08/05/2026
Descansa en Paz querida Madre Carmen García ...
Cuenta la historia —como se cuentan las cosas que no se olvidan— que allá por el año 1956, cuando la selva aún guardaba silencios más profundos y caminos más largos, llegaron a estas tierras unas mujeres con los pies firmes y el corazón encendido. Eran religiosas Compasionistas: Rosa, Anunciación, Guadalupe, María Jesús y Teresa. Venían con una misión sencilla y poderosa: sembrar fe a través de la enseñanza.
Y la semilla prendió.
Años después, como quien llega sin hacer ruido pero cambia todo, apareció en Lamas una joven religiosa de mirada viva y espíritu inquieto: la Madre Carmen García. Era jovencísima, sí… pero ya traía en el alma una fuerza serena, una ternura firme, una alegría que no se agotaba.
Nadie podía imaginar entonces que esa joven dedicaría casi sesenta años de su vida al Perú, caminando entre Tarapoto, Lamas y Picota, llegando incluso a los pueblos más lejanos, donde el olvido a veces parecía instalarse. También la vieron en Arequipa, subiendo y bajando cerros con la misma fe con la que más tarde caminaría por Lima… pero fue en la selva donde su historia echó raíces profundas.
En Lamas, su nombre dejó de ser solo un nombre… se volvió recuerdo, enseñanza, canción.
En el colegio de monjas La Sagrada Familia, formó generaciones de jovencitas. No solo enseñaba lengua y literatura… enseñaba a sentir las palabras, a descubrir la belleza escondida en un verso, a encontrar la propia voz. Sus clases no terminaban cuando sonaba la campana: continuaban en los escenarios improvisados donde nacían obras de teatro, en libretos creados con ingenio y amor, en escenografías que convertían lo simple en mágico.
Y cómo olvidar su risa…
Sus cantos que llenaban de vida las celebraciones…
Esa manera suya de hacer comunidad, de hacer familia.
Para muchas —y también para mí— no fue solo una profesora.
Fue puerta, fue guía, fue semilla.
Fue ella quien me abrió el camino hacia la literatura, la poesía, las misas juveniles… hacia ese mundo donde el espíritu encuentra palabras. Y ese regalo… ese regalo es eterno.
Pero su amor por Lamas no se quedó dentro de las aulas.
Amó a este pueblo como si lo hubiera visto nacer. Y cuando el pueblo alzó la voz, ella no se quedó en silencio. Junto a la Madre Leticia, fue parte de las luchas populares de 1975. Caminó al lado de su gente, sintió sus dolores, defendió sus sueños. Porque su fe no era solo oración… era acción, era presencia, era compromiso.
Dejó huellas también en la memoria cultural de Lamas. Participó en la creación del Museo Etnológico y, junto a personas notables, gestionó la donación del espacio que hoy conocemos como el Centro Cultural José Reátegui Sandoval. Un lugar donde la historia respira… como ella quiso siempre.
Hoy, al saber de su partida, no sentimos solo tristeza…
Sentimos ese n**o dulce de la gratitud.
Porque su vida fue eso:
una entrega silenciosa,
una fe que caminaba,
una ternura que escuchaba,
una maestra que no se fue nunca del todo.
Dicen que hay personas que pasan por la vida…
y otras que la transforman.
Ella fue de las que se quedan.
Descansa en paz, querida Madre Carmen…
tu historia no termina hoy,
porque vive en cada palabra que sembraste,
en cada corazón que tocaste,
en cada mujer que aprendió a soñar contigo.
Te llevaremos en el corazón… por siempre...
By: Doris Tuesta Díaz