10/10/2026
JACINTO PÁRRAGA
El artillero que defendió Florida sin cañones.
La mañana del 4 de agosto de 1864 debió de comenzar en Florida con esa normalidad extraña que a veces precede a las jornadas destinadas a quedar para siempre unidas al nombre de un lugar. La villa era pequeña, las noticias corrían rápidamente y nadie necesitaba largas explicaciones para comprender que las fuerzas revolucionarias de Venancio Flores se aproximaban en número muy superior al de los hombres que debían defenderla. Al frente de aquella pequeña guarnición estaba Jacinto Párraga, un militar de carrera, artillero de profesión, veterano de las guerras civiles orientales y responsable ahora de una defensa que contenía una ironía casi cruel: tendría que resistir prácticamente sin aquello que mejor conocía.
Sin cañones.
Décadas más tarde, Heraclio Labandera utilizaría precisamente esa circunstancia para titular su investigación Párraga, el artillero sin cañones. No se trataba solamente de una frase afortunada. Las fuerzas gubernamentales reunidas en Florida eran muy inferiores y la investigación documental más detallada calcula en alrededor de setenta y siete hombres el núcleo de la defensa, sin artillería suficiente para compensar la enorme desigualdad frente al contingente revolucionario que se acercaba.
Párraga comprendía perfectamente lo que aquello significaba. No era un improvisado colocado accidentalmente al frente de una villa. Había servido durante la Guerra Grande, había pasado por unidades de artillería, mandado cuerpos militares y conocido desde muy joven el tipo de guerra que se libraba en el Uruguay del siglo XIX. Había visto suficientes hombres morir y suficientes gobiernos cambiar como para no confiar en heroísmos fáciles.
Su carrera tampoco había sido una línea tranquila. Había tenido conflictos disciplinarios y atravesado episodios que afectaron su posición dentro del ejército, pero volvió posteriormente al servicio y el gobierno terminó confiándole la responsabilidad militar de Florida. Allí lo encontró la revolución iniciada por Venancio Flores.
Nosotros conocemos el final de aquella historia y por eso resulta fácil mirar agosto de 1864 como una estación dentro de un camino conocido. Sabemos que pocos meses después Brasil intervendría militarmente, que Montevideo acabaría cayendo y que aquella guerra uruguaya quedaría vinculada a un conflicto regional gigantesco. Párraga no tenía ninguna de esas certezas. Cuando supo que las fuerzas revolucionarias se acercaban sólo podía medir lo que tenía delante: un enemigo numéricamente muy superior, pocos hombres, municiones limitadas, una villa cuya defensa estaba bajo su responsabilidad y una decisión que todavía podía tomar.
Podía retirarse.
Permaneció.
Y es allí donde comienza la razón profunda de este homenaje, sin necesidad de convertirlo en un santo partidario ni de trasladar hasta nosotros las divisas que desgarraban al Uruguay de su tiempo. Quienes avanzaban con Flores también eran orientales, también tenían convicciones y también iban a morir. Durante el ataque perdería la vida incluso Venancio Flores hijo, y recordar ese hecho no disminuye de ninguna manera la resistencia de Párraga. Al contrario, devuelve al combate algo que la historia partidaria suele quitarle: la certeza de que, en ambos lados, había hombres que podían no regresar.
La lucha se extendió durante horas y terminó penetrando en las calles de Florida. Una villa construida para la vida cotidiana se transformó en campo de batalla y los defensores fueron consumiendo hombres y municiones frente a una fuerza que podía reemplazar con mayor facilidad sus pérdidas. Entre los revolucionarios cayó también el coronel Faustino López, primer jefe político de Florida, y su muerte fue otra demostración de que aquella jornada no iba a dejar intacto a ninguno de los bandos.
Para Párraga, sin embargo, cada minuto empeoraba la situación. No tenía una fortaleza formidable detrás de la cual refugiarse ni podía esperar razonablemente que una fuerza amiga apareciera a último momento para modificar el resultado. Defendía una pequeña ciudad del interior, con hombres que sabían tan bien como él que la diferencia era enorme.
Y Párraga era artillero.
Toda su experiencia profesional estaba ligada a un arma que, cuando llegó el momento decisivo, prácticamente no estaba allí para ayudarlo. Resulta difícil encontrar una paradoja más dura: un hombre formado durante años para calcular distancias, disponer piezas y comprender el efecto que un cañón podía tener sobre un combate obligado a resistir precisamente sin ellos.
Finalmente la defensa cedió y Florida fue tomada.
Párraga cayó prisionero junto con varios de sus oficiales y compañeros. Hasta ese momento, todo había pertenecido a la lógica brutal pero reconocible de una guerra civil: un ataque, una resistencia, mu***os de ambos lados y una plaza que termina cambiando de manos.
Lo ocurrido después fue diferente.
Jacinto Párraga fue ejecutado.
También lo fueron varios de los hombres capturados junto a él, entre quienes aparecen en las fuentes nombres como Dámaso Silva, José Bosch, Gregorio Ibarra, Manuel Sotelo y Adolfo Castro. Las reconstrucciones no coinciden siempre en todos los detalles ni en el número exacto de víctimas, como suele ocurrir con episodios transmitidos después a través de memorias políticas enfrentadas, pero el núcleo no está en discusión: hombres que habían sobrevivido al combate fueron mu***os después de ser capturados.
