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La Cuello no se reía, no saltaba a la cuerda, no llevaba merienda ni siquiera se peinaba.Mi mamá no me deja, le decíamos...
21/02/2026

La Cuello no se reía, no saltaba a la cuerda, no llevaba merienda ni siquiera se peinaba.
Mi mamá no me deja, le decíamos cuando nos pedía prestadas las fibras de brillitos. Tu casa queda muy lejos, repetíamos cuando no le dábamos la invitación para un cumpleaños.
Sabíamos todo de ella. Qué se subía las medias cuando pasaba al frente, que apretaba fuerte el lápiz, que no usaba colores, que guardaba los útiles en una bolsa de súper.
Todo sabíamos. Todo. Menos que su madre se había ido cuando tenía dos años, que su tío le subía la falda algunas tardes cuando quedaban en su casa, que tenía un padre que tomaba mucho y que la foto que guardaba en su carterita era la del hermano mu**to en un asalto.
Ella levantaba un hombro, así, diciendo qué me importa cuando no la elegíamos para hacer grupo y la maestra nos obligaba a incorporarla en alguno.
La misma maestra que una vez preguntó quién sabía bailar y la Cuello brilló como una hoguera en el festival de fin de año.
La misma maestra que le regalaba crayones y le ponía Excelente a sus pruebas de lápiz apretado fuerte.
Yo era parecida a vos, le dijo un día la seño y le pasó la mano por el pelo.
Yo era parecida a vos, le dijo y le abrió los sueños para creer que ella también, ella también un día podía ser como la seño.

_____________Marcela Alluz
"Brasas. Relatos de vidas desabrigadas"
Ilustración Laura Jaite


Un día con mamá, otro día con papá, otro día con una abuela...otro con la otra abuela...Se piensa en las consecuencias?
15/01/2026

Un día con mamá, otro día con papá, otro día con una abuela...otro con la otra abuela...

Se piensa en las consecuencias?

Hijos en tránsito: crecer entre casas, adultos y afectos.

La separación de los padres no ocurre en silencio. Aunque se intente disimular, los hijos la escuchan, la sienten y la habitan. Cambian las casas, los horarios, los rituales cotidianos. Un día con mamá, otro con papá, otro con la abuela. Y en ese ir y venir, surge una pregunta que incomoda: ¿cómo crecen los chicos cuando su vida se arma en fragmentos?
No es la separación lo que más impacta en el desarrollo de un niño. Lo que deja huella es la forma en que los adultos atraviesan ese proceso. Cuando no hay acuerdos, cuando cada casa tiene reglas opuestas, cuando los silencios pesan más que las palabras, los chicos aprenden a adaptarse antes de tiempo. Y adaptarse no siempre es sinónimo de bienestar.
Los niños necesitan previsibilidad. No rigidez, pero sí certezas. Saber dónde duermen, quién los busca, quién los cuida. Cuando la rutina se desarma y nadie la vuelve a armar, aparece la inseguridad. Algunos se vuelven más callados, otros más demandantes. No es rebeldía: es desorientación emocional.
Las abuelas suelen convertirse en refugio. Y eso no es negativo. El problema aparece cuando ese refugio reemplaza, en lugar de complementar. Cuando el cuidado se terceriza por cansancio, culpa o conflicto no resuelto. El niño, entonces, empieza a sentir que no pertenece del todo a ningún lugar.
No se trata de tener una familia ideal. Se trata de construir coherencia afectiva. De entender que los hijos no son mensajeros, ni premios, ni botín de guerra emocional. Son personas en formación que miran, escuchan y aprenden de cómo los adultos gestionan el amor cuando ya no están juntos.
Porque crecer entre varias casas puede ser saludable si hay respeto, acuerdos y amor estable.
Pero puede volverse una carga silenciosa cuando lo único constante es el cambio.
La verdadera pregunta no es con quién duerme el niño cada noche, sino si se siente seguro al cerrar los ojos.

Porque ningún niño debería aprender a ser fuerte antes de tiempo.
Ningún hijo debería acostumbrarse a vivir con la valija emocional siempre lista.
Ningún chico debería entender los conflictos adultos antes de haber entendido el juego.
La separación puede ser una decisión madura.
Pero delegar el daño, no.
Cuando los adultos no ordenan sus emociones, los hijos aprenden a sobrevivir en lugar de crecer.
Y eso, aunque no deje marcas visibles, también es una forma de abandono.
No alcanza con amar a los hijos.
Hay que hacerse cargo._
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