13/06/2026
Esta fotografía, tomada en algún lugar de Centroamérica, me impresionó profundamente: un río limpio y sano descargando sus aguas cristalinas en un río de lodo que desemboca en un manglar.
Al verla, pensé en los ríos Ostúa y Angue de mi infancia. Recuerdo cuando eran el ejemplo perfecto de ríos vivos. En invierno, las tormentas enturbiaban sus aguas al arrastrar la materia orgánica y semillas que alimentaban y renovaban sus riberas. Era el ciclo natural de un ecosistema saludable.
Bajo la sombra de los grandes árboles descansábamos mientras los lugareños, entre ellos mi padre, que creció pescando en el río Angue, en San Gerónimo, atrapaban peces con las manos. Yo cursé segundo grado en la escuela de Ostúa y, después del almuerzo, nos bañábamos todos los días en el río Angue. Algunas crecientes eran tan fuertes que, de pura suerte, hoy puedo contar esta historia.
Los ríos Angue y Ostúa no desembocan en manglares, sino en el lago de Güija, donde el lodo que hoy arrastran se deposita y va reduciendo el espacio para el agua que tanto necesitan el río Lempa y nuestras hidroeléctricas.
A veces hablamos de salvar los manglares sin recordar que su destino comienza mucho más arriba. La salud de nuestros ríos se decide en las cuencas altas, en los bosques que protegemos o destruimos, en las decisiones que tomamos tierra adentro.
Primero Dios, algún día comprenderemos que, para cambiar la triste realidad que hoy enfrentamos, debemos cuidar las cuencas altas con la misma urgencia y el mismo amor con que defendemos nuestros manglares. Porque cuando un río enferma, lo que está en riesgo es el agua y con ella, nuestro futuro, nuestra sobrevivencia. como país.