La otra ciudad

La otra ciudad Conocer nuestro pasado es la mejor manera de construir nuestro futuro.

La Otra Ciudad es un proyecto cultural creado por el Dr. Ricardo Petrissans para rescatar, investigar y compartir la historia oculta de Montevideo y del Uruguay.

JACINTO PÁRRAGAEl artillero que defendió Florida sin cañones.La mañana del 4 de agosto de 1864 debió de comenzar en Flor...
10/10/2026

JACINTO PÁRRAGA
El artillero que defendió Florida sin cañones.

La mañana del 4 de agosto de 1864 debió de comenzar en Florida con esa normalidad extraña que a veces precede a las jornadas destinadas a quedar para siempre unidas al nombre de un lugar. La villa era pequeña, las noticias corrían rápidamente y nadie necesitaba largas explicaciones para comprender que las fuerzas revolucionarias de Venancio Flores se aproximaban en número muy superior al de los hombres que debían defenderla. Al frente de aquella pequeña guarnición estaba Jacinto Párraga, un militar de carrera, artillero de profesión, veterano de las guerras civiles orientales y responsable ahora de una defensa que contenía una ironía casi cruel: tendría que resistir prácticamente sin aquello que mejor conocía.

Sin cañones.

Décadas más tarde, Heraclio Labandera utilizaría precisamente esa circunstancia para titular su investigación Párraga, el artillero sin cañones. No se trataba solamente de una frase afortunada. Las fuerzas gubernamentales reunidas en Florida eran muy inferiores y la investigación documental más detallada calcula en alrededor de setenta y siete hombres el núcleo de la defensa, sin artillería suficiente para compensar la enorme desigualdad frente al contingente revolucionario que se acercaba.

Párraga comprendía perfectamente lo que aquello significaba. No era un improvisado colocado accidentalmente al frente de una villa. Había servido durante la Guerra Grande, había pasado por unidades de artillería, mandado cuerpos militares y conocido desde muy joven el tipo de guerra que se libraba en el Uruguay del siglo XIX. Había visto suficientes hombres morir y suficientes gobiernos cambiar como para no confiar en heroísmos fáciles.

Su carrera tampoco había sido una línea tranquila. Había tenido conflictos disciplinarios y atravesado episodios que afectaron su posición dentro del ejército, pero volvió posteriormente al servicio y el gobierno terminó confiándole la responsabilidad militar de Florida. Allí lo encontró la revolución iniciada por Venancio Flores.

Nosotros conocemos el final de aquella historia y por eso resulta fácil mirar agosto de 1864 como una estación dentro de un camino conocido. Sabemos que pocos meses después Brasil intervendría militarmente, que Montevideo acabaría cayendo y que aquella guerra uruguaya quedaría vinculada a un conflicto regional gigantesco. Párraga no tenía ninguna de esas certezas. Cuando supo que las fuerzas revolucionarias se acercaban sólo podía medir lo que tenía delante: un enemigo numéricamente muy superior, pocos hombres, municiones limitadas, una villa cuya defensa estaba bajo su responsabilidad y una decisión que todavía podía tomar.

Podía retirarse.

Permaneció.

Y es allí donde comienza la razón profunda de este homenaje, sin necesidad de convertirlo en un santo partidario ni de trasladar hasta nosotros las divisas que desgarraban al Uruguay de su tiempo. Quienes avanzaban con Flores también eran orientales, también tenían convicciones y también iban a morir. Durante el ataque perdería la vida incluso Venancio Flores hijo, y recordar ese hecho no disminuye de ninguna manera la resistencia de Párraga. Al contrario, devuelve al combate algo que la historia partidaria suele quitarle: la certeza de que, en ambos lados, había hombres que podían no regresar.

La lucha se extendió durante horas y terminó penetrando en las calles de Florida. Una villa construida para la vida cotidiana se transformó en campo de batalla y los defensores fueron consumiendo hombres y municiones frente a una fuerza que podía reemplazar con mayor facilidad sus pérdidas. Entre los revolucionarios cayó también el coronel Faustino López, primer jefe político de Florida, y su muerte fue otra demostración de que aquella jornada no iba a dejar intacto a ninguno de los bandos.

Para Párraga, sin embargo, cada minuto empeoraba la situación. No tenía una fortaleza formidable detrás de la cual refugiarse ni podía esperar razonablemente que una fuerza amiga apareciera a último momento para modificar el resultado. Defendía una pequeña ciudad del interior, con hombres que sabían tan bien como él que la diferencia era enorme.

Y Párraga era artillero.

Toda su experiencia profesional estaba ligada a un arma que, cuando llegó el momento decisivo, prácticamente no estaba allí para ayudarlo. Resulta difícil encontrar una paradoja más dura: un hombre formado durante años para calcular distancias, disponer piezas y comprender el efecto que un cañón podía tener sobre un combate obligado a resistir precisamente sin ellos.

Finalmente la defensa cedió y Florida fue tomada.

Párraga cayó prisionero junto con varios de sus oficiales y compañeros. Hasta ese momento, todo había pertenecido a la lógica brutal pero reconocible de una guerra civil: un ataque, una resistencia, mu***os de ambos lados y una plaza que termina cambiando de manos.

