18/04/2026
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“La Ciudad avanza con el plan de ordenamiento de la Villa 31: más seguridad y controles de accesos para frenar las construcciones”.
Bajo este título el gobierno de la Ciudad comunica el saqueo de comercios del barrio, la violencia hacia jóvenes cuyo estereotipo encaja perfectamente con lo que ellos creen que es malo.
Porque ser marrón es un insulto. Tener rasgos indígenas también.
¿Seguridad para quiénes?
¿Al adolescente que está siendo vulnerado en un montón de derechos? No parece.
Escribo con angustia, con bronca, porque nadie nos dice nada.
Porque importa más comunicar para afuera, para el otro lado de las vías del tren.
No saber qué pasa genera miedo.
Parece que siempre vamos a cargar con la culpa de haber nacido donde nacimos, de vivir donde vivimos.
No lo merecemos, eso nos hicieron creer.
Vivir en “tierras usurpadas” pero la mayoría somos descendientes de pueblos originarios. ¿Quién usurpó primero? ¿Está mal querer vivir bajo un techo?
Los controles vienen desde siempre: desde el celular que usamos, las zapatillas, hasta una beca, un plan social.
Todo es controlado y juzgado por quienes no conocen nuestra realidad, como si nuestra vida no fuera digna de vivirse con felicidad.
El barrio se fue construyendo, con una economía que se sostiene sola. Eso también molesta. Hoy cierran negocios informales dentro del barrio pero los de afuera siguen estando.
Para el gobierno de la ciudad, somos “el mal” que perjudica al “buen vecino”. Ese que celebra el saqueo y la violencia contra quienes vivimos acá.
Angustia, miedo, bronca. Desamparo. Lazos rotos.
“Avanzar”, dicen. Pero retrocede todo: políticas, pensamientos.
Lo único que avanza es el deseo de destruir la villa.
No va a pasar.