23/06/2025
La vocación que se apaga en el ruido del mundo.
Hubo un tiempo en que la figura del sacerdote franciscano no solo inspiraba respeto, sino también una profunda admiración. Aquellos hombres, vestidos con hábitos sencillos y descalzos de vanidad, caminaban con una fe viva, comprometida y cercana a los más pobres. Eran pastores del alma, sembradores de paz, y portadores de un fuego espiritual que iluminaba aldeas enteras. No necesitaban grandes discursos, porque su vida era el mensaje.
Hoy, en medio de una juventud atravesada por la inmediatez, la distracción digital y la cultura del “yo primero”, la vocación religiosa parece desvanecerse en silencio. Ya no es común escuchar a un joven decir: “quiero entregar mi vida al servicio de Dios y de los demás”. La palabra vocación ha perdido peso, desplazada por palabras como éxito, fama o rentabilidad.
Pero no se trata de juzgar. Se trata de mirar con honestidad: ¿Qué mundo estamos construyendo si dejamos que lo sagrado se vuelva invisible? ¿Qué pierde una sociedad cuando los llamados al servicio profundo y a la entrega total son ignorados?
La vocación franciscana de antes era un acto de rebeldía espiritual. Era renunciar al ruido para escuchar el susurro de Dios. Era vivir en comunión con la tierra, con el otro y con el alma. Quizás hoy no falten llamados, sino corazones dispuestos a escuchar. Tal vez no falten jóvenes con vocación, sino espacios donde esa semilla pueda germinar.
Recuperar el valor de la vocación no es volver al pasado, sino traer al presente lo esencial: la vida con propósito, la entrega sin cálculo, el amor que se da sin esperar aplausos. Y quizás, en medio del silencio que dejaron los franciscanos de antes, un nuevo eco comience a despertar si estamos atentos.