27/04/2026
EL DESARROLLO DESDE CERO
La pobreza extrema es un concepto difícil de imaginar para la mayoría de la población de un país.
Se trata de una condición que rara vez es individual, sino que abarca a grupos familiares, en que no se cuenta con los recursos necesarios para la subsistencia más elemental, ni con una perspectiva admisible para acceder a ellos en un futuro cercano.
Dejamos fuera del análisis a los que sufren enfermedades o discapacidades que requieren inexorable atención estatal.
Para los demás, no hay referentes familiares en los que apoyarse.
No se dispone de tierra ni en mínima dimensión. Si existe, no se cuenta con conocimiento ni equipamiento suficiente.
Es posible que haya un pasado laboral, pero en tal caso la actividad desapareció o ya no es demandada.
¿Qué hacen los gobiernos ante estos cuadros, que hoy abarcan más de 5 Millones de personas en Argentina?
El denominador común de los gobiernos, de cualquier signo, a lo largo de 40 años, ha sido una combinación de dos acciones:
Entregar una suma de dinero por hijo pequeño a las madres sin trabajo ni recursos, considerado el sector más débil.
Subsidiar comedores comunitarios de núcleos comunitarios diversos.
Estos aportes, sobre todo el primero, se computan regularmente como soluciones para disminuir “la pobreza por ingreso”.
El énfasis varía según el compromiso político de quien gobierne, yendo desde extremos en que se supone que en cada aporte hay que evitar pequeños negocios de intermediarios o la otra mirada, que buscó agregar fondos para mejorar la infraestructura de las barriadas populares o aspectos colaterales de mejora del hábitat.
Pero sorprendentemente, hay un supuesto compartido: hay que atenuar la pobreza, a la que se considera exclusión de la sociedad que genera el capitalismo con su proceso de concentración permanente e inevitable. Si el PBI aumenta, se supone aumentará la oferta de trabajo y eso reducirá la pobreza, aún la pobreza extrema. Si no sucede, aumentarán los subsidios para subsistir.
Ni por un momento se imagina formular programas de eliminar la pobreza, construyendo escenarios en que los afectados participen activamente de la solución.
¿Y si nos animamos a cambiar el foco?
Propongo analizar posibilidades desde el seno de un grupo concreto. Por ejemplo: los habitantes de un barrio de Buenos Aires.
En términos capitalistas, su situación se podría medir por la cantidad total de dinero que disponen para participar como consumidores en el mercado.
Supongamos un período de referencia: un mes.
Para una misma cantidad total de dinero, la condición del conjunto mejorará en dos circunstancias:
Si la velocidad de circulación interna del dinero - o sea la cantidad de transacciones dentro del barrio - aumenta.
Si al final del mes, la cantidad total de dinero en circulación aumentó, señalando eso que los integrantes, en su conjunto, vendieron más de lo que compraron y además no retiraron dinero del mercado barrial.
Lo primero, se consigue si las personas producen bienes o servicios que el resto demanda de manera activa. Cuantas más necesidades de miembros de la comunidad puedan ser satisfechas por otros miembros de ella, se cumplirá mejor esa condición de aumento de la velocidad de circulación.
Lo segundo se consigue si suceden los siguientes hechos:
Los bienes o servicios se brindan al barrio, pero también a otros barrios.
Los productores de bienes o servicios reinvierten parte del dinero recibido por sus ventas en el propio barrio.
Esto último debe leerse también por lo contrario: los productores NO se llevan sus ganancias fuera del barrio.
Las dos condiciones anotadas - velocidad de circulación y aumento del dinero disponible -, si se dan al mismo tiempo, estarán indicando que no hay un proceso de concentración que deba preocuparnos. Si hay concentración, en cambio, puede aumentar el dinero disponible pero la velocidad de circulación se estanca, porque hay pocos que producen bienes o servicios.
Cambiamos la palabra barrio, por provincia o luego por Nación y tenemos una descripción de la vida de una provincia pobre en un país rico o de un país colonial, en que las utilidades se van al exterior.
En dirección inversa, vamos del barrio a un grupo humano que come en un comedor comunitario y llegamos a la situación límite, donde podría parecer que pretendemos asociar calidad de vida con un parámetro que no existe en ese grupo: la cantidad de dinero.
En una primera mirada es verdad: esos compatriotas disponen de recursos dinerarios casi nulos.
En un análisis más fino, sin embargo, debemos entender que allí está el desafío: construir capacidad para participar en el flujo de dinero que surge cuando muchos producen y todos consumen.
La diferencia con el barrio, la provincia o el país es que en este escenario límite no basta con mejorar y promover los vínculos internos. Para actuar sobre la pobreza extrema hay que conocer las capacidades presentes o dormidas de los pobres; potenciarlas, construir cadenas de valor que hoy no existen, buscando como meta excluyente producir bienes o servicios para el grupo y para el resto de la comunidad, consiguiendo así el aumento sistemático de la cantidad de dinero disponible.
Tal es la tarea. El intento de brindar una o dos comidas diarias a millones de personas desde hace más de 40 años, sin interrupción, no puede considerarse una alternativa válida.
Tampoco es una opción correcta apoyar sin más las iniciativas de trabajo autogestionado que presuponen capital disponible nulo; ausencia de tecnología; inserción en cadenas de valor que dependen totalmente de la asignación de roles pseudo esclavos por parte de quienes se apropian del valor agregado que se genere. De esta manera los compatriotas trabajan, pero tienen derecho a dudar de manera permanente si vale la pena.
EL CAMINO
Reiteremos el objetivo: Aumentar la velocidad de circulación del dinero al interior del grupo en cuestión. Aumentar la cantidad de dinero que queda dentro del grupo.