24/02/2026
EL INSPECTOR DE TRENES
Luego de reprender a un changarín que apilaba bultos a un costado del andén, Gálvez se despidió del jefe de la estación de Villa María y el tren arrancó hacia Buenos Aires. Un polvillo de tierra, seco y denso, se colaba por los ventiletes del vagón de primera clase. El calor era insoportable.
Llegó al coche comedor y se ubicó en su lugar habitual: la mesa cinco. Nadie se sentaba a su lado cuando él viajaba. Gálvez era un hombre severo. Vestía s**o azul cruzado —con las iniciales FFCC, de Ferrocarriles Argentinos en el bolsillo superior—, pantalón oscuro y camisa blanca.
Del bolsillo de su chaleco pendía un reloj con cadena que consultaba a cada rato, como si el control de los horarios de salida de los trenes dependiera de él.
Después de maltratar a uno de los mozos por la demora en la limpieza de su mesa, pidió lo mismo de siempre: milanesa con puré, pan y vino con soda. Todos los mozos lo respetaban —o lo evitaban—; llevaba más de veinte años viajando por las redes del ferrocarril, con camarote disponible, siempre reservado.
Gálvez portaba un carnet de cuero ajado que indicaba su cargo de Inspector General, cortesía de un amigo falsificador de credenciales. Parecía auténtico y casi nunca lo mostraba. Sabía hablar en el lenguaje de los ferroviarios; conocía a los mozos de todas las líneas, a los guardas, a los jefes de estación; incluso, a los cocineros del coche comedor.
A veces merodeaba por los camarotes hurtando cosas menores: dinero de alguna billetera, un reloj o alguna cadenita de oro descuidada. Lo justo para no despertar sospechas. Lo justo para juntar unos pesos sin trabajar. Hacía años que esa era su rutina.
Gálvez conocía los trenes como pocos: el Fiat 7131, que traqueteaba como un palomo en celo; el Ganz-Mávag húngaro, de suspensión suave y olor a gasoil; el viejo Alsthom francés, con su andar elegante, que parecía diseñado para recorrer las sierras como si transitara por la campiña. Sabía en qué vagón se dormía mejor. Sabía cuáles tenían los fuelles flojos y a qué jefe de tren evitar. Sin pertenecer a la empresa ferroviaria, era parte del tren mismo, tanto como el silbato o el chirrido de los frenos.
Ese mediodía, mientras comía en silencio, un tipo atrevido y desalineado, con cara de perro mal cuidado y campera barata, se sentó frente a él. No pidió permiso: se sentó y le tendió la mano.
Gálvez no la aceptó. Ni siquiera lo miró. Siguió comiendo, como si el sujeto no existiera. No quiso intimarlo mostrando su credencial; prefirió ignorarlo para no levantar sospechas. Fue algo intuitivo. Algo, sin saber bien qué, le olió mal.
—¡Qué calor hace, ¿no?! —dijo el recién llegado, ignorando el desaire.
—Disculpe, no tengo con quién conversar. Recién salgo de la cárcel. Estuve preso casi tres años por una condena injusta, todo por apurar a una chinita calentona, más fácil que la tabla del uno.
Gálvez no le contestó. Cortó la milanesa con precisión quirúrgica.
Pasaron unos segundos y el extraño insistió:
—La soledad es mala compañía. En la cárcel no existen los amigos. No hay con quién conversar, sobre todo en mi caso, que me imputaron una violación que no cometí… Intenté volver a mi pueblo, pero no conseguí trabajo. Nadie perdona que uno haya estado en la cárcel…
Gálvez continuó en silencio. Solo alzó la vista un instante y volvió al plato.
—El mundo es una mi**da —dijo el hombre al advertir la parca postura de Gálvez—. A los presos no los ayuda nadie. Ni los parientes ni los amigos. Hasta personas solitarias como usted se niegan a una simple charla. Pareciera que estamos apestados…
Gálvez bebió su vino con soda. Encendió un ci******lo y miró por la ventanilla. Afuera, los sembradios de girasol se deslizaban como una cinta amarilla sin fin.
—¿Me alcanzaría una servilleta? —le pidió el hombre.
Como si fuera una ficha de casino, Gálvez le arrojó una.
El ex presidiario se limpió la boca y comenzó a silbar despacio. Sus dedos curtidos tamborileaban sobre la mesa con un ritmo irregular.
Gálvez ni lo miró.
Al finalizar el almuerzo, firmó la comanda con desgano —jamás dejaba propina— y se incorporó con su parsimonia habitual, encaminando sus pasos hacia la parte trasera del tren, rumbo a su camarote.
El pasillo entre vagones temblaba como siempre y el piso metálico vibraba bajo las suelas de sus zapatos. Una cadena floja separaba los acoples del abismo. El aire que subía desde las vías arremolinaba olor a grasa caliente y a hierros gastados.
Cruzó un fuelle y luego otro. Por un segundo tuvo la vaga sensación de que alguien venía detrás, pero no se dio vuelta. No era hombre de andar mirando hacia atrás.
Encendió otro ci******lo, sacó su reloj de bolsillo y lo abrió con gesto ampuloso.
Entonces escuchó los pasos.
Firmes. Medidos. Cada vez más cerca.
Quiso girar. No lo logró.
El filo de la hoja de un cuchillo, frío y lento, entró por un costado de su cuerpo, debajo de la cuarta costilla.
Le taparon la boca. No pudo gritar.
Gálvez cayó despatarrado sobre los fuelles, con la mirada fija en los durmientes que pasaban a toda velocidad. El tren siguió su marcha como si nada.
—Guapos como vos me he cargado varios; eso te pasa por bostero y ca**ón —dijo el asesino.
Pasaron semanas y el cuerpo frío de Gálvez tuvo que esperar en la Morgue Judicial de la Capital Federal hasta que algún familiar lo reclamara. Nadie lo hizo.
Finalmente, su amigo, el jefe de la estación de Villa María, pidió a La Fraternidad que le diera cristiana sepultura y enviara una corona de flores al Panteón de los Ferroviarios.
Dice uno de los mozos del coche comedor que, desde entonces, la mesa cinco está casi siempre vacía.