Lo ocurrido después fue diferente.

Jacinto Párraga fue ejecutado.

También lo fueron varios de los hombres capturados junto a él, entre quienes aparecen en las fuentes nombres como Dámaso Silva, José Bosch, Gregorio Ibarra, Manuel Sotelo y Adolfo Castro. Las reconstrucciones no coinciden siempre en todos los detalles ni en el número exacto de víctimas, como suele ocurrir con episodios transmitidos después a través de memorias políticas enfrentadas, pero el núcleo no está en discusión: hombres que habían sobrevivido al combate fueron mu***os después de ser capturados.

La responsabilidad concreta por aquella decisión generó controversias posteriores y las pasiones políticas de la época hicieron el resto. La tradición más difundida atribuyó la orden a Venancio Flores, profundamente afectado además por la muerte de su hijo durante la lucha, mientras otras versiones procuraron reconstruir de forma distinta la cadena de decisiones. La discusión historiográfica merece continuar, pero no altera la parte esencial para la vida de Párraga: había sobrevivido al combate y no sobrevivió a la captura.

Aquella no fue, desgraciadamente, una excepción dentro del Uruguay de las guerras civiles. Hubo ejecuciones, degüellos, represalias y venganzas bajo distintas banderas y en momentos diferentes. Admitirlo resulta indispensable si queremos dejar atrás la historia construida con víctimas propias y verdugos ajenos. Comprender la violencia de una época no significa justificarla, sino reconocer hasta dónde podía llegar una sociedad cuando el adversario político dejaba de ser simplemente alguien que pensaba distinto y se convertía en alguien cuya vida podía perder toda protección después de la derrota.

Pocos meses más tarde, Paysandú viviría una tragedia de magnitud mucho mayor y la figura de Leandro Gómez se instalaría de manera definitiva dentro de la memoria nacional. Párraga quedó inevitablemente a su sombra. La Defensa de Paysandú tuvo una escala gigantesca, observadores extranjeros, repercusión internacional y una dimensión política que superó ampliamente los límites del departamento.

Florida conservó a su héroe.

El país, en cambio, fue olvidándolo.

Y tal vez sea precisamente por eso que merece ser recuperado ahora, no para iniciar una competencia absurda entre mártires ni para convertir la memoria en prolongación de una guerra civil de hace más de ciento sesenta años, sino para recordar que la historia nacional está llena de figuras que quedaron confinadas en la memoria de un departamento simplemente porque otros acontecimientos produjeron símbolos más poderosos.

Párraga no ganó aquella batalla.

Y nuestra relación con los héroes ha dependido demasiado a menudo de la victoria.

Nos resulta más sencillo recordar a quienes entran en una ciudad triunfantes, a quienes aparecen montados sobre un caballo después de una campaña victoriosa o a quienes tuvieron la fortuna de vivir lo suficiente para contar su versión. Mucho menos cómodo resulta recordar a quienes recibieron una responsabilidad que no podían cumplir con posibilidades razonables de éxito y decidieron, pese a todo, no abandonarla.

El 4 de agosto de 1864, Jacinto Párraga conocía la inferioridad de sus fuerzas, sabía que enfrente se encontraba un enemigo muy superior, comprendía perfectamente lo que significaba carecer de artillería y permaneció al frente de la defensa.

No necesitamos inventarle un discurso.

No necesitamos imaginar cuáles fueron sus últimos pensamientos.

Los documentos nos permiten saber bastante.

Estuvo allí.

Combatió.

Fue capturado.

Y murió después.

Ocho días más tarde, el gobierno de Atanasio Aguirre declaró que quienes habían defendido Florida habían merecido el bien de la Patria. Naturalmente era el gobierno del mismo bando por el que Párraga había peleado, y el historiador debe conservar siempre esa circunstancia al leer semejante homenaje. Pero hoy ya no necesitamos pertenecer a aquel bando para comprender lo que ocurrió.

No hace falta ser blanco para reconocer el coraje de Jacinto Párraga, del mismo modo que no hace falta heredar el odio de sus adversarios para estudiar honestamente las razones por las que combatieron.

Basta mirar aquella pequeña Florida de 1864 y recordar que un hombre recibió la responsabilidad de defenderla en condiciones desesperadas y decidió quedarse.

Durante mucho tiempo su nombre permaneció vivo casi únicamente allí.

Quizá haya llegado el momento de devolverlo al país.

Porque el coraje no siempre termina sobre el caballo del vencedor.

A veces queda en una ciudad tomada, junto a un puñado de hombres, y en la memoria obstinada de quienes, ciento sesenta años después, todavía se niegan a olvidarlo.

Dr. Ricardo Petrissans Aguilar

La otra ciudad
Ricardo Petrissans Aguilar

Fuentes y bibliografía

Labandera, Heraclio. Párraga: el artillero sin cañones. Montevideo: Ediciones de la Plaza, 2014.

Lamaita Rodríguez, Alberto. Los tiempos heroicos: la Batalla de la Florida. Florida: Intendencia de Florida / Junta Departamental de Florida, 2014.

Fernández Saldaña, José María. Diccionario uruguayo de biografías, 1810-1940. Montevideo: Editorial Amerindia, 1945.

