17/08/2026
MÉXICO APRENDIÓ A VOTAR; ZACATECAS TODAVÍA TIENE QUE APRENDER QUÉ HACER CON LOS VOTOS
México aprendió a votar, pero no ha terminado de construir ciudadanos; quizá ése sea uno de nuestros problemas políticos más profundos y, al mismo tiempo, uno de los que menos queremos discutir porque resulta mucho más sencillo presumir elecciones que preguntarnos qué clase de sociedad llega a ellas. Lorenzo Meyer ha insistido durante años en mirar nuestra democracia desde una historia marcada por relaciones verticales con el poder, por la obediencia, el favor y la dependencia; Victoria Camps plantea el problema desde otra esquina, una democracia tampoco se sostiene simplemente repartiendo derechos, necesita ciudadanos capaces de asumir responsabilidades frente a lo común, deliberar y participar. Camps lo resume con una idea esencial: el ciudadano es sujeto de derechos, sí, pero también de obligaciones y responsabilidades respecto del interés común.
El problema es que nosotros dimos por terminado el trabajo demasiado pronto; conseguimos elecciones competitivas, alternancia, organismos electorales, tribunales, credenciales bastante difíciles de falsificar y una admirable colección de campañas cada tres años, entonces concluimos que ya teníamos democracia porque teníamos urnas. Algo parecido a comprar una biblioteca y asumir que, por algún fenómeno todavía desconocido por la pedagogía, los libros comenzarán a leerse solos durante la madrugada; construimos el mecanismo para votar y olvidamos construir muchas de las condiciones necesarias para hacerlo con libertad, información y criterio.
Porque ser ciudadano cuesta tiempo, y ése es un lujo que una parte enorme de la población mexicana apenas tiene. Pedimos que una persona conozca a sus candidatos, revise propuestas, contraste información, comprenda qué hace un diputado, siga presupuestos, participe en su colonia, detecte mentiras, dude de lo que recibe por WhatsApp y todavía tenga disposición para escuchar a quien piensa distinto; después resulta que esa misma persona pasó buena parte del día trabajando, otra parte trasladándose, llegó a casa pensando en la renta, la comida, la escuela de los hijos y cómo conseguir que el sueldo sobreviva hasta la siguiente quincena. Desde una oficina podemos indignarnos porque “la gente no se informa”; desde un camión a las ocho de la noche probablemente la democracia tenga que competir primero contra el cansancio.
También pedimos pensamiento crítico después de haber construido durante décadas una educación donde demasiadas veces aprender significó repetir la respuesta correcta, no preguntar por qué era correcta; queremos ciudadanos capaces de deliberar, contrastar, argumentar y cambiar de opinión cuando aparecen mejores razones, pero seguimos premiando mucho más la obediencia que la duda. Luego llega una elección, entregamos una boleta con nombres, partidos, coaliciones, fórmulas y reglas que buena parte de quienes las aprobaron necesitan explicar con plumón y pizarrón, y nos sorprendemos cuando la decisión termina dependiendo del partido conocido, del candidato popular, del mensaje más repetido o de quién consiguió dominar el algoritmo durante las últimas dos semanas.
Por eso lo ocurrido hoy en Zacatecas merece algo más que discutir quién ganó la votación en el Congreso. La Legislatura aprobó una modificación al sistema de representación proporcional con 16 votos a favor y 11 en contra; las doce diputaciones plurinominales continúan existiendo, pero cambia la forma de integrar las listas y se incorpora a candidaturas de mayoría que perdieron sus distritos pero obtuvieron los mejores resultados conforme al mecanismo aprobado. Sus promotores dicen que así se reduce el poder de las dirigencias partidistas y se reconoce a quienes realmente salieron a buscar votos; suena democrático, quizá demasiado democrático, y cuando una reforma electoral se vende exclusivamente con la palabra “votos” conviene revisar dónde escondieron la calculadora.
Porque las diputaciones plurinominales nunca fueron inventadas para descubrir quién perdió mejor; fueron creadas para corregir las distorsiones de un sistema de mayoría y procurar que la integración del Congreso refleje, dentro de ciertos límites, la pluralidad política de la sociedad. Si un partido recibe una cantidad importante de votos pero pierde muchos distritos por diferencias pequeñas, la representación proporcional evita que esos ciudadanos prácticamente desaparezcan del Congreso; al mismo tiempo, los límites de sobre y subrepresentación intentan evitar que quien ganó muchos distritos convierta una mayoría electoral en una concentración de poder muy superior al respaldo que realmente obtuvo. Esa lógica continúa reconocida en nuestro sistema electoral y es justamente la razón por la cual discutir plurinominales requiere algo más que preguntar quién tuvo más votos.
Aquí aparece el problema de la reforma zacatecana. Un buen resultado electoral individual no necesariamente equivale a una buena representación proporcional; un candidato puede competir en una zona urbana con una enorme concentración de electores, otro hacerlo en una región territorialmente extensa, rural, dispersa y con condiciones políticas completamente distintas, y comparar sus resultados como si hubieran corrido la misma carrera puede producir una fotografía engañosa. Zacatecas, Guadalupe, Fresnillo o las zonas conurbadas concentran dinámicas demográficas y electorales muy distintas de regiones como Tlaltenango y los municipios del cañón; los distritos buscan equilibrar población, pero eso no elimina las diferencias territoriales, económicas, sociales ni de participación que existen entre unas regiones y otras.
Y entonces aparece una pregunta bastante sencilla que quizá debimos contestar antes de aprobar la reforma: ¿qué queremos representar, al candidato que consiguió más respaldo dentro de su partido o a la diversidad política del estado?
