18/02/2026
La Pala y el Silencio
Sobre los brigadistas de incendios, los sistemas de emergencias y la dignidad que nadie repara
"Lo que la naturaleza tardó miles de años en construir, arde en días. Lo que nosotros tardamos treinta años en construir, parece no valer nada."
Una profesión que eligió a sus trabajadores
Hay trabajos que uno elige. Y hay trabajos que te eligen a vos.
Nadie entra a un ICE —a un departamento de Incendios, Comunicaciones y Emergencias de un Parque Nacional— porque sea el camino más cómodo. No hay carrera universitaria que lo prepare del todo, no hay manual que describa exactamente lo que significa estar en medio de un bosque milenario con una pala en la mano, el viento en contra y el fuego avanzando. Se entra porque hay algo que llama: la naturaleza, el servicio, la idea de que ese trabajo importa.
Esa convicción sostiene el sistema. No el presupuesto —que nunca alcanza. No el reconocimiento —que nunca llega. La sostiene la gente que dejó los mejores años de su vida dentro de esos puestos, y los jóvenes —algunos hijos e hijas de brigadistas— que siguen llegando convencidos de que vale la pena.
Y vale la pena. El problema es que nadie más parece estar convencido de lo mismo.
De qué hablamos cuando hablamos de un ICE
Los Departamentos de Incendios, Comunicaciones y Emergencias de la Administración de Parques Nacionales son sistemas críticos de protección del patrimonio natural argentino.
El Parque Nacional Lanín, por ejemplo, abarca 411.000 hectáreas de bosques andino-patagónicos, humedales, volcanes y comunidades rurales e indígenas. Su sistema de emergencias opera las 24 horas del día, los 365 días del año, sostenido por estaciones de radio en sitios remotos, con cobertura de hasta 300 kilómetros. No es un sistema improvisado: fue construido a lo largo de décadas por los mismos trabajadores que hoy lo operan, con soluciones propias, con conocimiento territorial que no se aprende en un curso de dos semanas.
Ese sistema detecta incendios, coordina evacuaciones, guía rescates, sostiene la comunicación de comunidades que de otra forma quedarían completamente aisladas. Es infraestructura social, no solo ambiental.
Y sin embargo, los trabajadores que lo sostienen siguen esperando un reconocimiento que nunca termina de llegar.
El ciclo que se repite
Cada temporada de incendios el ciclo es el mismo.
El fuego avanza. Las imágenes circulan. La indignación dura lo que dura el scroll en una pantalla. Aparecen las declaraciones de funcionarios. Se habla de recursos, de refuerzos, de coordinación. El fuego se apaga —con el esfuerzo de brigadistas que trabajan en condiciones que no resistirían ninguna auditoría seria de seguridad laboral— y el invierno llega, enfriando también la urgencia política.
Los reclamos duran lo que dura el incendio. La temporada siguiente, todo vuelve a empezar.
Mientras tanto, las condiciones laborales de los brigadistas siguen sin reflejar la peligrosidad real de su trabajo. Los salarios no condicen con la especialización ni con el riesgo. Los equipos se renuevan con cuentagotas, muchas veces gracias al ingenio de los propios trabajadores. Los convenios colectivos —cuando se logran— son victorias parciales que llegan tarde y resuelven poco. La carrera técnica no existe como debería: no hay una trayectoria clara que valore los años de experiencia, la formación específica, el conocimiento del territorio.
Treinta años de experiencia en campo valen lo mismo que dos en papel. Eso no es un error del sistema. Es una decisión.
Ni de derecha ni de izquierda — o de ambas, da igual
Sería fácil hacer de esto un relato partidario. No lo es.
Los trabajadores de los ICE llevan décadas de reclamos atravesando gobiernos de distintos signos políticos, diferentes ideologías, diferentes promesas. El resultado es el mismo: algo se logra, algo se promete, algo queda a mitad de camino. La pelota pasa de un lado al otro con la habilidad característica de quien practica ese deporte desde siempre.
No es que la política no tenga herramientas para resolver esto. Es que estos sistemas no generan los votos suficientes para estar en el centro de ninguna agenda. Son una gota en el mar presupuestario. Son fáciles de recortar porque no cortan calles, no paran ciudades, no hacen ruido político. Hacen ruido solo cuando arde el bosque.