Junta Departamental de Florida. Actas y resoluciones conmemorativas relativas a la defensa de Florida de 4 de agosto de 1864 y a Jacinto Párraga.

Intendencia de Florida. Antecedentes y documentación relativos a la investigación de Heraclio Labandera.

Acevedo, Eduardo. Anales históricos del Uruguay. Volúmenes correspondientes a la década de 1860.

Maiztegui Casas, Lincoln R. Orientales: una historia política del Uruguay. Volúmenes correspondientes al período 1830-1904.

Pivel Devoto, Juan E. Estudios relativos a las guerras civiles y a la crisis política uruguaya de 1863-1865.

10/10/2026

EMETERIO REGUNAGA
El hombre que salió de la guerra para entrar en una biblioteca

Emeterio Regunaga tenía poco más de veinte años cuando una bala le cambió la vida. Montevideo estaba sitiada, la Guerra Grande parecía destinada a extenderse indefinidamente y miles de hombres jóvenes habían aprendido que la política podía transformarse, casi sin transición, en una guardia, una trinchera, una carga o la mesa improvisada donde un cirujano intentaba salvar lo que quedaba de una pierna. Regunaga entró a combatir como muchos otros y terminó herido de una manera tan grave que los médicos recurrieron a una de las decisiones más terribles y al mismo tiempo más habituales de la medicina militar de entonces: amputar.

Sobrevivió y, desde aquel momento, caminó con una pierna de madera.

La historia podría haber terminado convertida en una de las innumerables tragedias privadas que dejó la Guerra Grande, jóvenes mutilados que regresaban de los combates y tenían que reconstruir una existencia con un cuerpo distinto y con poquísimos recursos para hacerlo. Pero Regunaga tomó un camino inesperado. Pocos años más tarde, mientras Montevideo todavía seguía sitiada, aquel antiguo combatiente de veinticinco años fue nombrado director de la Biblioteca Nacional.

El contraste resulta tan poderoso que parece construido retrospectivamente, pero pertenece enteramente a la realidad. En 1847 sustituyó a Francisco Acuña de Figueroa al frente de una institución que estaba muy lejos de parecerse a la gran Biblioteca Nacional que conocemos hoy. No había edificio monumental, grandes salas ni una estructura cultural firmemente consolidada. La Biblioteca había atravesado cierres, abandono, pérdidas y traslados desde mucho antes, y durante una guerra civil que dividía al país hasta en la propia legitimidad de sus gobiernos, conservar libros podía parecer una preocupación menor frente a la necesidad diaria de conseguir alimentos, armas, salarios o simplemente mantener viva la ciudad.

Sin embargo, alguien debía hacerse cargo de ellos, y durante seis años ese hombre fue un joven mutilado por la misma guerra que amenazaba también a la institución que dirigía.

Regunaga no dejó por eso de pertenecer al mundo político de su tiempo. Era colorado, estaba vinculado al Gobierno de la Defensa y siguió siendo un hombre de partido. No debemos transformarlo retrospectivamente en una figura cultural situada por encima de aquellas divisiones porque sería falsear su vida. Lo interesante es precisamente que pudiera pasar de la experiencia de combate a la dirección de una biblioteca sin abandonar completamente ninguna de las dos dimensiones.

Mientras desempeñaba el cargo, empezó además a estudiar derecho. La imagen vuelve a resultar extraordinaria si la despojamos de solemnidad: un muchacho que había perdido una pierna en la guerra, administraba una biblioteca precaria dentro de una ciudad sitiada y encontraba todavía la energía necesaria para construir otra profesión. En 1853 culminó los estudios jurídicos, justamente cuando el Uruguay empezaba también a salir del larguísimo conflicto que había marcado toda su juventud.

Terminada la guerra, el país necesitó aprender nuevamente a funcionar. Había que reconstruir instituciones, integrar territorios, organizar administraciones y hacer convivir a hombres que durante casi una década habían estado enfrentados. Regunaga continuó moviéndose dentro de ese Uruguay todavía inestable y, en 1856, volvió a aparecer en otro momento fundacional: cuando se creó el departamento de Florida, fue elegido su primer senador.

Apenas habían transcurrido algunos años desde la amputación.

La velocidad con que se sucedían las vidas públicas en aquel Uruguay es difícil de comprender desde ahora. Un joven podía ser soldado, quedar mutilado, dirigir la principal biblioteca del país, estudiar derecho y llegar al Senado antes de cumplir una edad en la que hoy muchos recién comienzan a consolidar una carrera profesional. No era necesariamente fruto de una excepcionalidad personal; también era la consecuencia de vivir en un Estado joven donde casi todo estaba todavía construyéndose y donde las guerras obligaban a las personas a cambiar de oficio, función y destino con enorme rapidez.

Regunaga continuó participando activamente en política, ocupó cargos, sufrió derrotas, conoció el exilio y regresó cuando las circunstancias volvieron a cambiar. Su trayectoria perteneció plenamente a aquel siglo de revoluciones, amnistías y gobiernos inestables, y sería imposible comprenderlo desprendiéndolo de las pasiones partidarias que atravesaban a su generación.

Pero ocurrió algo curioso con su memoria.

