24/03/2026
La psicosis constituye uno de los campos más complejos de la clínica contemporánea, no solo por la intensidad de sus manifestaciones, sino porque interroga los fundamentos mismos de la subjetividad: el lenguaje, el lazo social, la realidad compartida y la experiencia del cuerpo. Pensarla hoy exige articular la dimensión estructural desarrollada por el psicoanálisis con los determinantes históricos, sociales e institucionales que atraviesan la vida de los sujetos, especialmente en contextos latinoamericanos caracterizados por desigualdades persistentes y sistemas de salud fragmentados.
La noción de “márgenes de las psicosis” permite precisamente este desplazamiento desde una concepción cerrada de la estructura hacia una lectura dinámica que incluye dispositivos de sostén, invenciones subjetivas y redes comunitarias. Diversos autores latinoamericanos han subrayado la necesidad de integrar clínica y territorio, entendiendo la salud mental como un fenómeno inseparable de las condiciones sociales de existencia (Enrique Pichon-Rivière, 1971/2007; Emiliano Galende, 1990).
Desde Sigmund Freud hasta el último Jacques Lacan, la teoría psicoanalítica ha recorrido un camino que va desde la idea de ruptura con la realidad hacia la comprensión del delirio como intento de reconstrucción, y finalmente hacia la concepción del síntoma como invención singular (Freud, 1911/1992; Lacan, 1975-1976/2006). Este recorrido permite pensar el tratamiento no como corrección de un déficit, sino como acompañamiento de los modos en que cada sujeto logra sostener su existencia.
El enfoque clínico-comunitario añade un elemento decisivo: la psicosis no ocurre en el vacío, sino en un entramado de relaciones, instituciones y discursos que pueden desorganizar o sostener. Hablar de “márgenes” implica entonces considerar los bordes entre sujeto y comunidad, entre institución y territorio, entre singularidad y colectivo (Galende, 1990; Alicia Stolkiner, 2005).