09/10/2026
PUERTO RICO ENVEJECIÓ, PERO NO SE PREPARÓ PARA LAS CONSECUENCIAS DE SU ENVEJECIMIENTO.
El caso de María Magdalena Ortiz Rosado, adulta mayor de 85 años que enfrenta un proceso de desahucio, debe provocar mucho más que tristeza, indignación o solidaridad momentánea. Debe obligarnos a reflexionar sobre una realidad que llevamos décadas advirtiendo y que, lamentablemente, no hemos atendido con la seriedad que merece.
Puerto Rico no puede decir que el envejecimiento poblacional lo tomó por sorpresa. Durante años hablamos del cambio demográfico, presentamos estadísticas, celebramos foros y repetimos que nuestra población estaba envejeciendo. Sin embargo, no comprendimos lo que ese discurso nos obligaba a hacer: preparar económica, social e institucionalmente al país para la realidad demográfica que hoy enfrentamos.
Los datos son contundentes. En Puerto Rico, el 26 % de la población tiene 65 años o más, y las estimaciones correspondientes a 2024 reflejan que el 38.5 % de ese grupo de edad vivía bajo el nivel de pobreza.
¿Qué ocurre cuando una población envejece con ingresos limitados, sin ahorros suficientes, con costos de vida crecientes, redes familiares reducidas y alternativas de vivienda cada vez más difíciles de costear?
Ocurre que situaciones como esta dejan de ser acontecimientos aislados y se convierten en advertencias de una crisis social que puede profundizarse.
Como país debemos entender que el envejecimiento no es solamente un proceso biológico. Tiene dimensiones económicas, sociales, familiares y funcionales que determinan la capacidad de una persona para sostener su independencia y su calidad de vida.
Por supuesto, existen derechos y obligaciones contractuales que deben atenderse mediante los procesos legales correspondientes. Pero también existe una responsabilidad colectiva de desarrollar mecanismos de prevención, acompañamiento, orientación legal, vivienda asequible y protección social para una población cada vez más envejecida.
No basta con intervenir cuando un adulto mayor está a punto de perder su hogar. Tenemos que preguntarnos por qué no construimos las respuestas necesarias para evitar que llegue a esa situación.
El verdadero problema no es solamente lo que está viviendo hoy doña María Magdalena. Es lo que pueden enfrentar miles de adultos mayores si continuamos administrando las consecuencias del envejecimiento sin atender sus causas estructurales.
El país entendió que su población estaba envejeciendo, pero no entendió que tenía que transformarse para responder a ese envejecimiento.
Y esa falta de preparación comienza a tener rostro, nombre e historias humanas.
Envejecer no debería significar vivir bajo la amenaza de perder la seguridad, la estabilidad y la dignidad.
Dra. Minerva Gómez Ramos
Gerontóloga Clínica
Presidenta, Asociación de Dueños de Centros de Cuidado de Larga Duración, Inc. (ADCCLD)
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