Se casó con Carlota Ferreira.

Años después, el extraordinario retrato que Juan Manuel Blanes hizo de ella, sumado a una biografía envuelta en relaciones sentimentales, rumores y episodios dramáticos, convirtió a Carlota en una de las mujeres más fascinantes del imaginario uruguayo del siglo XIX. Su presencia terminó creciendo tanto después de su muerte que el marido, que en vida había sido militar, abogado, director de la Biblioteca Nacional, legislador y político, quedó reducido muchas veces a una nota dentro de la historia de ella.

El historiador Aldo Solé entendió perfectamente esa inversión cuando tituló una investigación El marido olvidado de Carlota.

La expresión puede resultar divertida, pero encierra algo bastante serio sobre la manera en que funciona la memoria. No siempre olvidamos a personas poco importantes. A veces olvidamos a quienes tuvieron una trayectoria considerable simplemente porque quedaron junto a alguien cuya leyenda terminó resultando mucho más poderosa.

Incluso la muerte de Regunaga, ocurrida en 1872 cuando apenas rondaba los cincuenta años, quedó envuelta después en relatos dramáticos relacionados con su matrimonio y su situación personal. Algunas versiones pueden ser verdaderas, otras requieren todavía una comprobación documental mayor y, precisamente porque la leyenda de Carlota contaminó durante décadas casi todo lo que se escribía alrededor suyo, conviene mantener allí una prudencia que la buena historia siempre debe conservar.

No necesitamos esas escenas para encontrar intensidad.

Basta volver al muchacho herido durante el Sitio Grande.

Una amputación en la década de 1840 constituía una experiencia brutal. Las posibilidades de infección eran enormes, las prótesis primitivas y la vida urbana no ofrecía casi ninguna consideración para alguien con una discapacidad física severa. Regunaga tuvo que aprender nuevamente a desplazarse dentro de una ciudad de calles irregulares y medios de transporte rudimentarios, al tiempo que buscaba una manera de continuar interviniendo en la sociedad.

Y terminó entrando en una biblioteca.

Quizá allí exista una imagen capaz de reunir dos dimensiones de nuestro siglo XIX que generalmente aparecen separadas en los libros. Por una parte están las guerras civiles, los sitios, las armas y los cuerpos heridos; por otra, las instituciones, la educación, la formación del Estado, los abogados, las bibliotecas y los legisladores. Regunaga atravesó ambas sin que una borrara completamente a la otra.

La propia Biblioteca Nacional que recibió tampoco estaba indemne. Había sufrido las derrotas políticas anteriores, los abandonos, las crisis económicas y la enorme fragilidad institucional de un país que todavía no conseguía estabilizarse.

En 1847, por tanto, se encontraron dos sobrevivientes.

Una biblioteca que había conseguido seguir existiendo.

Y un joven director que caminaba con una pierna de madera.

Después vendrían el abogado, el senador, el político, el exiliado y el marido de una mujer que terminaría eclipsándolo en la memoria popular. Pero antes de todo eso hubo un muchacho de veinticinco años que había dejado una parte de su cuerpo en una guerra y que, mientras esa misma guerra continuaba, entró en una biblioteca y decidió seguir adelante.

Quizá merecía que lo recordáramos por algo más que por haber sido el marido de Carlota.

Dr. Ricardo Petrissans Aguilar

La otra ciudad

Fuentes y bibliografía

Solé, Aldo. “Emeterio Regunaga”, Revista de la Biblioteca Nacional, vol. 13, n.º 17.

Solé Obaldía, Aldo. Emeterio Regunaga: el marido olvidado de Carlota. Montevideo: Linardi y Risso, 2016.

Biblioteca Nacional del Uruguay. Revista de la Biblioteca Nacional, volumen dedicado a los dos siglos de la institución.

De Torres, Inés. Estudios sobre las sedes y la evolución institucional de la Biblioteca Nacional.

González Demuro, Wilson. Estudios sobre la Biblioteca Nacional entre la derrota del artiguismo y la Guerra Grande.

Intendencia de Florida. Documentación sobre la creación del departamento y su primera representación parlamentaria.

Archivo General de la Nación, Uruguay. Fondos correspondientes al Gobierno de la Defensa y la Guerra Grande.

JACINTO VENTURA DE MOLINAEl hombre negro que escribió para no desaparecerHubo un hombre en el Montevideo de comienzos de...
10/10/2026

JACINTO VENTURA DE MOLINA

El hombre negro que escribió para no desaparecer

Hubo un hombre en el Montevideo de comienzos del siglo XIX que parecía decidido a no aceptar el lugar que la sociedad le había reservado. Era negro, había nacido en 1766 en una región fronteriza que todavía cambiaba de manos entre portugueses y españoles, no pertenecía a ninguna de las familias que dominaban la política ni tenía una fortuna capaz de abrirle las puertas que otros encontraban naturalmente abiertas y, sin embargo, se empeñó durante décadas en hacer algo que para alguien de su condición podía parecer casi insolente: leer, estudiar, escribir, discutir, redactar memoriales, intervenir en cuestiones jurídicas, componer versos y dirigirse a funcionarios que probablemente no sabían demasiado bien qué hacer con aquel hombre que conocía las fórmulas del derecho, tenía libros, utilizaba el latín y se presentaba como licenciado.