No necesariamente es lo mismo.
Un partido que ocupa el primer lugar puede ganar numerosos distritos de mayoría; eso ya le entrega representación territorial y política por haber ganado esas elecciones. Si después el mecanismo de representación proporcional vuelve a favorecer a candidaturas de esa misma fuerza por haber obtenido altas votaciones aun cuando perdieron en otros lugares, existe el riesgo de utilizar el mecanismo creado para equilibrar al sistema como una segunda oportunidad para reproducir las ventajas del sistema mayoritario. Los límites constitucionales de sobre y subrepresentación siguen siendo una barrera jurídica importante y no sería correcto afirmar hoy que la reforma automáticamente permitirá a un partido quedarse con todas las curules que quiera; el riesgo político que merece analizarse es más fino, podemos respetar formalmente una fórmula y aun así terminar debilitando la diversidad territorial y política que precisamente pretendíamos representar.
Pensemos en algo todavía más cercano. Un ciudadano de Guadalupe puede compartir problemas, infraestructura, transporte, servicios y dinámicas metropolitanas con decenas de miles de personas; alguien de Momax, Atolinga, Tepechitlán o Tlaltenango vive otra realidad, donde las distancias, el campo, la migración y hasta la relación cotidiana con las instituciones son diferentes. Si las reglas terminan privilegiando sistemáticamente a quienes compiten donde existe mayor concentración electoral, podremos presumir que seleccionamos a quienes obtuvieron “más respaldo” mientras descubrimos después que algunas regiones del estado tienen diputados de sobra y otras apenas tienen quién recuerde cómo se llega hasta ellas.
Eso también es democracia.
O debería serlo.
La democracia no consiste únicamente en sumar votos; consiste en decidir qué hacemos con ellos para evitar que la mayoría borre a las minorías, que las ciudades borren al territorio, que los partidos borren a los ciudadanos y que ganar una elección termine convirtiéndose en licencia para apropiarse de todas las instituciones. Por eso las reglas electorales parecen tan absurdamente complicadas, no porque los abogados electorales padezcan una enfermedad que les impida escribir una fórmula sencilla —aunque tampoco descartaría completamente esa posibilidad—, sino porque intentamos resolver mediante reglas matemáticas una pregunta política bastante antigua: cómo hacemos para que gobernar por mayoría no termine significando gobernar sin límites.
Y ahí regresamos al ciudadano.
Estamos reformando una vez más las reglas con las que la gente votará en 2027, pero seguimos hablando mucho menos de las condiciones en que esa misma gente llegará a votar. Podemos construir el sistema electoral más sofisticado del continente, repartir curules mediante cocientes, restos mayores, porcentajes, listas A, listas B y fórmulas que requieren calculadora científica; si quien recibe la boleta no sabe qué está eligiendo, qué puede exigir después o por qué debe vigilar incluso al partido que apoyó, tendremos una maquinaria electoral muy precisa para administrar una ciudadanía todavía incompleta.
Ése debería ser el verdadero debate rumbo a 2027; no solamente cuántos zacatecanos acudirán a las urnas, sino cuántos llegarán con información suficiente para distinguir representación de propaganda, cuántos sabrán qué hace realmente un diputado, cuántos conocerán quién aprobó determinada ley o presupuesto, cuántos podrán votar sin que una necesidad económica, una estructura partidista o una campaña de miedo sustituya su decisión, y cuántos tendrán después la disposición de exigir cuentas al candidato por el que ellos mismos votaron. Porque el ciudadano no aparece mágicamente cuando recibe una credencial del INE, se construye mediante educación, condiciones materiales, organización social, acceso a información y una cultura donde cuestionar al poder deje de considerarse traición.
Tal vez ése sea nuestro verdadero atraso democrático; durante mucho tiempo fuimos educados para obedecer al poder, después aprendimos a escoger quién lo ejerce y ahora necesitamos aprender algo bastante más difícil: vigilarlo.
La reforma aprobada hoy en Zacatecas podrá terminar siendo constitucional, podrá superar impugnaciones e incluso podrá producir algunos diputados con mayor respaldo directo que los antiguos habitantes privilegiados de las listas partidistas; nada de eso responde todavía si mejora realmente la representación de una sociedad tan desigual territorial y políticamente como la nuestra. Ésa es la discusión que tendremos que hacer cuando exista el texto definitivo y puedan modelarse sus efectos reales sobre una elección, no cuando cada partido explique la reforma dependiendo de cuántas curules calcula ganar con ella.
Mientras tanto, quizá convendría recordar algo antes de seguir perfeccionando las urnas.
México ya aprendió bastante bien a organizar elecciones; podemos instalar casillas, contar votos, hacer campañas y sobrevivir a toneladas de propaganda cada tres años. Lo que todavía estamos aprendiendo es a producir ciudadanos con tiempo, criterio, autonomía y voluntad para defender lo común, incluso contra el partido que llevan años apoyando.
Porque una democracia puede sobrevivir algún tiempo con malos políticos, malas leyes e incluso malas reformas electorales; para eso existen elecciones posteriores y mecanismos de corrección.
Lo que difícilmente puede sobrevivir es a ciudadanos que dejan de comportarse como ciudadanos.
Entonces regresamos, bastante discretamente, al punto de partida: cambiamos al gobernante, cambiamos la ley, cambiamos las listas, cambiamos las fórmulas y hasta cambiamos el método para escoger a los perdedores; sólo queda una reforma que ningún Congreso puede aprobar por nosotros.
Dejar de comportarnos como súbditos.