisor, protegido del sol por una lona para que no se recalentaran las válvulas.

Con un pucho colgando de la comisura de los labios, Barizábal prendía el fuego bajo la fronda de un viejo tala. Un par de chapas entreveradas en el ramaje del árbol lo protegían del calor de la siesta y, sobre una mesada de cemento, una parrilla grasienta y un palo largo para atizar las brasas conformaban el escenario perfecto para iniciar un rito más argentino que el Martín Fierro: el asado entre amigos.

Carne en la fuente, sal entrefina, tabla de madera, cuchillito de cabo corto y un tenedor desdentado eran los elementos necesarios para iniciar la ceremonia que durante años compartí junto a los amigos del bar de la plaza.

Barizábal era muy querido en el pueblo. Trabajaba como inspector de tránsito en la Municipalidad y más de una vez nos había dado una mano con los impuestos atrasados. En realidad, no sabía nada de fútbol ni le interesaban los partidos, y para nosotros no tenía importancia. Asadores de excelencia había pocos; nadie tocaba la parrilla cuando él estaba presente.

Al advertir mi presencia, secó sus manos transpiradas en el repasador que llevaba a la cintura para saludarme y me advirtió:

—Menos mal que viniste temprano, después llegan los vivos de siempre y no podemos conversar tranquilos.

Movió las brasas de un lado para el otro, como pensando en algo importante.

—¿Sabés una cosa? Anoche tuve una pesadilla increíble. Soñé que estábamos en el futuro y que la gente vivía en ciudades inmensas atravesadas por miles de autopistas. Había helipuertos por todos lados y hasta estacionamiento para motos voladoras. Los vagos circulaban al mango por todos lados… —hizo una pausa, desparramó algunas brasas para calentar la parrilla y continuó—. Todo estaba programado por unos capos que habían organizado el mundo por castas jerárquicas. La gente vivía en unas cajitas de cemento, como esas que usan los japoneses para dormir en los aeropuertos; dormideros con todos los servicios: hasta televisor y microondas tenían los desgraciados.

Sentí movimientos extraños detrás de la tapia que separaba el asador de la cocina. No le di importancia, no quise interrumpir su relato.

—Como decía el Chapulín Colorado: “todo estaba fríamente calculado”. Nos alimentaban por turnos con comida balanceada. Te premiaban si obedecías o te castigaban si te mandabas una cagada. El ascenso a las castas superiores era por méritos personales, y a medida que ascendías tenías más privilegios. Las libertades estaban todas restringidas y tenías que cumplir al pie de la letra lo que te ordenaban. Las religiones estaban prohibidas, no había iglesias ni templos evangélicos. ¡Qué loco!, ¿no?

Barizábal puso la parrilla sobre el fuego para que se fuera quemando la grasa del asado anterior y me dijo:

—Aunque te parezca una locura, viví el sueño como si fuera real. Las diversiones se organizaban por pantallas gigantes y en lugares públicos. La salud era controlada con dispositivos electrónicos de chequeo diario y a los enfermos crónicos los enviaban al matadero. ¡No sabés los despelotes que se armaban! Eso sí, la gente no tenía que laburar: era obligatorio participar en las actividades programadas por los jerarcas. La producción de lo necesario para vivir la realizaban máquinas robotizadas, por eso no había laburo y tenían a la gente encerrada. La única mano de obra que utilizaban era la de ingenieros informáticos y personas inteligentes de castas superiores. Por supuesto, a mí nunca me llamaron.

Entusiasmado con el relato, acomodó prolijamente las mollejas sobre una punta de la parrilla para que se fueran dorando y siguió contándome el sueño:

—Los tiempos de vida de cada guaso estaban anotados en una planilla secreta. Como tengo 52 años, pensé que me enviarían a un invernadero donde, con el tiempo, te reciclaban o te cremaban. Para procrear estaban las terapeutas sexuales, mujeres bellísimas que, a través de una pantalla con películas eróticas, te hacían calentar hasta que te tocara el turno de ponerla. Los servicios eran de quince minutos por persona y te entregaban un papelito numerado, como esos que te dan cuando vas a la farmacia, ¿viste?

Por un instante pensé que me estaba tomando el pelo o que se había tomado unas copas de más, porque no paraba de hablar disparates; sin embargo, no quise interrumpirlo.

Barizábal tomó el costillar, el matambre y los chorizos, los puso sobre la parrilla y agregó más brasas; enseguida continuó:

—La guita no existía. Te daban bonos de acuerdo al comportamiento, que servían para participar en competencias de ascenso de castas o para tener algún servicio de reproducción adicional. Te acreditaban el puntaje en un aparato parecido a un celular, colocado con una brida a la muñeca. Como yo me había portado bastante bien, me gasté todos los puntos en una gordita parecida a la Marilú, la del kiosco de revistas. ¡Vieras qué linda mujer! ¡Partía la tierra! Pasé varias veces, hasta que se me acabaron los puntos. Al final, me desperté todo transpirado.

Un coro de carcajadas interrumpió abruptamente el relato de Barizábal: escondidos detrás de la tapia de la cocina, hacía rato que los muchachos escuchaban su disparatado sueño.
Barizábal los miró con desprecio, meneó la cabeza y se limitó a decirme:

—Te lo dije. Cuando llegan los boludos de siempre, no se puede hablar en serio.

20/02/2025

RECOMPENSA

La luna brillaba sobre las playas de Ipanema cuando Martín, un argentino que llevaba años recorriendo el mundo en bicicleta, decidió acampar cerca de la costa. Venía bajando desde México, cruzando América en dos ruedas, con la meta de volver a su país por la ruta más larga y aventurera posible. Su bicicleta, curtida por el polvo de más de cuarenta países, estaba asegurada con un grueso candado. Sabía que en estas tierras la delincuencia acechaba, y si bien había sorteado mayores peligros en desiertos y montañas, no quería tentar a la suerte en una ciudad tan vibrante como peligrosa.