Se llamaba Jacinto Ventura de Molina, y cuanto más se avanza en los papeles que dejó más difícil resulta comprender por qué permaneció durante tanto tiempo en los márgenes de nuestra historia cultural. No porque hubiera escrito dos o tres documentos curiosos, sino porque produjo un conjunto extraordinario de peticiones, borradores, poemas, textos religiosos, reflexiones históricas, escritos políticos y páginas autobiográficas. Escribió tanto que a veces parece haber sentido una necesidad casi física de dejar constancia de sí mismo, como si comprendiera que el mundo en el que vivía podía olvidarlo con enorme facilidad y que la única defensa posible contra ese olvido consistiera en llenar páginas.

Su historia había comenzado mucho antes de Montevideo. Nació en Río Grande, durante uno de aquellos períodos en que la frontera meridional de los dominios portugueses y españoles parecía una línea trazada sobre arena. Sus padres eran de origen africano y habían conocido formas de esclavización y dependencia antes de alcanzar situaciones de mayor libertad. Jacinto nació libre, aunque aquella libertad estaba muy lejos de significar igualdad. Creció en una sociedad donde el color de la piel condicionaba de una manera brutal las posibilidades de una persona y donde aprender a leer ya constituía un privilegio importante, muchísimo más para un niño negro.

Su destino comenzó a apartarse de lo esperable cuando quedó bajo la protección de José Eusebio de Molina, militar español que se transformó en su tutor y cuyo apellido terminaría adoptando. Allí inició una educación que después ampliaría obstinadamente por cuenta propia. Leyó cuanto pudo, se interesó por la gramática, la doctrina religiosa, el latín, la historia y las nociones de derecho, y fue construyendo una formación que no siguió el recorrido ordenado de quienes podían ingresar naturalmente en colegios y universidades, pero que terminó permitiéndole moverse dentro de un mundo cultural que no parecía preparado para recibirlo.

Mientras estudiaba también trabajaba. Fue zapatero, y ese dato devuelve inmediatamente humanidad al personaje porque impide imaginarlo como una figura pulida retrospectivamente por la admiración. Jacinto podía pasar horas escribiendo un memorial y después ganarse la vida con sus manos; podía discutir una cuestión jurídica y volver luego a su oficio. La verdadera contradicción no estaba en él, sino en una sociedad que aceptaba sin dificultad que un hombre negro reparara zapatos y encontraba mucho más incómodo verlo discutir sobre derecho, literatura o política.

De allí surgieron las burlas. Lo llamaban “el Licenciado negro”, y la expresión no siempre contenía respeto. Había en ella algo de sorpresa, pero también la insinuación de que ese lugar no le correspondía enteramente. Durante mucho tiempo se creyó incluso que el título era sólo una extravagancia personal, aunque las investigaciones modernas encontraron en sus propios manuscritos referencias a reconocimientos obtenidos durante la dominación brasileña. La cuestión formal del título puede seguir siendo discutida, pero resulta secundaria frente a lo esencial: Molina se comportaba como un hombre de letras y reclamaba ser tratado como tal en una ciudad que seguía recordándole que era negro.

Y frente a esa resistencia hizo lo que sabía hacer.

Escribió.

A veces con solemnidad, otras con irritación, muchas veces con una mezcla de orgullo y necesidad. Sus textos pueden resultar arduos para un lector actual porque pertenecen a otro mundo lingüístico, están cargados de fórmulas jurídicas, referencias religiosas y construcciones propias de su época, pero detrás de esas páginas aparece una personalidad intensa, alguien obligado a demostrar una y otra vez quién era, qué sabía y por qué tenía derecho a ser escuchado.

Montevideo cambiaba mientras Molina escribía. Había visto la monarquía española, la revolución, las ocupaciones extranjeras, las guerras y el nacimiento de un nuevo Estado. No vivió dentro de una sociedad estable, sino en una comunidad que estaba decidiendo dolorosamente quién podía ser ciudadano, quién tenía derecho a hablar, quién podía participar y qué significaba realmente pertenecer. Para un hombre negro esas discusiones no eran abstracciones filosóficas. Eran parte de la vida cotidiana.

Y pronto comprendió que su capacidad para manejar la palabra escrita podía servir también a otros.

Molina comenzó a intervenir como escribiente, intermediario y asesor de personas afrodescendientes que necesitaban dirigirse a autoridades acostumbradas a comunicarse mediante memoriales, peticiones y fórmulas burocráticas difíciles de atravesar para quienes no habían recibido alfabetización. Su vinculación con la Sociedad de Negros Congos de Gunga resulta especialmente reveladora. Cuando las autoridades controlaban o prohibían determinadas celebraciones y reuniones de las comunidades africanas, hacía falta alguien capaz de transformar una necesidad colectiva en un documento que el poder pudiera leer, y Molina sabía hacerlo.

Conocía las palabras.

Sabía cómo se hablaba al ministro, qué tono requería una solicitud, cómo se construía una petición y de qué manera había que presentar un argumento para que, al menos, no pudiera ser descartado antes de ser leído. En una época en que el acceso al papel y a la escritura constituía también una forma de acceso al poder, esa capacidad convertía su educación en algo mucho más importante que un logro individual.

