10/09/2026
Miriam, mamá de Rodrigo nos comparte el siguiente texto.
ANTES Y DESPUES
En RENACER decimos que hay un antes y un después en nuestras vidas y que el punto de quiebre es la partida de nuestros hijos.
Efectivamente hay un cambio drástico, pero no siempre se puede decir de que se trata. Yo quiero intentar describir lo que cambió en mí.
Antes, cuando vivía como la inmensa mayoría de la gente, sentía que construía mi mundo. Estaba a cargo de mi familia, mi progreso, mis hijos, su felicidad y bienestar. Sentía que en gran medida las cosas dependían de mí, que yo estaba a cargo y me hacía responsable por lo que acontecía en ese pequeño universo familiar. Vino la partida de mi hija P**i y no hace falta describir la sensación de vacío y la profunda tristeza que embargaron mi alma. Yo que estaba a cargo no pude hacer nada, lo que más podía herirme había sucedido y ni siquiera mis plegarias tuvieron eco en un Dios del que empecé a separarme; Él tampoco me dio respuesta. Todo eso que era “mío”, era parte de mí, era yo, era mi obra. Todo eso de golpe, parecía irreal porque ya no era como yo pensaba, lo que estaba a mi cargo, ahora sabía que podía desaparecer en un abrir y cerrar de ojos sin que nada ni nadie pudiera impedirlo. Estaba a mi cargo, pero solo en parte, ya que lo que sucedía no dependía enteramente de mí ¡ni siquiera sabía de quien dependía!
Pasó el tiempo y llegó el “después”, entendí que sólo debía tratar de hacerme cargo de lo que podía, no de lo que no podía. Ahora sabía que había cosas, hechos, que eran enteramente ajenos a mi voluntad ¿Cómo hago para no sufrir un infarto? Es fácil entender que no hay mucho que pueda hacer, cuidarme y llevar una vida sana no alcanza para tener la seguridad de que no habrá de ocurrir ¡puede ocurrir a pesar de llevar una vida sana y en contra de mi voluntad! De eso no puedo hacerme cargo, debo vivir con la incertidumbre, aprender a desechar el miedo que esta pudiera causarme, ese miedo no me protege de nada.
Pero lo antedicho es sólo un aspecto. Hay otros. Antes, daba por sentado que muchas cosas eran como eran porque no podían ser de otra manera, ni siquiera consideraba la posibilidad de que pudieran ser distintas. Un ejemplo: sentía mis hijos volver de la escuela y me daba alegría su regreso, su presencia, pero nunca di las gracias porque habían regresado ¡eso era lo normal! No podía ser de otra forma, o más bien, no se me ocurría pensar siquiera que podían no regresar.
En el después, cada vez que oigo la puerta de calle cuando regresa mi hijo siento alegría como antes, pero también un profundo agradecimiento por su regreso. Ahora sé que podría no ser así, y siento que soy afortunado cuando ocurre ¡y ocurre dos veces por día! ¿Se imaginan lo que es ganar la lotería dos veces por día, todos los días? He dado solo un ejemplo, pero esto se repite con la salud, con el café de cada día, con el encuentro con gente amiga, con cada paisaje y cada pájaro que observo que vuela y que ese vuelo es una maravilla. Todo es un regalo y más valioso todavía cuando tengo conciencia plena de mi propia finitud. Esto no será para siempre, un día no estaré para ver salir el sol, pero mientras esté, cada vez que salga y yo pueda apreciarlo, es un milagro que se renueva.
He recompuesto mi relación con Dios, pero este es uno nuevo. El que tenía antes debía hacer lo que yo le pedía. Este de hoy hace lo que quiere, no lo entiendo, me excede por completo, pero confío en Él sin conocerlo, sin saber dónde me lleva. Casi no dialogamos, pero agradezco lo que me da cada día y sé que me da mucho. Supongo que me ama como yo amo a mi hija. Algún día, si tengo suerte, podré tomar un café con Él y darle las gracias personalmente.
Todo el dolor de la partida de nuestros hijos, si sirve para parirnos distintos al “después”, para hacernos mejores, no es vano. Esos hijos que se fueron son los que cambiaron nuestras vidas de una forma que nadie podrá hacerlo, y eso los convierte en nuestros guías y maestros. También por eso, doy gracias a la vida y a mi P**i que con su presencia supo bendecir mi vida.
La sensación que tengo es que vivía con mis ojos cubiertos, en la oscuridad, no lo sabía siquiera. En su despedida, mi hija, rozó la venda que los cubría, y dejó pasar un tenue rayito de luz. Al principio, eso hirió mis ojos, acostumbrados a la oscuridad, y me produjo mucho dolor. Hoy atesoro la luz que tengo, como el último regalo gentil de esa persona a quien tanto amo, ella me dio una conciencia nueva. No pasó por mi vida para llenarla de dolor sino para iluminarla.
No sé si logro traducir, aunque sea tenuemente el cambio, el mundo es el mismo, yo sigo siendo el mismo, pero estoy en un lugar distinto para mirar, g***r y sufrir. El cambio es interior ¡No ha cambiado nada, pero ha cambiado todo!
José «Cacho» Divizia papá de P**i, RENACER Tucumán