Después de un día pedaleando bajo el sol carioca, se refrescó en el mar, acomodó su equipo y metió en el bolsillo de su short unos cuantos billetes de dólares, suficientes para cubrir la noche en una pensión barata y alguna comida decente. Confiado, se sentó en la arena a contemplar el atardecer.

Fue entonces cuando sintió un leve roce en su pierna. Como un soplo de viento, una mano menuda se deslizó en su bolsillo y, en segundos, un chiquillo descalzo, flaco como un alambre, salió disparado con sus billetes.

Martín no lo dudó. Apenas su cerebro procesó lo que pasaba, sus músc**os reaccionaron. No era cualquier viajero, su cuerpo estaba entrenado para largas distancias, su resistencia estaba forjada en miles de kilómetros. El chico corría con destreza, esquivando turistas, saltando charcos y colándose entre vendedores ambulantes, pero Martín era un depredador sobre dos piernas.

La persecución se extendió por veinte, quizá veinticinco cuadras. El pequeño ladrón zigzagueaba con la maestría de quien ha escapado muchas veces, pero cuando intentó escabullirse por una escalera que llevaba a una favela, un manotazo preciso en el tobillo lo hizo trastabillar. Cayó de bruces y, antes de que pudiera reaccionar, Martín ya tenía la mano dentro de su bolsillo.

Recuperó los billetes y, para darle un cierre pedagógico a la situación, le propinó una patada en el c**o que lo lanzó escalera arriba. El niño desapareció en la oscuridad, probablemente sorprendido de que, por primera vez, alguien le robara a él.

Cansado por el esfuerzo pero victorioso, Martín emprendió el regreso. Cuando llegó al lugar donde había dejado su bicicleta, todo seguía en orden. Nada había sido robado. Sonrió, guardó su dinero y fue en busca de una pensión donde pudiera dormir sin más sobresaltos.

Horas después, en la tranquilidad de su habitación, sacó sus cosas para organizarse. Fue entonces cuando metió su mano en el bolsillo y contó los billetes una, dos, tres veces.

—No puede ser —murmuró.

Había más dinero del que le habían robado.

Lo pensó unos segundos y, en lugar de quebrarse la cabeza con la lógica de lo imposible, soltó una carcajada.

—Bueno, al final parece cierto que “el que roba a un ladrón tiene cien años de perdón…” ¡y un vuelto extra!

Con una sonrisa, apagó la luz y se dejó caer en la cama, listo para seguir su viaje al día siguiente.

15/02/2025

EL HABLA SANTIAGUEÑA

Una tarde de verano, un viajero que recorría unos campos en Santiago del Estero, se encontró con una persona mayor, de piel curtida y sombrero de ala ancha. El hombre estaba descansando al pie de un quebracho añoso.

El viajero estaba fascinado por la cadencia y los giros del habla del lugar y decidió resolver un misterio que lo tenía intrigado.

—Disculpe, don, ¿puedo hacerle una pregunta? —le dijo, mientras el santiagueño sorbía un mate largo y pausado.

—Claro, m’hijito. Pregunte nomás.

—Es que desde que llegué a Santiago no paro de notar lo particular que hablan. Esa tonada tranquila como si las palabras flotaran con la brisa… ¿Por qué los santiagueños hablan así?

El hombre sonrió. Era una sonrisa sabia, de esas que cargan más historias que respuestas. Se acomodó en el tronco y, antes de hablar, hizo un gesto al cielo como agradeciendo el momento.

—Mire amigo, usté ha puesto el dedo en una raíz profunda, ¿vió? Pa’ entender el habla santiagueña, primero tiene que conocer nuestra tierra. Aquí la vida es más lenta, más serena. No porque seamos flojos, como dicen algunos ignorantes, sino porque vivimos acompasados al latido de la tierra. El calor aprieta, el sol manda, y uno aprende que apurarse no sirve de nada.

El viajero asintió, intrigado.

—Pero hay más, amigo —continuó el santiagueño—. En el hablar también está la música de nuestros ancestros, los quichuas, que nos enseñaron a sentir las palabras más que decirlas. Si al hablar uno anda apurado, pierde lo importante. Aquí saboreamos las sílabas como si fueran miel, despacito, porque todo tiene su sabor su momento justo.

El viajero quiso interrumpir, pero el santiagueño levantó una mano, calmándolo.

—Los quichuas, nuestros antepasados, tenían un modo de hablar que alargaba los sonidos, como quien canta sin apuro alguno, como si fuera un silbidito. Y nosotros, aunque hablemos en castellano, guardamos un poco de esa cultura. Así que, cuando decimos: “¿cómo estás?”, parece que le ponemos melodía a las palabras con esas eses.

—Y hay algo más, m’hijo. Nosotros tenemos por costumbre hablar pausado que también es una forma de escuchar mejor, de dejar espacio pa’ que el otro se meta en la conversación. El idioma nuestro no es solo palabras, es un puente pa’l encuentro. ¿Me entiende?

El viajero estaba boquiabierto. Nunca había pensado en el lenguaje de esa forma.

—¡Qué increíble! —dijo finalmente—. Es como si el idioma fuera un reflejo del alma santiagueña. Pero dígame, don, ¿cómo se llama usted?

El hombre se tomó su tiempo antes de responder y, como disfrutando de la cadencia de una buena zamba, miró al viajero con picardía, y dijo:

—Soy Jaime Pintos… pero sin ese.

Dirección

San Lorenzo 25/3er. Piso
Córdoba
5000

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