22/11/2025
Desde la visión Espiritual, el ser humano no nació separado de Dios; nació dentro de Él.
Antes de descender al mundo, tu alma era una chispa indivisa de la Luz Infinita. No había “yo” y “Dios”, solo Unidad absoluta.Entonces ocurrió, el “Rompi-miento de los vasos”.
Para que el mundo existiera, la Luz Infinita se contrajo y se vertió en vasos creados. Esos vasos no resistieron la intensidad de la Luz y se quebraron. Las chispas divinas cayeron, se vistieron de materia densa y se ocultaron dentro de los deseos, los miedos y el ego. Tú y yo somos esas chispas caídas que olvidaron su origen.
El ego se formó justamente para proteger la chispa, pero terminó creyéndose dueño de la identidad. Por eso el ser humano insiste en vivir separado: porque tiene miedo de desaparecer si suelta la cáscara. Cree que si se rinde a Dios, perderá su “yo”, su control, su historia personal. En verdad, lo único que pierde es la ilusión de separación. Dejar el mundo no significa huir físicamente, sino soltar la identificación con la cáscara: con la necesidad de tener razón, de poseer, de ser reconocido, de proteger heridas viejas.
Eso duele, porque el ego grita: “¡Si me sueltas, mueres!”.
Y tiene razón… muere el falso yo. Pero en ese preciso instante de entrega la chispa recuerda que nunca estuvo sola. La Luz que parecía perdida regresa a su lugar natural y el alma vuelve a sentir que respira dentro de Dios, no fuera de Él.
El camino no es “ir a Dios”, sino “dejar de huir de Él”.
Es un salto de fe: confiar en que al soltar el mundo tal como lo conocías, no caes al vacío… caes en los Brazos que nunca te soltaron.Y allí, donde el “yo” se calla, solo queda paz que no depende de nada externo y amor que ya no necesita buscar, porque se reconoce a sí mismo como la esencia de Todo.Ese es el verdadero Éxodo: salir de la estrechez del ego hacia la amplitud del Ser.
Es difícil, sí.
Pero es el único camino que lleva a Casa.