03/03/2026
LAS MANOS QUE GUARDAN EL MAÍZ.
Uriel Sotomayor Castellón
En las milpas ancestrales donde se siembra, germina y crece el maíz criollo, la soberanía alimentaria no es un concepto académico, es una práctica cotidiana. Mucho antes de que el término se popularizara en foros internacionales impulsado por movimientos como la Vía Campesina, las mujeres campesinas ya defendían, sin proclamas, el derechos de sus pueblos a decidir qué sembrar, qué comer y cómo cuidar la tierra.
En Nicaragua – país de vocación agrícola y memoria campesina profunda – la soberanía alimentaria ha sido una lucha silenciosa. No siempre se le llamó así. Fue, más bien, resistencia ante la dependencia de semillas foráneas, ante los monocultivos impuestos por mercados externos, ante políticas que privilegiaron la exportación sobre la mesa familiar. En ese contexto, las mujeres quedaron como centinelas del fogón y el granero.
Ellas han sido guardianas de la semilla criolla, del maíz pujagua, del frijol rojo pequeño, de los ayotes indios y los pipianes que crecen sin pedir permiso. Semillas que no solo germinan en la tierra, sino también en la memoria.
Cada grano guardado en un tarro o envuelto en papel periódico es un acto de autonomía. Cada intercambio en talleres comunitarios es un gesto político, aunque no lleve pancarta.
La soberanía alimentaria, en su dimensión más humana, es un derecho de los pueblos a alimentarse de acuerdo a su cultura, su entorno y su dignidad. No es solo producir comida; es decidir.
Es no depender exclusivamente de importaciones que encarecen el plato diario. Es no hipotecar el suelo a prácticas que agotan la fertilidad. Es reconocer que la alimentación no puede reducirse a mercancía.
En las comunidades del norte, cuando una mujer selecciona las mejores mazorcas para semilla, está aplicando conocimientos transmitidos por generaciones. Observa el tamaño, la resistencia plagas, la adaptación al clima. No aprendió eso en un laboratorio; lo aprendió mirando a su madre y a su abuela. Esa cadena de saberes es patrimonio vivo.
Históricamente, las mujeres campesinas han tenido menos acceso a la tierra, al crédito y a la asistencia técnica. Sin embargo, son quienes garantizan la diversidad de cultivos en la parcelas familiares. Mientras el modelo agroindustrial apuesta por la homogeneidad, ellas preservan la diversidad. Y en la diversidad está la resiliencia frente al cambio climático, frente a las crisis económicas, frente a la incertidumbre.
La soberanía alimentaria también es una cuestión de poder. ¿Quién controla la semilla ? ¿Quién define qué se siembra? Cuando la semilla se privatiza, cuando se vuelve dependiente de paquetes tecnológicos costosos, se debilita la autonomía campesina. En cambio, cuando la semilla circula libremente entre manos conocidas, se fortalece la comunicación.
Hay una imagen que resume ests historia: una mujer extendiéndo al sol los granos desgranados, vigilando que ninguna humedad los arruine. Ese gesto sencillo sostiene el futuro. Porque sin semilla propia no hay cosecha segura, y sin cosecha segura no hay soberanía posible.
Hoy, cuando los debates sobre seguridad alimentaria ocupan titulares, conviene mirar esas huertas donde la historia se escribe con manos callosas. Allí comprendemos que la soberanía alimentaria no empezó en una declaración internacional, sino en la decisión cotidiana de guardar un puñado de maíz para el próximo ciclo.
Las mujeres campesinas no solo cultivan la tierra, cultivan continuidad. Son un archivo viviente, reservorio genético, memoria agrícola. En cada semilla que resguardan hay una afirmación silenciosa: el alimento no es solo sustento, es identidad.
Y mientras haya una mujer guardando semillas, habrá también esperanza de que nuestra Madre Tierra siga hablándonos en nuestro propio idioma.
Imágen:
'Guardiana de la semilla criolla'. Acrílico sobre cartulina, Mayerling Peralta, Fundación Entre Mujeres (FEM), comunidad San Luis, San Juan de Limay.