La responsabilidad concreta por aquella decisión generó controversias posteriores y las pasiones políticas de la época hicieron el resto. La tradición más difundida atribuyó la orden a Venancio Flores, profundamente afectado además por la muerte de su hijo durante la lucha, mientras otras versiones procuraron reconstruir de forma distinta la cadena de decisiones. La discusión historiográfica merece continuar, pero no altera la parte esencial para la vida de Párraga: había sobrevivido al combate y no sobrevivió a la captura.
Aquella no fue, desgraciadamente, una excepción dentro del Uruguay de las guerras civiles. Hubo ejecuciones, degüellos, represalias y venganzas bajo distintas banderas y en momentos diferentes. Admitirlo resulta indispensable si queremos dejar atrás la historia construida con víctimas propias y verdugos ajenos. Comprender la violencia de una época no significa justificarla, sino reconocer hasta dónde podía llegar una sociedad cuando el adversario político dejaba de ser simplemente alguien que pensaba distinto y se convertía en alguien cuya vida podía perder toda protección después de la derrota.
Pocos meses más tarde, Paysandú viviría una tragedia de magnitud mucho mayor y la figura de Leandro Gómez se instalaría de manera definitiva dentro de la memoria nacional. Párraga quedó inevitablemente a su sombra. La Defensa de Paysandú tuvo una escala gigantesca, observadores extranjeros, repercusión internacional y una dimensión política que superó ampliamente los límites del departamento.
Florida conservó a su héroe.
El país, en cambio, fue olvidándolo.
Y tal vez sea precisamente por eso que merece ser recuperado ahora, no para iniciar una competencia absurda entre mártires ni para convertir la memoria en prolongación de una guerra civil de hace más de ciento sesenta años, sino para recordar que la historia nacional está llena de figuras que quedaron confinadas en la memoria de un departamento simplemente porque otros acontecimientos produjeron símbolos más poderosos.
Párraga no ganó aquella batalla.
Y nuestra relación con los héroes ha dependido demasiado a menudo de la victoria.
Nos resulta más sencillo recordar a quienes entran en una ciudad triunfantes, a quienes aparecen montados sobre un caballo después de una campaña victoriosa o a quienes tuvieron la fortuna de vivir lo suficiente para contar su versión. Mucho menos cómodo resulta recordar a quienes recibieron una responsabilidad que no podían cumplir con posibilidades razonables de éxito y decidieron, pese a todo, no abandonarla.
El 4 de agosto de 1864, Jacinto Párraga conocía la inferioridad de sus fuerzas, sabía que enfrente se encontraba un enemigo muy superior, comprendía perfectamente lo que significaba carecer de artillería y permaneció al frente de la defensa.
No necesitamos inventarle un discurso.
No necesitamos imaginar cuáles fueron sus últimos pensamientos.
Los documentos nos permiten saber bastante.
Estuvo allí.
Combatió.
Fue capturado.
Y murió después.
Ocho días más tarde, el gobierno de Atanasio Aguirre declaró que quienes habían defendido Florida habían merecido el bien de la Patria. Naturalmente era el gobierno del mismo bando por el que Párraga había peleado, y el historiador debe conservar siempre esa circunstancia al leer semejante homenaje. Pero hoy ya no necesitamos pertenecer a aquel bando para comprender lo que ocurrió.
No hace falta ser blanco para reconocer el coraje de Jacinto Párraga, del mismo modo que no hace falta heredar el odio de sus adversarios para estudiar honestamente las razones por las que combatieron.
Basta mirar aquella pequeña Florida de 1864 y recordar que un hombre recibió la responsabilidad de defenderla en condiciones desesperadas y decidió quedarse.
Durante mucho tiempo su nombre permaneció vivo casi únicamente allí.
Quizá haya llegado el momento de devolverlo al país.
Porque el coraje no siempre termina sobre el caballo del vencedor.
A veces queda en una ciudad tomada, junto a un puñado de hombres, y en la memoria obstinada de quienes, ciento sesenta años después, todavía se niegan a olvidarlo.
Dr. Ricardo Petrissans Aguilar
La otra ciudad
Ricardo Petrissans Aguilar
Fuentes y bibliografía
Labandera, Heraclio. Párraga: el artillero sin cañones. Montevideo: Ediciones de la Plaza, 2014.
Lamaita Rodríguez, Alberto. Los tiempos heroicos: la Batalla de la Florida. Florida: Intendencia de Florida / Junta Departamental de Florida, 2014.
Fernández Saldaña, José María. Diccionario uruguayo de biografías, 1810-1940. Montevideo: Editorial Amerindia, 1945.
Junta Departamental de Florida. Actas y resoluciones conmemorativas relativas a la defensa de Florida de 4 de agosto de 1864 y a Jacinto Párraga.
Intendencia de Florida. Antecedentes y documentación relativos a la investigación de Heraclio Labandera.
Acevedo, Eduardo. Anales históricos del Uruguay. Volúmenes correspondientes a la década de 1860.
Maiztegui Casas, Lincoln R. Orientales: una historia política del Uruguay. Volúmenes correspondientes al período 1830-1904.
Pivel Devoto, Juan E. Estudios relativos a las guerras civiles y a la crisis política uruguaya de 1863-1865.