Y mientras escribía para otros, seguía escribiendo sobre sí mismo. Sus manuscritos contienen recuerdos de infancia, referencias a su padre, a su tutor, a su esposa María Rufina, a las dificultades económicas, a los méritos que consideraba propios y a situaciones que entendía injustas. No construyó una autobiografía en el sentido moderno, pero dejó dispersa en cientos de páginas una voluntad evidente de preservar su existencia. Parecía saber que, si no la escribía él, otros probablemente no lo harían.

Y durante mucho tiempo estuvo a punto de tener razón.

Su nombre quedó relegado a curiosidades, anécdotas y menciones laterales. Las historias de la literatura uruguaya podían hablar de escritores, periodistas, poetas y juristas del siglo XIX sin detenerse demasiado en aquel hombre negro que llevaba décadas escribiendo. Tampoco la historia política sabía muy bien dónde colocarlo. No había sido presidente, general ni legislador. Incluso cuando era mencionado, con frecuencia aparecía como una excepción pintoresca.

Pero los papeles permanecieron.

Y con ellos permaneció su voz.

Cuando empezaron a estudiarse seriamente apareció otro siglo XIX, porque ya no estábamos oyendo solamente a funcionarios, sacerdotes, propietarios o autoridades hablando de los afrodescendientes. Estábamos oyendo a un afrodescendiente hablando sobre sí mismo, sobre su educación, sus aspiraciones, sus problemas, sus relaciones y la sociedad en la que vivía. Durante siglos, los hombres y mujeres africanos aparecieron en nuestros documentos como propiedad, soldados, trabajadores, miembros de cofradías, sujetos de vigilancia policial o números dentro de un censo. Molina alteró esa dirección de la mirada porque tomó la pluma y entró en el archivo escribiendo desde dentro.

No aceptó ser solamente alguien sobre quien otros dejaran documentos.

También quiso ser quien los produjera.

Murió hacia fines de la década de 1830, después de haber atravesado transformaciones políticas suficientes para llenar varias vidas. No fundó una escuela, no tuvo discípulos que levantaran inmediatamente su nombre ni dejó una corriente intelectual que lo protegiera del olvido. Dejó algo menos espectacular y, a la larga, muchísimo más resistente: papeles donde argumentaba, recordaba, reclamaba, se defendía, corregía, insistía y volvía a empezar.

Tal vez por eso resulte hoy una figura tan extraordinaria.

Jacinto Ventura de Molina no necesita que lo convirtamos retrospectivamente en héroe. Fue un hombre negro, libre, culto, obstinado, a veces excesivo, en ocasiones difícil, que vivió en una sociedad que no esperaba encontrarlo ocupando ese lugar y que decidió, pese a todo, instalarse dentro de la palabra escrita como si aquel territorio también le perteneciera.

Probablemente le pertenecía.

Lo verdaderamente extraño es que nosotros hayamos tardado tanto en reconocerlo.

Dr. Ricardo Petrissans Aguilar

La otra ciudad

Fuentes y bibliografía

Gortázar, Alejandro. Cultura letrada y etnicidad en los manuscritos de Jacinto Ventura de Molina (1817-1840). Montevideo: Universidad de la República-CSIC, 2017.

Gortázar, Alejandro; Pitetta Dufour, Adriana; Barrios, José Manuel. Jacinto Ventura de Molina: antología de manuscritos (1817-1837). Montevideo: Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, 2008.

Acree, William; Borucki, Alex, eds. Jacinto Ventura de Molina y los caminos de la escritura negra en el Río de la Plata. Montevideo: Linardi y Risso, 2008.

Biblioteca Nacional del Uruguay. Fondo Jacinto Ventura de Molina. Manuscritos autógrafos, memoriales, escritos religiosos, políticos y autobiográficos.

Borucki, Alex. Estudios sobre afrodescendientes, esclavitud, libertad y sociabilidad negra en el Río de la Plata.

Declaracion cultural de La Otra Ciudad.Dr. Ricado Petrissans Aguilar.Hay una forma bastante pobre de pensar la historia ...
10/10/2026

Declaracion cultural de La Otra Ciudad.

Dr. Ricado Petrissans Aguilar.

Hay una forma bastante pobre de pensar la historia que consiste en imaginarla como algo que quedó atrás, una especie de territorio cerrado donde viven personajes mu***os, guerras terminadas, gobiernos desaparecidos y ciudades que ya no existen. Desde esa mirada, estudiar el pasado sería una actividad respetable, incluso culta, pero en el fondo bastante separada de la vida real, como quien contempla una colección de objetos antiguos que pueden resultar interesantes sin modificar demasiado la manera en que entendemos el presente.

Nosotros no creemos en esa historia. Nunca creímos en ella. Y quizá La Otra Ciudad haya nacido precisamente porque, cuanto más investigábamos, más evidente resultaba que el pasado no estaba atrás de nosotros, sino debajo, alrededor y muchas veces adentro de casi todo lo que hacemos.

