05/04/2025
ESCLAVOS DEL FUTURO
El asado había sido programado con anticipación: jugaban Boca y River en la Bombonera.
Llegué temprano a lo de Barizábal. Entré por la puerta de la cocina, puse las botellas de cerveza en la heladera y salí al patio trasero de su casa.
Un tablón con banquetas y cajones de soda a su alrededor enfrentaba a un viejo televisor, protegido del sol por una lona para que no se recalentaran las válvulas.
Con un pucho colgando de la comisura de los labios, Barizábal prendía el fuego bajo la fronda de un viejo tala. Un par de chapas entreveradas en el ramaje del árbol lo protegían del calor de la siesta y, sobre una mesada de cemento, una parrilla grasienta y un palo largo para atizar las brasas conformaban el escenario perfecto para iniciar un rito más argentino que el Martín Fierro: el asado entre amigos.
Carne en la fuente, sal entrefina, tabla de madera, cuchillito de cabo corto y un tenedor desdentado eran los elementos necesarios para iniciar la ceremonia que durante años compartí junto a los amigos del bar de la plaza.
Barizábal era muy querido en el pueblo. Trabajaba como inspector de tránsito en la Municipalidad y más de una vez nos había dado una mano con los impuestos atrasados. En realidad, no sabía nada de fútbol ni le interesaban los partidos, y para nosotros no tenía importancia. Asadores de excelencia había pocos; nadie tocaba la parrilla cuando él estaba presente.
Al advertir mi presencia, secó sus manos transpiradas en el repasador que llevaba a la cintura para saludarme y me advirtió:
—Menos mal que viniste temprano, después llegan los vivos de siempre y no podemos conversar tranquilos.
Movió las brasas de un lado para el otro, como pensando en algo importante.
—¿Sabés una cosa? Anoche tuve una pesadilla increíble. Soñé que estábamos en el futuro y que la gente vivía en ciudades inmensas atravesadas por miles de autopistas. Había helipuertos por todos lados y hasta estacionamiento para motos voladoras. Los vagos circulaban al mango por todos lados… —hizo una pausa, desparramó algunas brasas para calentar la parrilla y continuó—. Todo estaba programado por unos capos que habían organizado el mundo por castas jerárquicas. La gente vivía en unas cajitas de cemento, como esas que usan los japoneses para dormir en los aeropuertos; dormideros con todos los servicios: hasta televisor y microondas tenían los desgraciados.
Sentí movimientos extraños detrás de la tapia que separaba el asador de la cocina. No le di importancia, no quise interrumpir su relato.
—Como decía el Chapulín Colorado: “todo estaba fríamente calculado”. Nos alimentaban por turnos con comida balanceada. Te premiaban si obedecías o te castigaban si te mandabas una cagada. El ascenso a las castas superiores era por méritos personales, y a medida que ascendías tenías más privilegios. Las libertades estaban todas restringidas y tenías que cumplir al pie de la letra lo que te ordenaban. Las religiones estaban prohibidas, no había iglesias ni templos evangélicos. ¡Qué loco!, ¿no?
Barizábal puso la parrilla sobre el fuego para que se fuera quemando la grasa del asado anterior y me dijo:
—Aunque te parezca una locura, viví el sueño como si fuera real. Las diversiones se organizaban por pantallas gigantes y en lugares públicos. La salud era controlada con dispositivos electrónicos de chequeo diario y a los enfermos crónicos los enviaban al matadero. ¡No sabés los despelotes que se armaban! Eso sí, la gente no tenía que laburar: era obligatorio participar en las actividades programadas por los jerarcas. La producción de lo necesario para vivir la realizaban máquinas robotizadas, por eso no había laburo y tenían a la gente encerrada. La única mano de obra que utilizaban era la de ingenieros informáticos y personas inteligentes de castas superiores. Por supuesto, a mí nunca me llamaron.
Entusiasmado con el relato, acomodó prolijamente las mollejas sobre una punta de la parrilla para que se fueran dorando y siguió contándome el sueño:
—Los tiempos de vida de cada guaso estaban anotados en una planilla secreta. Como tengo 52 años, pensé que me enviarían a un invernadero donde, con el tiempo, te reciclaban o te cremaban. Para procrear estaban las terapeutas sexuales, mujeres bellísimas que, a través de una pantalla con películas eróticas, te hacían calentar hasta que te tocara el turno de ponerla. Los servicios eran de quince minutos por persona y te entregaban un papelito numerado, como esos que te dan cuando vas a la farmacia, ¿viste?
Por un instante pensé que me estaba tomando el pelo o que se había tomado unas copas de más, porque no paraba de hablar disparates; sin embargo, no quise interrumpirlo.
Barizábal tomó el costillar, el matambre y los chorizos, los puso sobre la parrilla y agregó más brasas; enseguida continuó:
—La guita no existía. Te daban bonos de acuerdo al comportamiento, que servían para participar en competencias de ascenso de castas o para tener algún servicio de reproducción adicional. Te acreditaban el puntaje en un aparato parecido a un celular, colocado con una brida a la muñeca. Como yo me había portado bastante bien, me gasté todos los puntos en una gordita parecida a la Marilú, la del kiosco de revistas. ¡Vieras qué linda mujer! ¡Partía la tierra! Pasé varias veces, hasta que se me acabaron los puntos. Al final, me desperté todo transpirado.
Un coro de carcajadas interrumpió abruptamente el relato de Barizábal: escondidos detrás de la tapia de la cocina, hacía rato que los muchachos escuchaban su disparatado sueño.
Barizábal los miró con desprecio, meneó la cabeza y se limitó a decirme:
—Te lo dije. Cuando llegan los boludos de siempre, no se puede hablar en serio.