31/07/2025
UN DÍA SOÑADO
Por Alicia Raquel Martínez
La Brigitte y la Jenny, mejores amigas desde la infancia, pasaban los sesenta y estaban ansiosas por cobrar la jubilación. El primer pago les llegó en diciembre con el retroactivo y el aguinaldo. Decidieron viajar a Brasil. En enero subieron al avión rumbo a Porto Seguro, con trasbordo en San Pablo. Esperaron horas en ese inmenso aeropuerto internacional de “Guarulhos” donde infinidad de personas deambulaban por esos largos pasillos hablando distintos idiomas que ellas no entendían, como ese Jeque árabe que marchaba adelante seguido por sus mujeres dos pasos atrás o ese contingente de japoneses, muy refinados o los brasileros rubios, morenos y negros, cada uno con un acento propio y hablando el mismo idioma. A mediodía llegaron al “Portal do Mundaí”, hermoso hotel donde pasarían los próximos diez días.
La Brigitte tenía conocimientos del idioma por otros viajes realizados y le intentó dar lecciones básicas a la Jenny, pero sin resultado, así que cada vez que ella leía o escuchaba algo, le pedía a su amiga que le tradujera.
─¿Qué significa “Portal do Mundaí”? ─
─“Portal Mundial” ─dijo la Brigitte.
─Estamos rendidas de tanto trajinar, así que mejor será descansar y a la noche vemos qué hacemos, ¿te parece?
─¡Sí, sí, tenés razón! ─asintió la Jenny.
Después de la cena, en el SUM del hotel la música invitaba a compartir la velada con los demás huéspedes y así “Caipiriña” va y “Caipiroska” vuelve, las dos bailaron hasta la madrugada. No recuerdan cómo llegaron a la habitación, pero allí las encontró la mañana.
─¡La playa nos llama amiga! Ya tomé el Playacetamol que me indicó el doctor y estoy lista para partir ─ exclamó la Brigitte.
─No puedo abrir los ojos, me duele la cabeza, alcanzame el Vinoprofeno, me quedo a dormir, andá vos sola y me contás cómo te fue. Si mejoro, usaré la hermosa piscina del hotel ─acotó la Jenny.
Sin más, la Brigitte, dispuesta a estrenar su tankini color fucsia y su cubre malla verde manzana salió rumbo a la playa.
Caía la tarde cuando volvió la Brigitte, su piel lucía morada y a franjas. Encontró a la Jenny contrariada y al preguntar el porqué, ella contó:
─Dormí hasta tarde, me levanté mejor, me hizo bien el Vinoprofeno. Fui al restaurante de la esquina que es diente libre ¿viste? Me serví un poco de todo para comer y luego, de postre, elegí flan entre otros que no conocía y en eso que buscaba con qué comerlo, se me acercó un mozo, bien alto y moreno que me preguntó: ¿A senhora quer colher de sobremesa? Imaginate, amiga, me habían dicho que los brasileros eran “ligeros”, pero nunca pensé que tanto. Me cayó mal, ni le contesté, dejé el flan y me vine furiosa.
─¿Por qué? Solo te preguntó si querías una cuchara para comer el postre ─contestó la Brigitte, tentada por la risa.
─Ahh, ¿era eso? Entendí mal, dijo la Jenny y largó la carcajada.
─Ahora contame cómo te fue a vos.
─¡Fue un día soñado! ─Te cuento, dijo la Brigitte: Caminé como quince cuadras por el costado de la ruta, donde todo tipo de vehículos pasaban raudamente y me desestabilizaban; estaba decidida a llegar a la playa de “Coroa Vermelha”, alguien me contó que había shows en vivo. Cuando al fin llegué, con el sol abrasador busqué dónde descansar bajo las sombrillas, observar el show y por qué no participar del baile. A poco se me acercó un “garçon”.
─¿Un qué? ─ preguntó la Jenny.
─Un mozo, querida. Me preguntó qué iba a comer y le dije: “Eu quero um petisco de camarãos e um suco de maracujá por favor”.
─Y eso, ¿Qué fue?
─Un aperitivo de camarones y un jugo de Maracuyá, la fruta de la pasión.
─Ya ubicada en la “poltrona”, me apoyé en el respaldo.
─¿En la qué?
─En el silloncito plegable.
─La música comenzó a sonar. Miré hacia el escenario y las mujeres corrieron a ubicarse en el playón para bailar. Pero todas usaban mallas de dos piezas y yo con el tankini pensé que no encajaba. A lo lejos oí que una “garota” venía por la playa ofreciendo: “Biquinis, maiôs y fios dentales. Le compré un elegante conjunto rojo y verde. Yo lo uso, pensé, total aquí no conozco a nadie y de una, me preparé para unirme al baile.
Entre aplausos apareció un moreno con sunga, muy alto y fornido, fisicoculturista, diría yo, ojos verdes y cabello largo todo con trencitas que saludó y se presentó como instructor de baile y dijo también ser bañero a cargo de esa playa. Quedé pasmada. Mis ojos no podían creer lo que veían. Noté que enseguida me miró, pensé que era por el biquini que compré, un poco chico me quedaba, pero bueh…
─¿Y, entonces? ─preguntó la Jenny.
─ Él comenzó a balancearse al ritmo del “Chiquichiquicha”, pero no me quitaba los ojos de encima. Después de una hora de bailar, nos invitó a refrescarnos en el mar. Me hizo seña para que lo espere, se bajó del escenario, tomó mi mano y preguntó: “¿Nós vamos à praia juntos?”, dije que sí, por supuesto, imaginate. Entramos al agua, me llevó mar adentro, yo confiada. De pronto, veo detrás de él, que una ola negra, gigante, se levantaba y avanzaba hacia nosotros, me dio miedo, me abracé al moreno con fuerza, pero lo mismo, me hundí hasta el fondo, tragué agua y di tantas vueltas que él, ahora bañero logró encontrarme y me llevó hasta la orilla, me recostó en la arena y trató de reanimarme. Yo sentía el peso de su cuerpo encima de mí, pero no podía ni quería recobrarme.
─¿Y entonces qué hizo? ─preguntó la Jenny.
─Y… decidió hacerme respiración boca a boca.
─¿Y.…? ¿Y…?
─ Oí la voz del garçon que me estaba sacudiendo y decía:
─“¡A senhora estava dormindo desde que chegou e a tempestade de areia derrubou o guarda-sol em cima de vocȇ!”