Una ciudad es probablemente uno de los lugares donde eso se percibe con mayor claridad. Caminamos por una calle y creemos conocerla porque sabemos dónde termina, qué ómnibus pasa por allí o qué comercio ocupa una esquina, pero basta empezar a hacer preguntas para que el paisaje cambie. En ese mismo sitio pudo haber una muralla, un mercado, una cárcel, un cementerio, una tertulia, una conspiración, un duelo, una casa donde alguien tomó una decisión que terminó afectando a miles de personas. Los edificios cambian, los nombres se sustituyen, las generaciones desaparecen y, sin embargo, el territorio conserva capas que siguen explicando mucho de lo que vino después. Aprender historia es, entre otras cosas, aprender a ver esas capas.

Lo mismo ocurre con un país.

Ninguna sociedad comienza el día en que nosotros nacemos y ninguno de los problemas que creemos completamente nuevos apareció necesariamente con nuestra generación. Hay instituciones que arrastran debates de dos siglos, formas de relacionarnos con el poder que tienen raíces muy antiguas, desigualdades que cambiaron de aspecto sin desaparecer del todo, decisiones tomadas en circunstancias ya olvidadas que todavía condicionan nuestro presente. Incluso muchas de las palabras con las que discutimos hoy fueron construidas en otros momentos y no siempre significaron lo mismo. Conocer ese recorrido no nos entrega respuestas automáticas, pero nos evita una de las formas más peligrosas de ingenuidad: creer que todo empezó ayer.

Sin embargo, durante mucho tiempo conseguimos que una parte enorme de la población relacionara la historia con algo bastante diferente. Para muchos fue una materia llena de fechas, nombres y acontecimientos que había que ordenar correctamente antes de una prueba. Había que recordar quién gobernó después de quién, en qué año ocurrió determinada batalla, qué tratado siguió a qué conflicto, y cuando todo eso había sido respondido correctamente podía darse por cumplida la tarea. Después, con los años, buena parte de aquella información se olvidaba y quedaba una sensación bastante triste: la historia había sido importante porque alguien había dicho que lo era, pero pocas veces se había explicado por qué.

Tal vez allí cometimos un error enorme.

Porque nadie vivió la historia como una lista.

La historia fue siempre desordenada mientras ocurría. Quienes participaron en ella no conocían las consecuencias de sus decisiones, no sabían qué nombres serían recordados ni cuáles desaparecerían y tampoco podían mirar hacia delante para descubrir quién terminaría venciendo. Vivían con rumores incompletos, noticias que demoraban semanas, miedos, cálculos, intuiciones y equivocaciones. Una carta podía no llegar; un aliado podía cambiar de opinión; una tormenta podía impedir una expedición; una enfermedad podía modificar una sucesión política; alguien podía salir de su casa por la mañana sin imaginar que antes de la noche estaría formando parte de un acontecimiento que dos siglos después estudiaríamos en los libros.

Cuando quitamos todo eso y dejamos únicamente el resultado, la historia pierde buena parte de su humanidad.

Por eso nosotros hablamos tanto de narrarla.

No porque queramos convertirla en novela ni porque pensemos que el rigor puede sacrificarse en nombre de una historia bonita. Al contrario. Cuanto más profundamente se investiga, menos necesidad existe de inventar. Los archivos están llenos de vidas extraordinarias, pero hay que encontrarlas. A veces aparecen en una carta de pocas líneas; otras, en una declaración judicial, en una lista de pasajeros, en un expediente militar, en una factura, en un diario personal o en un documento que durante años pareció insignificante hasta que alguien hizo la pregunta adecuada.

El trabajo empieza allí.

Después hay que reconstruir el contexto, comparar fuentes, descubrir qué parte de una historia puede probarse y qué parte fue agregada por la memoria, distinguir una tradición de un documento y aceptar que habrá preguntas para las que quizá nunca encontremos respuesta. Todo eso forma parte de la investigación histórica y no estamos dispuestos a abandonarlo. Pero una vez realizado ese trabajo aparece otra responsabilidad: contar lo encontrado de una manera que permita que alguien ajeno al pequeño mundo de los especialistas pueda comprenderlo, interesarse y hacerlo suyo.

Eso es mucho más difícil de lo que parece.

Porque simplificar no es lo mismo que hacer accesible.

Se puede eliminar toda la complejidad de un episodio hasta convertirlo en una anécdota fácil y conseguir miles de lecturas, pero allí ya no estamos democratizando conocimiento; estamos empobreciéndolo. También se puede hacer lo contrario y escribir de una manera tan cerrada, tan especializada y tan consciente de su propio aparato académico que la investigación termine circulando entre unas pocas decenas de personas. Entre esos dos extremos existe un territorio inmenso que todavía debemos conquistar, y es allí donde La Otra Ciudad quiere trabajar.

Queremos una historia que pueda leerse con placer y discutirse con seriedad.

Una historia donde alguien pueda descubrir a Jacinto Ventura de Molina y sentir primero la fuerza de un hombre negro que escribió durante décadas para conquistar un lugar dentro de la cultura letrada, y después, si quiere saber más, encontrar las fuentes que permiten estudiar sus manuscritos. Una historia donde Lucango Cabanga no sea solamente un nombre pintoresco, sino un africano que cruzó el Atlántico, construyó una vida en Montevideo, regresó una vez a su continente y volvió después a esta ciudad. Una historia donde Jacinto Párraga pueda ser recordado por su conducta en Florida sin necesidad de reabrir las pasiones partidarias que dividían al país en 1864.