Y ahí está la paradoja: el mismo sistema que se recorta en nombre de la eficiencia es el que evita pérdidas económicas, ambientales y humanas que cuestan infinitamente más que cualquier inversión razonable en prevención.
La burocracia mientras tanto actúa con lógica propia. Los asesores —que suelen ser los mismos independientemente del gobierno— aplican criterios que raramente incorporan el conocimiento de quienes trabajan en el campo. Los años de experiencia no pesan en las decisiones. Los egos y las especulaciones gremiales, a veces sí. El resultado es un sistema que podría ser mejor de lo que es, atrasado por décadas de oportunidades desperdiciadas.
Lo que se construyó desde adentro
Lo más extraordinario de estos sistemas es que funcionan.
Funcionan porque quienes los habitan los sostienen desde adentro, muchas veces a pesar de las condiciones y no gracias a ellas. Brigadistas que desarrollaron protocolos propios. se diseñaron redes donde no había infraestructura. Trabajadores que aplicaron tecnología. Sistemas de gestión construidos desde cero por personas que entendían que la información ordenada salva vidas.
Ese capital —técnico, humano, territorial— no tiene precio en ningún balance presupuestario. Y esa invisibilidad es la injusticia más profunda.
No se trata de sentimentalismo. Se trata de una realidad concreta: si mañana los trabajadores con más de diez, veinte, treinta años de experiencia salieran del sistema, no hay curso acelerado que reemplace lo que se iría con ellos. El conocimiento del territorio patagónico, de los patrones del viento en cada valle, de las rutas de acceso en emergencia, de cómo funciona cada sistema de comunicaciones y por qué se instaló donde se instaló —eso no está en ningún manual.
Lo que pedimos — y lo que el sistema merece
No es un reclamo nuevo. Pero hay que seguir diciéndolo, porque lo que no se nombra desaparece.
Los sistemas de emergencia de los Parques Nacionales son infraestructura esencial del Estado argentino. No son un gasto prescindible. No son una variable de ajuste. Son parte de la respuesta del Estado ante el fuego, el desastre, la crisis climática que ya no es escenario futuro sino presente cotidiano.
Lo que se pide es lo que corresponde: que las condiciones laborales de los brigadistas reflejen la peligrosidad y especialización de su trabajo. Que la carrera técnica reconozca la experiencia real acumulada en campo. Que los salarios sean dignos y los equipos, adecuados. Que las decisiones que afectan al sistema sean tomadas con quienes conocen el sistema —no sobre ellos.
Que cuando el fuego apague su foto en las redes, el compromiso no se apague con él.
Para quienes tienen algo que decidir
Este documento no busca convencer a nadie de una ideología. Busca algo más concreto: que las personas cuyas decisiones definen el futuro de estos sistemas tengan información real antes de decidir.
Que sepan que cuando se recorta un puesto en un ICE, no se recorta un número en una planilla. Se recorta una red de comunicaciones que cubre cientos de kilómetros. Se recorta la presencia del Estado en territorios donde el Estado ya es escaso. Se recorta la capacidad de respuesta ante el próximo incendio que, con certeza, va a ocurrir.
Que sepan que dos años de gestión no alcanzan para entender lo que treinta de trabajo construyeron. Que preguntar qué se puede hacer —y escuchar la respuesta— es siempre mejor que llegar con certezas prestadas.
Que sepan que hay personas esperando ser convocadas. No para quejarse. Para construir.
Cierre
Seguimos. Con la pala, con la radio, con el sistema que nosotros mismos levantamos.
Seguimos porque creemos en esto. Porque la generación que viene —algunos son nuestros propios hijos— merece encontrar algo mejor que lo que encontramos. Porque la naturaleza que protegemos no puede esperar a que la política se ponga de acuerdo.
Pero también decimos esto: la dignidad de los trabajadores no debería depender de su capacidad de resistencia. Debería depender de que el Estado que representan esté a la altura de lo que ellos dan.
Estamos esperando que eso ocurra.
Y lo seguiremos diciendo, aunque solo dure un scroll.
Departamentos de Incendios, Comunicaciones y Emergencias — Parques Nacionales de la Argentina Parque Nacional Lanín — San Martín de los Andes, Neuquén — Febrero de 2026
́nanticipada