22/11/2025
Serie de arte urbano en Plaza huerta Luna de enfrente
Donación de Pinta Argentina con el apoyo de Comuna 14 de Buenos Aires y el
Preferido
Arte Victoria Ferreyra Tony Collantez
Gracias Maxi - Óscar - Orne - Kave
Comparto esta nota de Ramiro de Punto Cero : La tauronga
VIKA: LA QUE EXPANDE EL MUNDO
Hay artistas que pintan.
Y hay artistas que expanden la realidad.
Vika pertenece a esa estirpe rara, casi secreta, de mujeres cuya sensibilidad no cabe en los límites de un cuerpx, de un lienzo ni de una técnica. En ella, el pincel no es una herramienta: es una extensión sublime de la naturaleza, un tallo vivo que guía la mano del monte, del río, de la memoria ancestral. Su pulso es el mismo que el de un árbol cuando decide florecer. Su obra, una traducción visible de lo que la tierra siente y calla.
La impronta de su familia late en cada color. Hay en Vika una herencia invisible hecha de trabajo, de dignidad y de ese modo particular de mirar el mundo que tienen quienes aprendieron a amar antes que a hablar. Y también está su misión —esa “miss” que la inspira—, un faro íntimo que la impulsa a trascender más allá del arte, como si cada mural suyo fuera un abrazo que se expande hacia otros, hacia los que todavía no saben que la belleza puede salvar.
La esquina era Gurruchaga y Soler, Palermo.
Un cruce donde la ciudad se vuelve escenario, donde los autos pasan como ráfagas y las sombras se proyectan largas sobre los adoquines. Yo llegué allí con ese temor que da caminar la ciudad de la furia: miedo a perderme, sí, pero también esa adrenalina de reencontrarme con un territorio que, en algún pretérito remoto, ya había recorrido sin saber que volvería.
Pero ella estaba ahí.
No podía evadir esa invitación.
Vika me esperaba entre huertos que olían a infancia litoraleña: albahaca, tierra húmeda, perfume de mandarinas maduras. Ese aroma me devolvió, de un golpe, los veranos eternos del litoral, cuando todo era simple y el mundo cabía en un patio. Y ahí mismo, extendiéndose contra el cielo como si quisiera tocarlo, estaba su obra.
El mural.
Su mural.
Una pared convertida en destino.
Los andamios se levantaban como gigantes dormidos, sosteniendo en silencio la batalla delicada entre el color y la intemperie. Y frente a ese paredón —el lienzo más noble y contestatario que existe—, Vika se movía con la precisión de una coreógrafa del viento. Cada trazo era una afirmación, una respiración expandida hacia el futuro. La mirada le brillaba como si supiera que estaba escribiendo algo más que un mural: estaba dejando un testimonio emocional de su paso por el mundo.
Allí entendí que su arte no es solo arte.
Es un modo de existir.
Un modo de decir:
“Aquí estoy. Esta soy. Vengo del río, del barro, del silencio… pero vine a transformar la calle en un lugar donde la belleza se planta y no retrocede.”
La vi pintar.
La vi sentir.
La vi ser.
Y mientras el sol bajaba detrás de los edificios, mientras Palermo abría sus ventanas al ocaso y al ruido infinito de la ciudad, su obra seguía creciendo. Como crecen las raíces. Como crecen las mujeres que tienen un destino: trascender, incluso cuando el mundo parece demasiado pequeño para ellas.
Vika no pinta paredes.
Las despierta.
Las convierte en criaturas que respiran.
Y yo, parado en aquella esquina, supe que había sido testigo de algo más que una jornada artística. Había asistido a un acto íntimo de revelación: el momento en que una artista sensible, humana y expansiva transforma el espacio y, sin quererlo, también transforma a quienes la miran.
Porque hay personas que dejan huella.
Y hay otras, como Vika, que dejan luz.