Cuando la historia recupera personas, recupera también preguntas.

Y allí existe una posibilidad inmensa para acercar a los jóvenes.

Muchas veces se repite que los jóvenes no leen, que no se interesan por el pasado o que tienen períodos de atención cada vez más breves. Quizá habría que ser un poco más cuidadosos antes de dictar ese diagnóstico. Los jóvenes consumen cantidades enormes de narraciones. Siguen durante horas historias complejas en series, películas, videojuegos y contenidos digitales, aprenden universos enteros cuando algo despierta su curiosidad y son capaces de investigar por su cuenta durante días un tema que realmente los atrapa. Lo que tal vez rechazan no sea la historia, sino una manera de presentarla que no les ofrece ninguna razón emocional o intelectual para entrar.

Si un muchacho descubre que en Montevideo existieron redes clandestinas, cartas secretas, agentes, comerciantes con dobles lealtades y soldados que podían cambiar de bando, quizá quiera saber más sobre la Cisplatina. Si una joven descubre que Josefa Oribe participó en un intento de sublevar un batallón brasileño desde dentro de la ciudad, quizá 1825 deje de ser solamente una fecha. Si alguien comprende que detrás del nombre de una calle hubo una persona que dudó, tuvo miedo, se equivocó o tomó una decisión extraordinaria, tal vez empiece a mirar su propia ciudad con otros ojos.

Ahí aparece la curiosidad.

Y cuando aparece la curiosidad, el conocimiento tiene dónde crecer.

Eso no significa, por supuesto, abandonar a quienes crecieron en otra relación con la cultura. La Otra Ciudad tampoco quiere construir un proyecto que confunda innovación con juventud y termine dejando a las generaciones mayores frente a una puerta tecnológica que nadie se preocupó por explicarles. Tenemos que encontrar formas de encuentro, no nuevas exclusiones. Un recorrido histórico puede reunir a un adolescente y a una persona de setenta años; un libro digital puede convivir con una edición impresa; una conferencia puede continuar después en una pantalla y una investigación publicada en internet puede llevar a alguien a entrar por primera vez en un archivo o una biblioteca.

La tecnología tiene sentido si amplía el acceso.

No si reemplaza una barrera por otra.

Por eso nuestra tarea no consiste simplemente en contar historias antiguas de una forma más agradable. La ambición es otra. Queremos ayudar a reconstruir una relación social con el pasado, conseguir que la historia vuelva a formar parte de la conversación pública sin quedar prisionera de la disputa partidaria, de la simplificación patriótica o de los lenguajes cerrados de un pequeño círculo académico. Queremos que alguien pueda emocionarse y, al mismo tiempo, aprender a desconfiar de una fuente; admirar a un personaje y descubrir después sus contradicciones; sentir orgullo por una historia y aceptar también sus zonas incómodas.

Una sociedad adulta debería poder hacer eso.

Debería poder mirar su pasado sin necesitar que todos sus héroes sean impecables ni todos sus adversarios monstruos.

Debería poder comprender que las personas pertenecieron a su tiempo y que juzgarlas exige conocer primero ese tiempo.

Debería poder discutir una interpretación sin destruir a quien propone otra.

Y debería, sobre todo, conservar la capacidad de preguntar.

Porque la historia comienza siempre con una pregunta.

Qué había aquí antes.

Por qué ocurrió aquello.

Quién tomó esa decisión.

Qué alternativas existían.

Por qué una versión sobrevivió y otra desapareció.

Qué quedó fuera del relato.

Quién escribió lo que hoy sabemos.

Y quién no tuvo nunca oportunidad de escribir.

La Otra Ciudad quiere vivir dentro de esas preguntas.

Por eso investigamos, caminamos, escribimos, damos conferencias y ahora también vamos a publicar libros. No para convertirnos en custodios solemnes de un pasado intocable, sino para ayudar a que ese pasado circule, se discuta y vuelva a ocupar un lugar vivo en la sociedad.

Hay una frase que usamos desde hace tiempo: porque la historia no sólo se lee, también se camina.

Quizá ahora podamos agregar algo más.

También se hereda.

Y toda herencia plantea una responsabilidad.

Podemos recibirla, guardarla en una caja y permitir que lentamente pierda significado, o podemos abrirla, examinarla, discutirla, comprenderla y entregarla a quienes vienen después en mejores condiciones de las que nosotros la recibimos.

Eso es lo que intentamos hacer.

Porque conocer la historia no significa vivir mirando hacia atrás.

Significa saber de dónde venimos para no caminar hacia el futuro con los ojos cerrados.


La otra ciudad
Ricardo Petrissans Aguilar

Dirección

Montevideo
11100

Página web

Notificaciones

Sea el primero en enterarse: le enviaremos un correo electrónico cuando La otra ciudad publique novedades y promociones. Su dirección de correo electrónico no se utilizará para ningún otro fin y puede darse de baja en cualquier momento.

Atajos

Compartir